sábado, 29 de noviembre de 2014

Microrelatos


«Brif , bruf , braf», de Gianni Rodari

Dos niños estaban jugando, en un tranquilo patio, a inventarse un idioma especial para poder hablar entre ellos sin que nadie más los entienda.
—Brif, braf —dijo el primero.
—Braf, brof —respondió el segundo.
Y soltaron una carcajada.
En un balcón del primer piso había un buen viejecito leyendo el periódico, y asomada a la ventana de enfrente había una viejecita ni buena ni mala.
—¡Qué tontos son esos niños! —dijo la señora.
Pero el buen hombre no estaba de acuerdo:
—A mí no me lo parecen.
—No va a decirme que ha entendido lo que han dicho…
—Pues sí, lo he entendido todo. El primero ha dicho: «Qué bonito día». El segundo ha contestado: «Mañana será más bonito todavía».
La señora hizo una mueca, pero no dijo nada, porque los niños se habían puesto a hablar de nuevo en su idioma.
—Maraqui, barabasqui, pippirimosqui —dijo el primero.
—Bruf —respondió el segundo.
Y de nuevo los dos se pusieron a reír.
—¡No irá a decirme que ahora los ha entendido…! —exclamó indignada la viejecita.
—Pues ahora también lo he entendido todo —respondió sonriendo el viejecito. El primero ha dicho: «Qué felices somos por estar en el mundo». Y el segundo ha contestado: «El mundo
es bellísimo».
—Pero ¿acaso es bonito de verdad? —insistió la viejecita.
—Brif, bruf, braf —respondió el viejecito.


Fábula del unicornio

Cuando Noé vio el cuerno que sobresalía de la espesa crin en la frente, no dudó ni un instante sobre la identidad del animal que pedía humildemente ser aceptado en el Arca ante la inminencia del Diluvio.
Jamás había visto a un unicornio, pero los libros antiguos lo describían como un animal más bien pequeño, semejante a una cabra y de carácter huidizo; con un largo cuerno rematado en una afilada punta, parecido a ciertas especies de caracol no muy abundantes en estos días.
Cuenta la tradición que, finalizado el Diluvio y agotados los pájaros para ir y venir a través de la tormenta y de la noche, Noé envió al unicornio a comprobar si había bajado el nivel de las aguas. El unicornio se arrojó a la oscuridad y al tocar el líquido comenzó a hundirse. Ante la cercanía de la muerte rogó a un dios por su vida. Este lo transformó en un narval, dejándolo conservar sólo el cuerno como memoria de un pasado que desaparecía en el océano del tiempo.
En las noches claras, cuando el viento rompe el crepúsculo del agua en ondas oscuras, añora galopar bajo el vientre de una doncella desnuda como la luna como una pecera de fondo.
A veces atraviesa a algunos bañistas con su afilado cuerno buscando a Noé desde tiempos remotos.

Wilfredo Machado, Libro de animales.

Pedir

El hombre, marchito de vejez, había recorrido praderas y pueblos, pidiendo. Le habían dado ropa, fruta, indiferencia; pero él sólo pedía un vaso de agua. Cuando consiguió que alguien lo escuchara, bebió con lentitud, sintió la espalda y se fue irguiendo cuan alto había sabido ser. Después, agradeció y levantó vuelo, para alcanzar la bandada.

María Cristina Ramos, La secreta sílaba del beso.

De cero

"Por favor, sea breve", dijo el asesino. Yo le obedecí. Subí al dormitorio de mi esposa y le hice el amor por última vez. Arropé a mis hijos y les conté un cuento hermoso que escucharon con arrobo infantil. Observé sus caritas al dormirse, tratando de imaginarles en una versión adulta. Por fin, bajé a la salita, donde él me esperaba con su pistola preparada. Me ofreció un puro y fumamos en silencio. Después cogí mis maletas y salí para no escuchar los gritos. Es difícil empezar de cero.

Eva Díaz Riobello.

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