martes, 27 de julio de 2010

¿Se puede permitir el matrimonio entre católicos?

(Publicado en el suplemento Radar de Página/12)

Estoy completamente a favor del permitir el matrimonio entre católicos. Me parece una injusticia y un error tratar de impedírselo. El catolicismo no es una enfermedad. Los católicos, pese a que a muchos no les gusten o les parezcan extraños, son personas normales y deben poseer los mismos derechos que los demás, como si fueran, por ejemplo, informáticos u homosexuales. Soy consciente de que muchos comportamientos y rasgos de carácter de las personas católicas, como su actitud casi enfermiza hacia el sexo, o la defensa a ultranza de sus ministros pederastas o de sus arzobispos perseguidos por delitos económicos, pueden parecernos extraños a los demás. Sé que incluso, a veces, podrían esgrimirse argumentos de salubridad pública, como su peligroso y deliberado rechazo a los preservativos. Sé también que muchas de sus costumbres, como la exhibición pública de imágenes de torturados, o las insinuaciones de zoofilia entre una mujer y un palomo, puedan incomodar a algunos. E incluso el que no hayan condenado su pasado bañado en la sangre de víctimas a las que llamaban, según la época, infieles, herejes, rojos o liberales; o espolvoreado con las cenizas de científicos, curanderas (brujas) o simples enfermos mentales. Pero todo eso no es razón suficiente para impedirles el ejercicio del matrimonio. Algunos podrían argumentar que un matrimonio entre católicos no es un matrimonio real, porque para ellos es un ritual y un precepto religioso ante su dios, en lugar de una unión entre dos personas. También, dado que los hijos fuera del matrimonio están gravemente condenados por la iglesia, algunos podrían considerar que permitir que los católicos se casen incrementará el número de matrimonios por “el qué dirán” o por la simple búsqueda de sexo (prohibido por su religión fuera del matrimonio), incrementando con ello la violencia en el hogar y las familias desestructuradas. Pero hay que recordar que esto no es algo que ocurra sólo en las familias católicas y que, dado que no podemos meternos en la cabeza de los demás, no debemos juzgar sus motivaciones. Tampoco debemos juzgarlos si creen que la mujer es inferior al hombre, e indigna, por ejemplo, de ejercer el magisterio dentro de su secta o iglesia. Y aunque eso violente un principio básico de cualquier constitución civilizada, no por ello debemos ser con ellos tan estrictos como ellos intentan ser con los demás. Por otro lado, el decir que eso no es matrimonio y que debería ser llamado de otra forma, no es más que una forma un tanto ruin de desviar el debate a cuestiones semánticas que no vienen al caso: aunque sea entre católicos, un matrimonio es un matrimonio, y una familia es una familia. Y con esta alusión a la familia paso a otro tema candente del que mi opinión, espero, no resulte demasiado radical: También estoy a favor de permitir que los católicos adopten hijos. Algunos se escandalizarán ante una afirmación de este tipo. Es probable que alguno responda con exclamaciones del tipo de “¿Católicos adoptando hijos? ¡Esos niños podrían hacerse católicos!”. Veo ese tipo de críticas y respondo: Si bien es cierto que a los hijos de católicos, y al contrario que, por ejemplo, ocurre en la informática o la homosexualidad, los inscriben en su secta sin que hayan alcanzado la mayoría de edad, sin consultarles, y sin poder borrarse después, violentando la Ley de Protección de Datos, con el fin de obtener beneficios fiscales de difícil justificación, ya he argumentado antes que los católicos son personas como los demás. Pese a las opiniones de algunos y a los indicios, no hay pruebas evidentes de que unos padres católicos estén peor preparados para educar a un hijo, ni de que el ambiente religiosamente sesgado de un hogar católico sea una influencia negativa para el niño. Además, los tribunales de adopción juzgan cada caso individualmente, y es precisamente su labor determinar la idoneidad de los padres. En definitiva, y pese a las opiniones de algunos sectores, creo que debería permitírseles también a los católicos tanto el matrimonio como la adopción.
Exactamente igual que a los informáticos y a los homosexuales.

Ecología y Salud

Por: Antonella Perasso y Lidia Perrazo

LA CLAMIDIASIS UNA ENFERMEDAD DE TRANSMISIÓN SEXUAL FRECUENTE

La Clamidiasis es una enfermedad que se adquiere por relaciones sexuales anales, vaginales y orales. Es producida por una bacteria cuyo nombre científico es Chlamydia trachomatis que se instala en los órganos genitales, recto y garganta. La infección con esta bacteria puede no presentar síntomas o comenzar entre 7 y 21 días luego del contagio.
Algunos de los síntomas en la mujer son flujo vaginal abundante, ardor al orinar, fiebre, coito doloroso o sangrante. En el hombre produce picazón y secreciones penianas, ardor y necesidad urgente de orinar e incluso inflamación de testículos.
También puede haber secreciones, sangrado y dolor del recto si el contagio ha sido anal. El contagio de Chlamydia por vía oral provoca ardor en boca y lengua, dolor de garganta y úlceras en la boca.
En casos de mujeres infectadas puede contagiar al bebé durante el parto afectando con la bacteria los ojos y el aparato respiratorio del bebé.
Además puede producir embarazos fuera del útero –llamados embarazos ectópicos- y partos prematuros.
El avance de la enfermedad puede causar graves daños en el aparato reproductor femenino como infertilidad.
Se debe buscar las Chlamydias en análisis de orina o en cultivos de flujo en la mujer y en las secreciones penianas en el hombre. Se recomienda la consulta ginecológica anual para detectar la bacteria ya que muchas veces los síntomas son leves y se desconoce su presencia. El tratamiento indicado es con antibióticos. La infección por Chlamydia facilita el riesgo de adquirir otras infecciones. Hay tres veces más posibilidades de adquirir HIV pues la inflamación atrae a los glóbulos blancos que son los hospedadores del virus del SIDA.
PARA EVITAR EL CONTAGIO DE CHLAMYDEAS USAR PRESERVATIVO.

Fuente y consultas: lidiarosaperasso@yahoo.com.ar

Nada nos convence mucho en este mundo, sobre todo nuestra presencia en él.

Extraído del fanzine “LaToñoDomínguez”

Los cerros no son más sabios por tener más silencios bajo el sol o por cuantos cactus le conforman el pelaje y soban el lomo, nada de eso, los cerros guardan sus sabidurías en los recovecos, bolsillos, jorobas, puntas, formas, caídas y cavidades que construyen su identidad, está también el errado caso del mar que ilusoriamente es reducido a un reflejo del arriba, su color es como en los bípedos mera anécdota, sus huellas digitales están en las ondas, texturas que dan ganas de peñiscar, rayar con la uña con único afán de sentirla entre las carnes a las que el sol les da un manotazo y se desperdigan todas sus huellas.
Los hombros de una mujer y el filo de una cuchilla están hechos del mismo elemento, somos muy ingenuos y preferimos mirarnos la punta de nuestra estupidez.

El viaje es largo y fatiga mirar correr desesperados a los árboles, piedras, peñascos, adobes, postes, letreros, cables, cercas, sombras y malezas. Los ojos solo alcanzan a ver una parte (como en los retrovisores deberíamos tener un aviso también) no logro divisar sus rostros que se hacen líneas y formas alargándose tras el vidrio infame, deben tener asuntos importantísimos, inefables, terribles para desvanecerse así como lo hacen, corriendo quizás quien sabe de quien.

Nadie pretende hacerse famoso siendo un vagabundo, ermitaño tampoco los niños y niñas que se cubren la cara con una bolsa de plástico, quizás para dejar de mirar cuan malo es mas allá,quien debe robarle a los que creen ser ricos o a los ricos, el niño que no conocía otra vida, otra cultura, el que no fue funcional, el loco, el anómico, a quien le inventaron un nombre y lo mandaron a imprimir para la edición del día que viene, el que dentro de la oferta inmobiliaria debe elegir la cuneta, que no tiene, que no alcanza, que debe, que da risa, pena, lastima, asco, vergüenza ajena, el intruso, el malcriado, las putas, los maricones, tú, nosotros, bestias humanas, drogadictos, criminales,delincuentes, suci=s, hediond=s, impí=s. Ningun= pretende hacerse famoso cubriéndose el caracho por la ropa, por un mosaico siendo un niño o niña o por los ojos morbosos de todos los demás, por favor que alguien le avise esto a los que imprimen diarios, filman y fotografían para los medios, resguardando celosamente la imagen invisible de quienes les pagan el sueldo a esos que le pagan el sueldo a los que le pagan el sueldo con los mismos papeles que imprimen en el extranjero, con las mismas firmas rimbombantes de círculos y líneas enrevesadas, que adornan los mismos permisos para indignar, matar y perseguir a quien le desoiga, desapruebe o critique, a quien le manche su maquinita ya bien pulida luego de tantas eras de trayectoria, experiencia y prestigio, quienes no se conformen con el área verde, los pizarreños de la casa, la liquidación a fin de mes, el té, Las cuentas, el rayado de cancha, las leyes, las palabras, lo que siemprefueasí y no lo vamos a cambiar porque ya se ha intentado sin éxito. Los exitosos se exhiben por otros medios, a los que solo ellos logran acceder, mirando tras el espejo solamente, podríamos ver a los hijos del dueño avanzando por el escenario iluminado con el sol de la tarde, a pasos cortos y la cabeza rubiecita gacha afirmada por dos guardias, veríamos gracias a las cámaras de vigilancia a opus deis, masones, legionarios, empresarios, sicarios, saqueadores hinchándose los bolsillos inconmensurables, reconstruyendo la imagen de su ideal financierroñero lleno de sí mismos, a costa de... adivine.

No estamos vivos solo porque nos palpite bajo la piel un ritmo, ni juguemos todos nuestros días con el aire en nuestras bocas y narices, nos crezca el pelo. Dejemos a un lado los detalles que ya estamos muy adentro, siga que el camino esta cayéndose a pedazos, pierda cuidado, que para eso es que estamos vivos, deshágase como una lagrima que cae eterna, que nadie lo va a recortar.
Hay tiempo para armarse.

Al infinito ida y vuelta

Escenas de un día cualquiera en la ferretería de los poetas
Por: Ernesto Alaimo (www.ernestoalaimo.blogspot.com)

Un señor calvo, algo gordo, entró con aire preocupado.
–Buen día. ¿Tenés adjetivos para soldadora?
–¿Qué tiene que soldar?
–Mirá –dijo luego de un fuerte suspiro–. Tengo un sustantivo, que trae el hilo de la frase, ¿no? Es “aprendizaje”. Y después viene “`por tus manos”, que son las que enseñan, ¿me seguís? Y tengo que soldar el aprendizaje con las manos, con un adjetivo, de tres sílabas, que dé a entender que el aprendizaje lo dieron las manos.
–¿Probó con brindado, creado, etcétera?
–Sí… sí… pero no, no sirve eso, es muy flojo, traté y se despegaban a los diez segundos, y se me cortaba todo el hilo de la estrofa. No: yo necesito algo fuerte, intenso, que los suelde bien, ¿entendés? Tengo una soldadora de ésas de antes, ¿viste? Y vos le ponés uno de esos adjetivos berretas y no te los agarra. Por poco se me arruina cuando le puse ofrecido. Entraba, como antes va “aprendizaje”, ¿no?
–Espéreme un segundito que busco.
Durante la espera al cliente se le fue hinchando una vena del lado derecho de la frente.
–Aquí están. Tengo prendado, labrado (no sé si es compatible con tu soldadora), gestado, trabado, tramado, rendido, enredado, reunido, enlazado. De otra marca hay: tallado, bordado, calado, esculpido, grabado… No sé si alguno le sirve. Si no, tengo de la línea surrealista, que sueldan pero en arquito, ¿vio?, como dando un rodeo, un brinco en el hilo y vuelve, y ahí sigue derecho nomás.
–¿De ésos qué tenés?
–A ver: tengo tendido, tragado, cromado, soplado, bramado, arropado, cansado, ensopado, parlado, tronchado, limado, lanzado… bueno, hay más. Están mezclados con los lunfardos, ahora que veo. Uno especial, de mejor calidad en esta línea, que es un poco más caro, y le traería quizá problemas con la métrica, es vomitado.
–No, no, dejá, no me sirve eso. No, yo busco más para este lado…
Se quedó en silencio, cavilando, rumiando mentalmente cada vocablo ofrecido, especulando sobre su buen o mal funcionamiento.
–No, che, sabés que me parece que ninguno va a andar, no sé… Bueno, dejame que lo piense, y en todo caso vuelvo, ¿eh?
–No hay problema.
Antes de que el hombre saliera, el empleado, que se había quedado pensando, lo detuvo:
–Disculpe, señor: ¿no probó con soldado?
–¿Cómo dice?
–Claro: “aprendizaje soldado por tus manos”. ¿Eso no le sirve?
El hombre masticó unos instantes el adjetivo, y le gustó.
–Ahí está… –empezó a repetir con creciente alegría y volumen. Al fin, rió a carcajadas. Cuando se le pasó, le pidió un “soldado”, con una sonrisa soldada en el rostro.
El empleado anotó la palabra en un papel al que puso el sello de la ferretería.
–¿Cuánto le debo, amigo?
–No, deje, no es nada. No está en la lista de precios. Después me invita una observación. ¿Quedamos así?
–¡Pero cómo no! ¡Nos vemos! –dijo yéndose.
–Que tenga un buen poema.

lunes, 28 de junio de 2010

Monserrat Cultural N° 32


Imagen de tapa: Billy, de Lora Height

Editorial

Nos sentamos alrededor del fuego y vamos escuchando las voces del corazón, pasamos los sentidos por el corazón. Recordamos. Le preguntamos a la memoria que arde en el fuego… quién lo inventó, quién lo fue entregando de generación en generación, quien lo cuida, quien lo renueva, quien lo lee, quien lo enfría. Brindamos por el inicio de los tiempos. Brindamos por las fiestas que supieron resistir.
Celebramos y brindamos con el Inti Tataj, nuestro hermano sol.
Mapuches, collas, quechuas, aymaras, guaraníes, wichis, tobas, comechingones, quilmes, diaguitas, quom... distintos pueblos que, con sus diferentes creencias habitan este mismo territorio que pisamos. Así vamos conociendo en qué distintos tiempos brindará la rosa su flor. Así vamos sabiendo de otros calendarios y otros años nuevos inscriptos en la tierra y en los sueños de los pueblos que habitaron y habitan este país, y este continente, antes que todo el frío fuera desparramado por la conquista europea.
El solsticio de invierno, del 21 al 24 de junio según las regiones, señala la iniciación de un nuevo ciclo, que controla la naturaleza, el tiempo, las lluvias, la vida animal, vegetal y humana, de acuerdo con las creencias de los pueblos originarios del sur de nuestro continente. Por eso en esos días, se celebra el Año Nuevo. El Inti Raymi, para los pueblos andinos, el We Tripantu, para el pueblo mapuche, Ro’y Pyahu para los guaraníes.
Un nuevo ciclo significa sobre todo la posibilidad del encuentro, de la recuperación de energías, del compartir esperanzas.
Es también una manera de reconocernos en nuestra identidad. Los cambios que observamos en la naturaleza y en la vida, no están determinados por un calendario impuesto por los conquistadores y colonizadores, sino que son los cambios que podemos interpretar, si nos comunicamos con la naturaleza, si observamos el sol, si miramos la luna, si pisamos la tierra, si nos acercamos a las raíces de nuestra cultura rebelde.
De diversas maneras, se celebra en el continente la llegada del nuevo ciclo. No se trata de una mística arcaica, regresiva. Es el desafío de pensarnos como pueblos en relación con la naturaleza y con la vida, y sabernos pueblos vencidos, pero no derrotados.
Vencidos, por la prepotencia del poder, que incluso nos impuso un calendario, que nada tiene que ver con nuestra relación con la tierra, con la luna y con el sol. Vencidos, pero rebeldes. Porque nuestro corazón sí late en tiempo libertario. Porque nuestras raíces arrancadas buscan la tierra para volver a ser.
Descolonizarnos, es descubrir América, dice un grafitti en las paredes de nuestra ciudad. Por nuestra libertad.

Texto de Liliana Daunes

Microrelatos

Los Nadies
Eduardo Galeano

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobre, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadie la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: Los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies; los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, re jodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen caras, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.


Crónica de la ciudad de La Habana
Eduardo Galeano

Los padres habían huido al norte. En aquel tiempo, la revolución y él estaban recién nacidos. Un cuarto de siglo después, Nelson Valdés viajó de Los Ángeles a La Habana, para conocer su país. Cada mediodía, Nelson tomaba el ómnibus, la guagua 68, en la puerta del hotel, y se iba a leer libros sobre Cuba. Leyendo pasaba las tardes en la biblioteca José Martí, hasta que caía la noche. Aquel mediodía, la guagua 68 pegó un frenazo en una bocacalle. Hubo gritos de protesta, por el tremendo sacudón, hasta que los
pasajeros vieron el motivo del frenazo: una mujer muy rumbosa, que había cruzado la calle.
- Me disculpan, caballeros --dijo el conductor de la guagua 68, y se bajó. Entonces todos los pasajeros aplaudieron y le desearon buena suerte.
El conductor caminó balanceándose, sin apuro, y los pasajeros lo vieron acercarse a la muy salsosa, que estaba en la esquina, recostada a la pared, lamiendo un helado. Desde la guagua 68, los pasajeros seguían el ir y venir de aquella lengüita que besaba el helado mientras el conductor hablaba y hablaba sin respuesta, hasta que de pronto ella se rió, y le regaló una mirada. El conductor alzó el pulgar y todos los pasajeros le dedicaron una cerrada ovación.
Pero cuando el conductor entró en la heladería, produjo cierta inquietud general. Y cuando al rato salió con un helado en cada mano, cundió el pánico en las masas. Le tocaron bocina. Alguien se afirmó en la bocina con alma y vida, y sonó la bocina como alarma de robos o sirena de incendios; pero el conductor, sordo, como si nada, seguía pegado a la muy sabrosa.
Entonces avanzó, desde los asientos de atrás de la guagua 68, una mujer que parecía una gran bala de cañón y tenía cara de mandar. Sin decir palabra, se sentó en el asiento del conductor y puso el motor en marcha. La guagua 68 continuó su recorrido, parando en sus paradas habituales, hasta que la mujer llegó a su propia parada y se bajó. Otro pasajero ocupó su lugar, durante un buen tramo, de parada en parada, y después otro, y otro, y así siguió la guagua 68 hasta el final.
Nelson Valdés fue el último en bajar. Se había olvidado de la biblioteca.

Al infinito ida y vuelta

Por: Ernesto Alaimo (www.ernestoalaimo.blogspot.com)

Escenas de un día cualquiera en la ferretería de los poetas

Entra una dama púrpura que parece la resurrección del abismo prenatal en el deseo de quienquiera la contemple. Su color entre purpúreo y azul sombrío late, oscureciéndose hasta negro y volviendo, con su respirar.
–Hola. ¿Está el encargado? –pregunta con una voz del mismo color.
–Sí, soy yo. ¿Qué necesita, prodigiosa dama?
–Vendo el placer de mi secreto. No sé si le andan faltando voluptuosidades…
–Mmm… a ver, me voy a fijar en el depósito.
Cuando el encargado, único personal presente, se va, la mujer se apaga absolutamente como un cerrar los ojos de tristeza.
Al volver y no encontrarla, el encargado se pone a rabiar:
–¿Cómo la dejé pasar? Seguramente vivíamos un mes de lo que estaba ofreciendo. ¿O no sería de esas chistosas…?
Pero antes de que acabe de sospechar, la dama resurge de su ausencia o su silencio, no queda claro, y lo interroga paciente con ojos de los que desatan guerras.
–Eeeeh –trastabilla la cabeza del encargado–. ¿Cuánto está pidiendo por cada pliego?
–No mucho, algo para comer nada más. Algunas esperanzas, algo de paz. Si usted quiere le doy todo por un puñado de perseverancias, para pasar la semana.
Al oír el “le doy todo” el corazón del encargado sufrió un no pequeño estrangulamiento al nivel de la garganta, pero luego volvió en sí (o en otro, en esos casos ya no se puede saber), y ahora decide no aprovecharse de la incandescente desdicha de la dama que sin saberlo tiene una mercadería muy preciada y buscada, y anda regalándola por ahí. Carraspea.
–Mire, mi estimada dama. Primeramente permítame decirle que es un honor para mí y para esta institución que usted esté presente aquí. Segundo: lo que usted tiene vale mucho, pero mucho… como mínimo yo tendría que darle todo el amor del que nos escribe, ¿me entiende? Y yo, la verdad es que me salvaría tener esa cantidad, pero no la merezco aún, nunca la he tenido. Pero yo le pido encarecidamente que me espere, así yo puedo reunirla. Por favor, espéreme, tal vez en sólo un par de años puedo conseguir lo que vale. Deme ese honor; considere que yo soy el primero que le dice la verdad, y usted podría estar ahora derrochando todo su océano nocturno sin saberlo. Déjeme que le dé como seña toda la paciencia, la entrega, el coraje que tenemos aquí; serán unos veinte kilos de cada uno, y ante todo lo que guardo con más celo desde siempre: una plantita de ternura que sembré hace ya veinte años y de la que jamás he cortado una flor.
Escuchando todo esto, la incandescencia bruna se fue deteniendo en un tono de púrpura que se iba incendiando cada vez más con infusiones carmesí y rojo, y hasta atisbaban destellos blancos, envueltos siempre en cápsulas de callado trueno azul. Hacia el final de la oferta, el propio rostro de la dama empezaba a mutarse, impredecible pero inminentemente, hasta que el color de su detenimiento hizo evidente que se aproximaba una sonrisa, y probablemente, lluvia de estrellas oculares. Advirtiendo esto, el encargado empalideció de horror y suplicó:
–Dama mía, por favor, tenga la piedad… estamos en un lugar cerrado, hay cosas frágiles, hay combustibles, podemos sucumbir si la mercadería se entera…
Ya el rostro de la dama empezaba a ser una aurora insoportable para las cosas de este mundo cuando los sensores del cielorraso detectaron el crepúsculo y se activó la alarma contra paroxismos, descargando una tibia lluvia de escepticismo en todo el local, cubriendo a los presentes con sus tropos.
La lluvia, que no mojaba a la dama, fue apagándola en un contracrepúsculo desgarrador que se llevaba al peligroso sol otra vez bajo su horizonte, y se llevaba a la dama otra vez hacia su ausencia absoluta, pero esta vez se leía en lo que quedaba de sus ojos sin sol atardeciente que se iba para no volver. La lluvia no pudo apaciguar la desesperación que hizo presa del encargado al ver la promesa convertirse en puro espejismo; empezó a temblar contraído, incrementando el volumen de su cuerpo; la lluvia recrudeció aún más pero no había forma de controlarlo. Al fin, se fue del mostrador hacia el depósito y la alarma, cuando la vibración acabó de acabarse minutos después, se desactivó.
A los diez minutos, un empleado lo rescató. Había tratado de suicidarse ingiriendo un bidón entero de resignación, cuando la dosis máxima soportable para la vida humana es medio litro. Lo llevaron de inmediato al Hospital del Desesperado, todavía con signos vitales. Evidentemente, tenía más de lo que creía para ofrecerle a la dama.

Poesía porque sí

Hoy: Susana Thenon

ORACIÓN

Cuándo dejará la luna
de preferir a esos pocos
que tanto a media noche
como al alba
gritan su ardor sin freno.
Cuándo será definitivo
el derecho a soñarse
sin verificar números,
papeles rotos, sexos,
velocidad sin prisa de la sangre.
Cuándo morirá el cielo
-sus castigos-
y el rayo será un niño
entre las hojas.
Cuándo arderán los vientos
sepultados.

MEDIATOR DEI

El contrabandista de los miedos antiguos,
el malabarista delirante en su balcón rojo
(con pequeños pies oxidados),
baña las manos en el pecho de las nubes
y se cubre de azul para no ver sangre.

MUNDO

Este es el mundo en que vivimos
los mendigos buenos aires siglo veinte
junto al humo descalzo
flotando sin alas sobre los techos
efímeros como pastillas de chocolate
inútiles como pájaros huecos.
Estos son nuestros rostros que se caen a pedazos
mientras el sol emigra cansado de mirarnos
y el frío nos celebra con su fiesta de muerte.
Pero yo no quiero este sino de espantapájaros:
mi olfato busca afanoso el olor de la alegría
y mi piel se agranda cuando digo amor.

Hablando de la Libertad

Extractos de conferencias de J. Krishnamurti

El hombre ha vivido biológicamente, por cerca de dos millones de años. Ha acumulado muchísimas experiencias, muchos conocimientos y ha vivido a través de muchas civilizaciones, pasando por innumerables presiones y esfuerzos. Cada uno de ustedes, lo sepa o no, reconozca o no, es ese hombre, es el resultado de millones de años. O bien continúa evolucionando lentamente, interminablemente, a través del dolor, del sufrimiento, de la ansiedad, de toda clase de conflictos, o se sale por completo de esa corriente cuando quiera, como bajándose de un bote a la orilla de un río; puede hacerlo en cualquier momento. Y es sólo la mente libre la que puede hacerlo.
¿No es un error creer que, como individuos nada podemos hacer? Si tenemos esa actitud mental, no pensamos por nosotros mismos: respondemos como autómatas.
Después de todo, la masa es una entidad formada por gente que se ve atrapada, hipnotizada, por palabras e ideas. En el momento en que las palabras no nos hipnotizan, nos hallamos fuera de esa corriente, cosa que a ningún político le agrada. ¿No deberíamos mantenernos fuera de la corriente y sumar fuera de ella cada vez más y más para afectar la corriente? ¿No es importante que hay primero una transformación fundamental en el individuo, que ustedes y yo cambiemos radicalmente primero, sin esperar que el mundo entero cambie?
¿No es un criterio “escapista”, una forma de pereza, un medio de eludir el problema, eso de creer que ustedes y yo, al menos en pequeño grado, no podemos alterar la sociedad en su conjunto?
¿Es el miedo lo que nos contiene y no nos deja correr el riesgo? ¿Qué es el miedo? El miedo sólo puede existir en relación a algo, no aisladamente. Cuando digo que la muerte me da miedo ¿temo realmente a lo desconocido o sea la muerte- o tengo miedo de perder lo que he conocido? Mi miedo no es a la muerte, sino a perder mi asociación con las cosas que me pertenecen.
El miedo surge cuando deseo estar en determinado molde. Mi dificultad es mi deseo de vivir en un marco determinado ¿No puedo romper el marco? Sólo puedo hacer tal cosa cuando veo la verdad: que el marco causa temor y que ese temor fortalece el marco.

Hablando de la Libertad

Extractos de conferencias de J. Krishnamurti

El hombre ha vivido biológicamente, por cerca de dos millones de años. Ha acumulado muchísimas experiencias, muchos conocimientos y ha vivido a través de muchas civilizaciones, pasando por innumerables presiones y esfuerzos. Cada uno de ustedes, lo sepa o no, reconozca o no, es ese hombre, es el resultado de millones de años. O bien continúa evolucionando lentamente, interminablemente, a través del dolor, del sufrimiento, de la ansiedad, de toda clase de conflictos, o se sale por completo de esa corriente cuando quiera, como bajándose de un bote a la orilla de un río; puede hacerlo en cualquier momento. Y es sólo la mente libre la que puede hacerlo.
¿No es un error creer que, como individuos nada podemos hacer? Si tenemos esa actitud mental, no pensamos por nosotros mismos: respondemos como autómatas.
Después de todo, la masa es una entidad formada por gente que se ve atrapada, hipnotizada, por palabras e ideas. En el momento en que las palabras no nos hipnotizan, nos hallamos fuera de esa corriente, cosa que a ningún político le agrada. ¿No deberíamos mantenernos fuera de la corriente y sumar fuera de ella cada vez más y más para afectar la corriente? ¿No es importante que hay primero una transformación fundamental en el individuo, que ustedes y yo cambiemos radicalmente primero, sin esperar que el mundo entero cambie?
¿No es un criterio “escapista”, una forma de pereza, un medio de eludir el problema, eso de creer que ustedes y yo, al menos en pequeño grado, no podemos alterar la sociedad en su conjunto?
¿Es el miedo lo que nos contiene y no nos deja correr el riesgo? ¿Qué es el miedo? El miedo sólo puede existir en relación a algo, no aisladamente. Cuando digo que la muerte me da miedo ¿temo realmente a lo desconocido o sea la muerte- o tengo miedo de perder lo que he conocido? Mi miedo no es a la muerte, sino a perder mi asociación con las cosas que me pertenecen.
El miedo surge cuando deseo estar en determinado molde. Mi dificultad es mi deseo de vivir en un marco determinado ¿No puedo romper el marco? Sólo puedo hacer tal cosa cuando veo la verdad: que el marco causa temor y que ese temor fortalece el marco.

Hablando de la Libertad

Extractos de conferencias de J. Krishnamurti

El hombre ha vivido biológicamente, por cerca de dos millones de años. Ha acumulado muchísimas experiencias, muchos conocimientos y ha vivido a través de muchas civilizaciones, pasando por innumerables presiones y esfuerzos. Cada uno de ustedes, lo sepa o no, reconozca o no, es ese hombre, es el resultado de millones de años. O bien continúa evolucionando lentamente, interminablemente, a través del dolor, del sufrimiento, de la ansiedad, de toda clase de conflictos, o se sale por completo de esa corriente cuando quiera, como bajándose de un bote a la orilla de un río; puede hacerlo en cualquier momento. Y es sólo la mente libre la que puede hacerlo.
¿No es un error creer que, como individuos nada podemos hacer? Si tenemos esa actitud mental, no pensamos por nosotros mismos: respondemos como autómatas.
Después de todo, la masa es una entidad formada por gente que se ve atrapada, hipnotizada, por palabras e ideas. En el momento en que las palabras no nos hipnotizan, nos hallamos fuera de esa corriente, cosa que a ningún político le agrada. ¿No deberíamos mantenernos fuera de la corriente y sumar fuera de ella cada vez más y más para afectar la corriente? ¿No es importante que hay primero una transformación fundamental en el individuo, que ustedes y yo cambiemos radicalmente primero, sin esperar que el mundo entero cambie?
¿No es un criterio “escapista”, una forma de pereza, un medio de eludir el problema, eso de creer que ustedes y yo, al menos en pequeño grado, no podemos alterar la sociedad en su conjunto?
¿Es el miedo lo que nos contiene y no nos deja correr el riesgo? ¿Qué es el miedo? El miedo sólo puede existir en relación a algo, no aisladamente. Cuando digo que la muerte me da miedo ¿temo realmente a lo desconocido o sea la muerte- o tengo miedo de perder lo que he conocido? Mi miedo no es a la muerte, sino a perder mi asociación con las cosas que me pertenecen.
El miedo surge cuando deseo estar en determinado molde. Mi dificultad es mi deseo de vivir en un marco determinado ¿No puedo romper el marco? Sólo puedo hacer tal cosa cuando veo la verdad: que el marco causa temor y que ese temor fortalece el marco.

Ecología y Salud

Por: Antonella Perasso y Lidia Perrazo
Una maniobra fácil que salva vidas

Cuando comemos, el alimento es masticado y se mezcla con la saliva formando una pasta semisólida llamada bolo alimenticio. Este es empujado por la lengua hacia la faringe. Si no sigue el camino correcto y en lugar de dirigirse a la vía digestiva se dirige a la tráquea, provoca una obstrucción respiratoria, que puede causar asfixia y la muerte en un lapso de 5 minutos.
La única forma de salvar a la persona es practicar la maniobra de Heimlich.
Pasos a seguir:
1-Colocarse detrás de la víctima y rodearle la cintura con los brazos.
2-Se pone una mano empuñada y la otra sobre ella en el abdomen de la víctima a nivel del ombligo.
3- Se presiona con ambas manos fuertemente hacia arriba.
4- Se repite este paso hasta que la vía respiratoria quede despejada.
La maniobra también puede realizarse con la víctima sentada o acostada de espalda sobre el suelo.
Practique la maniobra de Heimlich, pues puede salvar a quien este en situación de riesgo de muerte.



Fuente y consultas: lidiarosaperasso@yahoo.com.ar

lunes, 31 de mayo de 2010

Monserrat Cultural N° 31


Imagen: raíces al sol, de Ryan Wian

Editorial

Es de todos. Eso dicen. Desde los habitantes nativos que estaban aquí antes de que nadie plantara cruces y diera nombres santos a las inabarcables llanuras, hasta el cómodo señor que administra hoy esas llanuras cubiertas de cereales regados con el mortal glifosato. Y sí, debe ser así; la Argentina, país con todos los climas y paisajes, tierra de gente solidaria, de otros que se mueren de hambre, unos poquísimos hartados en la abundancia, y muchos campeones de la queja: no hay día que no escuche arriba del colectivo o subte o tren -repartir la revista implica grandes caminatas y grandes viajes, estimado lector- a alguna señora quejándose porque cuando sube todos se hacen los dormidos para no ceder el asiento, o peor aún, ver alguna embarazada esperando a que alguno de los que miran para afuera en la ventana se levante y se lo ceda.
Y sí, es una vergüenza, pero si pasa todos los días, es un síntoma. La queja desahoga, pero no cambia nada. Es un gasto de energía que no implica mejoras para nadie, ni siquiera para el que se queja. ¿No sería mejor hacer, en vez de quejarse? Si por cada cosa que nos molesta hiciéramos algo para cambiarlo, involucrándonos, las cosas mejorarían, y la queja desaparece. Tomando parte en acciones cotidianas esa queja puede transformarse en algo positivo.
Los pensamientos y los discursos que los materializan dan forma a la vida, y por lo tanto influyen en nuestra vida cotidiana, se expresan en la sociedad y en consecuencia determinan políticas. Si los medios dicen que “está todo mal” y nosotros lo repetimos, instalamos el malestar. Toda persona es una célula del organismo social, y cada uno aporta con sus acciones para que ese organismo crezca sano y evolucione o se enferme y desaparezca.
Y volvemos al comienzo: todos somos parte de este todo, en la misma tierra. Más allá de bicentenarios, fronteras políticas y/o culturales, si el espíritu de integración y las ganas de ayudar(nos) y mejorar cada día en las pequeñas cosas no se queda en el discurso vacuo de la queja, sino que activamos nuestras energías haciéndonos cargo de todo las causas que asumimos como propias, estaremos viviendo una realidad más amable, más justa, más bella.

Siempre he creído que lo bueno no era sino lo bello puesto en acción.
Jean Jacques Rousseau

El editor

Ecología y Salud

Por: Antonella Perasso y Lidia Perrazo

Los cambios en el color de la piel

Blanco, negro, amarillo, pardo, nuestra piel tiene esos diferentes matices después de millones de años de adaptación a un lugar determinado y donde el clima jugó un papel importante.
El color de nuestra piel es el resultado de la producción de melanina, pigmento que nos protege de los efectos nocivos de la radiación ultravioleta. La exposición frecuente a los rayos solares provoca especialmente en las personas de piel blanca un envejecimiento prematuro ya que aparecen arrugas y manchas en la piel y también aumenta la posibilidad de cáncer.
La melanina es producida por los melanocitos y siempre que este pigmento se produzca en forma constante la pigmentación será pareja.
A medida que pasan los años, el número de células que contienen pigmento disminuyen pero las que quedan aumentan de tamaño de modo que la piel envejecida se muestra como más delgada, más pálida y traslúcida.
Es común observar que a partir de los 40 años de edad aparecen manchas cutáneas especialmente en áreas más expuestas al sol como dorso de manos, cara, antebrazos, hombros y escote. Estas manchas planas grises o marrones son llamadas léntigo y se oscurecen más por la acción de la luz solar. Si bien estas lesiones son benignas e indoloras suelen representar un problema cosmético.

Un consejo, utilice:
_ Para manos: cremas preparadas con cantidades iguales de crema nutritiva y crema blanqueadora.
_ Para rostro: crema facial aclaradora de manchas.


Fuente y consultas: lidiarosaperasso@yahoo.com.ar

Poesía porque sí

Hoy: Susana Thenon

CÍRCULO

Digo que ninguna palabra
detiene los puños del tiempo,
que ninguna canción
ahoga los estampidos de la pena,
que ningún silencio
abarca los gritos que se callan.
Digo que el mundo es un inmenso tembladeral
donde nos sumergimos lentamente,
que no nos conocemos ni nos amamos
como creen los que aún pueden remontar sueños.
Digo que los puentes se rompen
al más leve sonido,
que las puertas se cierran
al murmullo más débil,
que los ojos se apagan
cuando algo gime cerca.

Digo que el círculo se estrecha cada vez más
Y todo lo que existe
Cabrá en un punto.

AQUÍ, AHORA

Sé que en algún lugar
la alegría se desparrama
como el polen
y que hace tiempo
los hombres se yerguen
como jardines definitivos.
Pero yo vivo aquí y ahora,
donde todo es horrible
y tiene dientes
y viejas uñas petrificadas.
Aquí, ahora,
donde el aire
se asfixia
y el miedo es impune.

Microrelatos

La función del Arte/2
Eduardo Galeano

El pastor Miguel Brun me contó que hace algunos años estuvo con los indios del Chaco paraguayo. Él formaba parte de una misión evangelizadora. Los misioneros visitaron a un cacique que tenía prestigio de muy sabio. El cacique, un gordo quieto y callado, escuchó sin pestañear la propaganda religiosa que le leyeron en lengua de los indios. Cuando la lectura terminó, los misioneros se quedaron esperando.
El cacique se tomó su tiempo. Después, opinó:
—Eso rasca. Y rasca mucho, y rasca muy bien.
Y sentenció:
—Pero rasca donde no pica.
a

El inmediatismo
Por: Hakim Bey

Toda experiencia es mediada -por los mecanismos de la percepción sensorial, la mentalización, el lenguaje, etc. –y, ciertamente, todo el arte consiste en una mediación adicional de la experiencia." ASI PUES "La tarea de la organización inmediatista... Cuanto mayor sea la porción de mi vida que pueda ser arrancada del ciclo Trabaja/Consume/Muere, y (de)vuelta a la economía del “encuentro”, mayores serán mis oportunidades de placer. Uno corre cierto riesgo al frustrar así las vampíricas energías de las instituciones. Pero el propio riesgo forma parte de la experiencia directa del placer, un hecho conocido en todos los momentos insurreccionales –todos los momentos de despertar– de intensos disfrutes arriesgados: el aspecto festivo del Levantamiento, la naturaleza insurreccional del Festival.

Una explicación a tanta epidemia

¿Y por qué hay tanta gente enferma?
—Porque es más fácil enfermarse que decidirse a buscar el lugar que a uno le corresponde en el mundo.
—¿Cómo, cómo?
—Sí —dijo el médico—. Nos vamos agregando cosas postizas e innecesarias y nos perdemos de vista y nos olvidamos de cuál es nuestra verdadera forma. Y si no nos acordamos de la forma que tenemos, ¿cómo podemos encontrar el lugar adecuado? ¿Y quién se atreve a arrancarse los postizos que tiene pegados a los párpados, a las uñas y a los talones? Entonces algo anda mal en la casa y en el mundo, y nos enfermamos.
—Ah —dijo ella—, como el fruto del caloco que está adentro de cinco cáscaras.
—Sí.
—¿Y todos tenemos cosas postizas?
—Casi todos.
Se quedaron en silencio.
—Lo grave no es tener cosas postizas —dijo el médico—, lo grave es amarlas.

Extracto de El estanque, del libro Kalpa Imperial, De Angélica Gorodischer

Al infinito ida y vuelta

Por: Ernesto Alaimo (www.ernestoalaimo.blogspot.com)

Escenas de un día cualquiera en la ferretería de los poetas

Entra un hombre que aparenta más edad de la que aparenta, con grandes ojeras y el cabello corto negro ceniciento.
–Hola. Necesito un litro de pintura.
–¿De qué color?
–Y… un silencio… algo así como jazmín hecho trizas en la sombra, pero algo marmolazo; como que se cagó de frío.
–No se diga más. Aquí tiene.
–¡Ah, genial! ¿Cuánto le debo?
–Serían tres soles de mimbre caucásico, de ése que ya no lastima si los ojos se desprevienen.
–Uh… subió bastante esto, ¿no?
–Sí: todo lo que es pintura se fue por las nubes.
–Bueno ¿Sabés? Ahora ando algo corto… pero esta misma noche te los sueño. ¿Dale?
–Listo. Hasta luego. Después traeme la imagen.
–¡Seguro! Chau.
*
Una señora mayor entra ayudada por un bastón y espera su turno. A un costado hay un niño de grandes ojos y grande boca, que mira hacia la calle, como atento a algo que por supuesto no es la calle.
Un empleado se acerca, saluda e inquiere.
–Está el chico antes que yo –contestan sus setenta años.
–No, no se preocupe. Es un fantasma.
La señora abre los ojos hasta tenerlos como los del chico, cosa que en general significa bastante asombro, y mira a ambos varones alternativamente.
–Sí –insiste sonriendo el empleado–. Vea. Tóquelo.
La señora, que no se detuvo en sospechas ni miedos, extendió (eso sí, lentamente) su brazo y en su brazo su mano y en su mano su dedo índice hacia el niño, que seguía exactamente en la misma posición que al principio. Al llegar el dedo de la señora a la cara del chico, se topó con el frío.
–Ande, meta sin miedo.
El dedo avanzó tras la superficie del rostro, sumergiéndose en un líquido parecido al agua, pero un poco más denso, y que tenía la curiosa propiedad de incitar a quedarse a lo que estuviera dentro.
–Está de oferta. Acaba de llegar, importado. Inspiración de primera calidad.
La señora lo miró con los ojos del doble de tamaño y el aliento cortado. De pronto, su ceño se frunció: había reaccionado.
–Pero, ¿qué ferretería es ésta?
–La ferretería de los poetas.
–¡Ah! ¡Disculpe! –ostentando todo lo posible su enfado para contrarrestar su humillación–. Me confundí. Yo buscaba una de las normalitas.
–Qué se le va a hacer –condescendió el ferretero–. Hasta luego.

Escenas de un día cualquiera en la ferretería de los poetas
*
–Buenas… ¿Tiene clavos? –pregunta el hombre algo pelado, canoso, con cierto aire a Galeano.
–¿Clavos para qué?
–Tengo que clavar unas mariposas en mi espalda, bah, yo no, yo no llego con los brazos, ¿vio? –y empieza a reírse buscando complicidad–. Pero también quería clavar unas sobre una tabla de terciopelo caliente, ¿vio?, que va sobre una viga, abigarrada está a la viga que la abriga.
–¡No me diga! –y el empleado rió también–. Mire –dice, mientras hurga agachado en los cajones bajo el mostrador–: tengo unos clavos especiales para superficies candorosas, ¿ve? –le extiende en la mano unas cuantas espinas de cactus con ojos como cabezas para remachar–. Usted martille el ojo sin miedo, que al romperse derrama un pegamento. No sufre.
–Deme quince mil.
*
Entra un joven de aire ausente, realmente sin presencia, aunque el empleado que lo saluda adivina un fondo, o una superficie, muy deshecho.
–Hola, emmm… yo necesito un alma.
–Uhh… –suspira el empleado, conmovido, y chista–. Th! Mirá: nosotros no vendemos; tenemos accesorios para alma, viste, cuando se rompen, se vacían, sangran, pero almas almas… –Se acerca al joven desconsoladamente blanco y le dice por lo bajo– en realidad no se permite entrar a las personas sin alma, es una regla del patrón, pero andá tranquilo (igual, no te va a doler); yo creo que podés encontrar en algún bar o alguna sala de teatro chiquito, ahí a veces se pierden las almas, qué sé yo… Buscá, y por ahí encontrás, en algún rincón. Si no, lo que te queda es esperar en alguna plaza al sol, a que se les caiga alguna a los tórtolos y ruede lejos sin que se den cuenta, pero eso ya es criminal.
–No, deje, deje, gracias –y empezó a irse sin pasos, deslizándose por las irregulares baldosas de piedra.
–¡Suerte, che!
*
Entra un hombre. Es alto.
–Lamparitasss.
–¿Comunes?
–Sí, eh, de ideas, sí sí, comunes.
–¿Qué potencia?
–Y… estoy fundido, totalmente fundido. Como para cuarenta sonetos.
–75 watts.
–Bárbaro. ¿Qué salen?
–Quince bocados.
–Regio. ¿La probás?
–Cómo no –y enroscó el foco en un portalámparas de prueba; al presionar la tecla para encenderla, la lámpara estalló en una ola voraz de colores, texturas, sonidos, imprecaciones, vocablos exóticos e insinuantes, miradas, llantos, timbres de voz, lugares. Todo en un relámpago que dejó a todos los presentes aturdidos, abrumados.
–Estaba… estaba fallada –dijo al fin el empleado, recuperándose de la emoción.
–No importa. Yo ya tengo lo que necesitaba. ¡Adiósss!
–¡Atorrante! –masculló iracundo el pequeñoburgués que observaba.
*
Asoma una mujer de anteojos al pelo con cuadernos entre los brazos, que al ver la gran cantidad de gente en el local, encuentra a un empleado desprevenido al otro lado del mostrador y pregunta:
–Disculpame, una preguntita así no espero: ¿tenés entre luces?
–¿De mañana o de tarde?
–De tarde.
–No, atardeceres me parece que no me quedaron. Pero ahora, en dos horas, tenés uno en la plaza. Nosotros, cuando se agotan, los sacamos de ahí.
–Gracias. ¡Ah! ¿Y máquina de inventar nombres?
–¿Castellano?
–Sí.
–Sí, tenemos.
–Ah, bueno. Entonces espero.