lunes, 30 de julio de 2012

Miniensayos


Dos reflexiones de Zygmunt Bauman

Ignorancia y poder

La ignorancia causa la parálisis de la voluntad. Cuando no sabes lo que te espera, no tienes manera de prever los peligros. Para las autoridades a las que les inquietan las dificultades que les impone una democracia sólida y consistente, la ignorancia del electorado y la desconfianza que casi todo el mundo tiene hacia el valor de la discrepancia, añadidas a la poca inclinación a participar en la política, son un capital político más que bienvenido. La dominación por medio de la ignorancia y de la incertidumbre cultivadas deliberadamente es más efectiva, y más barata, que el ejercicio del poder basado en la confianza del debate, en el análisis de los hechos y en el esfuerzo sostenido para ponerse de acuerdo sobre las cuestiones que se puedan plantear, y es la manera menos arriesgada de actuar. La ignorancia política se reproduce sin parar, y la cuerda trenzada con la ignorancia y la pasividad tiene la medida justa que necesita el poder cada vez que debe hacer callar la voz de la democracia o atarle las manos. 

Información, impotencia y certeza

Quizá el mensaje más seminal, aunque apenas articulado de modo explícito, de la extensión planetaria de la televisión sea el complejo desfase entre lo que sabemos y lo que podemos hacer; entre lo que desafía a nuestra conciencia y lo que clama por alguna acción, lo que nosotros, testigos pasivos, podemos modificar mínimamente. Tenemos todos los instrumentos para la tele-visión, pero apenas ninguno para la tele-acción: vemos más allá de lo que nuestras manos pueden alcanzar. Diariamente contemplamos cómo se hace el mal, cómo se sufre el dolor, pero el desafío que ello representa para nuestros sentimientos morales queda en gran medida sin respuesta. No hay duda de que algunas de nuestras acciones y reacciones están inspiradas moralmente, pero sus efectos no llegan a compensar la enormidad de cuestiones que los inspiraron. Somos demasiado conscientes de ello pero no sabemos cómo superar esa brecha. Habiendo sido colocados en la posición de "espectadores" (de testigos que ven cómo se hace el mal, pero que aun así no hacen nada por evitarlo, ni siquiera prevenirlo) se nos ha privado de la excusa más común para la conciencia culpable: el "yo no lo sabía". La única excusa que queda es la que se apoya en la impotencia: "Haga lo que haga no servirá de nada". Es una débil excusa, poco convincente incluso para nosotros mismos. Sospechamos -y con buenas razones- que más bien se trata de lo contrario: de que lo que hagamos o dejemos de hacer sí importa... Después de todo, en nuestro abarrotado intercomunicado planeta dependemos todos unos de otros, y lo que se hace en una parte del globo tiene un alcance muy superior a la visión e imaginación de sus actores. Somos, en un grado difícil de medir, responsables de la situación de los demás. Lo que ocurre es que no sabemos qué significa asumir esa responsabilidad y qué es lo que ello requiere. Y carecemos de los instrumentos que podrían lograr que nuestras preocupaciones e intuiciones morales reviertan en unas condiciones más decentes para la humanidad, haciendo al mundo más inhóspito para la indignidad humana y la humillación, y más acogedor para la atención mutua y la solidaridad.

lunes, 2 de julio de 2012

La piedra


Monserrat Cultural Nº 52

Imagen de Tapa: “Humos”, de Devilpig.

Editorial



El frío ataca de vuelta. Un tibio sol apenas alivia, mientras cruzamos calles con montañas de ropa encima. Somos ropas andantes, apenas una cara que lucha por emerger y ganarle una bocanada al invierno. Comparto algunas frases e ideas que espero ayuden a que el invierno pase más rápido:

“Flores en primavera, la luna en otoño, una brisa fresca en verano, nieve en invierno. Si tu mente no está ocupada de cosas innecesarias, ésta es la mejor estación de tu vida.”
Wu Men Kuan - Maestro Zen - Siglo XIII

“A veces nuestro destino semeja un árbol frutal en invierno. ¿Quién pensaría que esas ramas reverdecerán y florecerán? Mas esperamos que así sea, y sabemos que así será.”
Johann Wolfgang Goethe - Poeta, novelista, dramaturgo y científico alemán 

El diagnótico y la terapéutica
"El amor es una enfermedad de las más jodidas y contagiosas. A los enfermos, cualquiera nos reconoce. Hondas ojeras delatan que jamás dormimos, despabilados noche tras noche por los abrazos, o por la ausencia de los abrazos, y padecemos fiebres devastadoras y sentimos una irresistible necesidad de decir estupideces.
El amor se puede provocar, dejando caer un puñadito de polvo de quereme, como al descuido, en el café o en la sopa o el trago. Se puede provocar, pero no se puede impedir. No lo impide el agua bendita, ni lo impide el polvo de hostia; tampoco el diente de ajo sirve para nada. El amor es sordo al Verbo divino y al conjuro de las brujas. No hay decreto de gobierno que pueda con él, ni pócima capaz de evitarlo, aunque las vivanderas pregonen, en lo mercados, infalibles brebajes con garantía y todo. "
Eduardo Galeano
El libro de los abrazos


El editor

martes, 29 de mayo de 2012

Monserrat Cultural Nº 51

Imagen de Tapa: “Piantao”, de Lora Eight

Editorial



Ecuaciones simples para una vida más plena:

Los analistas de un concepto en boga, la Felicidad Interior Bruta, aseguran que cuando están cubiertas las necesidades básicas, el bienestar personal no aumenta con la prosperidad material. Esto explicaría que, sobre el papel, los habitantes de Bután, con una de las rentas por cápita más bajas del mundo, superen en grado de satisfacción personal a los de países que lideran la tabla de ingresos.

A lo largo de la historia de la humanidad, hemos sido capaces de sobrevivir al hambre, las enfermedades o los desastres gracias a nuestro instinto de desear y buscar siempre más cosas. Nuestra mente está programada para temer la escasez y consumir lo que podamos. Sin embargo, hoy, gracias a la tecnología, tenemos todo lo necesario para vivir cómodamente, e incluso más de lo que podemos llegar a disfrutar o utilizar. Pero esto no detiene nuestro deseo innato de ir a por más. Todo lo contrario, nos vuelve adictos al trabajo, nos ahoga en un mar de información, nos hace atiborrarnos de más comida y nos embarca en una constante, y frustrante, búsqueda de “más felicidad”.

Lo primero que hay que hacer es averiguar el grado de satisfacción que nos producen las cosas, para distinguir una ilusión pasajera de la verdadera satisfacción. Con esta fórmula cada uno puede detectar los valores que le proporcionan bienestar y descubrir de qué puede prescindir, y así alcanzar paso a paso un nuevo equilibrio vital más satisfactorio.

En la era moderna, David Henry Thoreau quiso experimentar la austeridad radical con una huida de la civilización que describiría en su ensayo Walden. En 1845, este activista norteamericano se instaló en una cabaña construida por él mismo en un bosque donde pasaría dos años, dos meses y dos días de vida solitaria. Durante este tiempo, cultivó sus alimentos, reflexionó y escribió sobre el estado natural del hombre y las esclavitudes de la sociedad industrial. En sus propias palabras: “Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos de la existencia y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida… para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido. 

Una de las obviedades que nuestra vida acelerada nos ha hecho olvidar es que cambiamos dinero por tiempo, la única divisa que no se puede reponer. Entregar horas, días, años de nuestra vida a algo que no nos gusta para pagar créditos debería hacernos reflexionar. Incluso hay personas sin deudas que trabajan tanto que no tienen tiempo de gastar lo que ganan.

¿Por qué casi nadie invierte en tener tiempo? Teniendo en cuenta que las mejores cosas de la vida son gratis –la amistad, el amor, la contemplación de la naturaleza…–, deberíamos prestar atención a nuestra escala de prioridades para colocar cada cosa en su sitio.


El editor

viernes, 27 de abril de 2012

Monserrat Cultural Nº 50

Imagen de Tapa: “Kwilt girl 36”, de Devilpig

Editorial



Estaba en el tren Urquiza viajando para el centro. Como todos los días, pasaban los diferentes vendedores ambulantes, pero en el último tramo veo que viene peleando con un andador una viejita, que de tan chiquita y arrugada no se le puede adivinar la edad; pueden ser 60 como 100 otoños arrastrando su pedido de ayuda por esos vagones. La mayoría de la gente va con sus auriculares puestos, y los que no, parece que tuvieran puestos unos invisibles, insensibles al lamento, quizás. Uno de los pasajeros se acerca y le da dos pesos, mientras acusa al resto de los que allí vamos de “lauchas”. Entonces otro señor, tocado por el reclamo del joven, detiene a la viejita y se produce el siguiente diálogo:
-Señora, ¿no tiene una pensión, una jubilación?
-No, una vez fui a hacer una cola a la municipalidad, pero era tan larga, y no entendía nada, y nadie me ayudaba; es todo tan injusto, tan injusto...
-Bueno, dígame su nombre y DNI que yo voy intentar comenzar el trámite por usted, trabajo en la municipalidad.
La viejita duda, hasta tiembla un poco, incómoda con la sorpresiva ayuda concreta y real, y responde:
-No, no me acuerdo del número... -y se aferra a su andador como si estuviera por caerse.
-Bueno, entonces dígame su dirección, necesito algún dato para averiguar y comenzar el trámite.
Ya confundida ante tanta atención, niega:
-No, yo siempre ando por acá nomás, en el tren...
-¿No tiene donde parar? Puedo averiguarle por algún asilo.
-No, tengo casa, pero no recuerdo la dirección. -Y se limpia un sudor inexistente con sus manos en su pollera, tan antigua como ella.
El hombre, ya sin saber cómo ayudarla, le anota su celular:
-Tome, llámeme en unos días, a ver que podemos hacer...
-No, no, no. Deje, gracias. -Y retoma el mando de su andador, compungida, quizá temerosa, o tal vez ofendida.
El chico que le había dado los dos pesos toma el papel que queda colgando de la mano del azorado burócrata y lo mete en el bolso de la viejita sin que ella se dé cuenta... como nunca se dará cuenta de que la persona que más quizo ayudarla, para ella fue una amenaza: la amenaza de que la saquen del tren, de que le quiten su andador y su arrastrarse suplicante, para que por fin pueda sentarse y descansar... porque hace tanto tiempo que hace esto que ya no sabe hacer otra cosa, y no puede (o no quiere) imaginarse en otro lugar; aunque sea mejor, aunque por fin pueda descansar y ya no tenga que pedir más ayuda...
Y siguió, como si nada hubiera ocurrido, con su andar lento, lastimoso, suplicando ayuda, sin saber que no alcanza con pedir ayuda, si uno no está dispuesto a dejarse ayudar.

Una mañana nos regalaron un conejo de Indias. Llegó a casa enjaulado. Al mediodía, le abrí la puerta de la jaula. Volví a casa al anochecer y lo encontré tal y como lo había dejado: jaula adentro, pegado a los barrotes, temblando del susto de la libertad.
Eduardo Galeano, El libro de los abrazos, Ed. Siglo XXI

El editor

Poesía y cuento


Bendición de Dragón
Gustavo Roldán



Que las lluvias que te mojen sean suaves y cálidas.
Que el viento llegue lleno del perfume de las flores.
Que los ríos te sean propicios y corran para el lado que quieras navegar.
Que las nubes cubran el sol cuando estés en el desierto.
Que los desiertos se llenen de árboles cuando los quieras atravesar.
O que encuentres esas plantas mágicas que guardan
en su raíz el agua que hace falta.
Que el frío y la nieve lleguen cuando
estés en una cueva tibia.
Que nunca
te falte
el fuego.
Que nunca te
falte el agua.
Que nunca te falte el amor.
Tal vez el fuego se pueda prender.
Tal vez el agua pueda caer del cielo.
Si te falta el amor, no hay agua ni fuego que alcancen para seguir viviendo.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Monserrat Cultural Nº 49


Imagen de Tapa: “Le chat noir”, de Delirium77.

Editorial



Esta vez los invito a leer un artículo que nos demuestra com o algo que generalmente tomamos como “normal” puede ser un problema en la cotidianeidad. A veces basta moverse  un poco para cambiar el enfoque de un problema y encontrar la solución. 

El editor

Cuando la ansiedad nos impide la vida cotidiana

La ansiedad imprime un carácter de apremio y forma parte del abanico de respuestas ante el acontecer de la vida humana, por lo que anida en cada persona. Como agente promotor de avances, permite alcanzar logros difíciles, pero también exige la satisfacción inmediata. Cuando la inmediatez no es posible, puede actuar como agente generador de huida y dispersión.
Los síntomas de la ansiedad suelen presentarse a nivel físico: sudoración, opresión en el pecho, molestias digestivas, etc; psicológico: inquietud, temor a perder el control, inseguridad, etc; de conducta: estado de alerta, torpeza o dificultad para actuar, impulsividad, etc; intelectuales: dificultades de atención, concentración y memoria, interpretaciones negativas, etc; sociales: dificultades para iniciar o seguir una conversación, hablar demasiado, temor excesivo a posibles conflictos, etc. No obstante, cada persona puede manifestarse más sensible a unos síntomas que a otros y no todas muestran los mismos ni éstos la misma intensidad en todos los casos.
Como signo de malestar, la ansiedad describe un movimiento continuo, como el de las partículas de polvo agitándose bajo un haz de luz. Ese tipo de movimiento sin finalidad no quiere decir que esté exento de razones, ya que a nivel operativo es un modo de eludir el peligro que la persona siente. Pero, al mismo tiempo, ese movimiento, igual que el de las partículas de polvo, puede llevar eventualmente al mismo lugar después de haber recorrido un largo e infructuoso camino.
Para evitar la frustración y la reiteración de esos movimientos vanos, la solución es reposicionarse: cambiar de lugar, para tomar otro punto de vista ante el problema, y verlo desde todos los ángulos posibles, permitiendo una apertura mental que nos mostrará nuevas alternativas, transformando aquello que parecía imposible en algo realizable. Realizar actividades físicas que renueven las energías también ayuda a estabilizar la energía interna: hacer yoga, pilates, o simplemente realizar caminatas para despejar la cabeza facilitan alcanzar la armonía necesaria para que la ansiedad no nos juegue encontra.

“Las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo.... del miedo al cambio.”
Octavio Paz (1914-1998) Poeta y ensayista mexicano.

“Si quieres cambiar al mundo, cámbiate a ti mismo.”
Mahatma Gandhi (1869-1948) Político y pensador indio.

“No hay inteligencia allí donde no hay cambio ni necesidad de cambio.”
Herbert George Wells (1866-1946) Escritor, historiador y filósofo británico.

martes, 13 de marzo de 2012

Monserrat Cultural Nº 48

sábado, 3 de marzo de 2012

Editorial

En esta ocasión, comparto una poesía. Según quién la mire, está pensada para una mujer, una ciudad, una nación o una idea... queda a vuestro criterio, querido lector, a quién decida pensarse en este poema.

El editor

DESPLAZADA
de Gildardo Gutiérrez Isaza
Un corazón de tierra anegada, invadida,
palmo de tierra en tus ojos,
desplazada,
lanzada como cometa errante por el mundo;
oscuridad rampante sobre tus parpados cerrados...
La risa del verdugo te persigue,
la bota marca la distancia,
el fusil tu rostro y tu piel.
Retumbar de oleaje sobre el pavimento,
ciudad que se abre con sus fauces eternas.
Rostro de viajera perdida,
carne humana estremecida ante la intemperie,
ante la devastación de un día sin horizonte.
La muerte camina sobre tu piel,
galopa a campo traviesa sobre tus recuerdos
que distantes se esfuman como alaridos de bestia herida.
Tu boca gris, tu mirada sin extensión;
la experiencia es un sueño cada vez más amargo,
la continuación del dolor, la exhumación de la tragedia
te hace recordar que has olvidado los silencios del lenguaje,
la letanía del trigo,
el arado de tu tierra.
Hora candente donde quisieras morir,
crucifixión sobre tu labios cubiertos de hielo,
fugitiva de una guerra que no es tuya;
horda que muerde tu tierra,
lobos vociferantes que medran tu ilusión.
Deslazada, huella sin rastro en el pavimento.

martes, 29 de noviembre de 2011

Monserrat Cultural Nº 47

Imagen de Tapa: “Mandala”, de Feanne.

Editorial

En el contexto en el vivimos la ansiedad y el consumo están íntimamente relacionados: muchas veces se puede sentir un malestar sin saber bien cuál es su causa.
La ansiedad imprime un carácter de apremio y forma parte del abanico de respuestas ante el acontecer de la vida humana, por lo que anida en cada persona. Como agente promotor de avances, permite alcanzar logros difíciles, pero también exige la satisfacción inmediata. Cuando la inmediatez no es posible, puede actuar como agente generador de huida y dispersión.
Como signo de malestar, la ansiedad describe un movimiento continuo, como el de las partículas de polvo agitándose bajo un haz de luz. Ese tipo de movimiento sin finalidad no quiere decir que esté exento de razones, ya que a nivel operativo es un modo de eludir el peligro que la persona siente. Pero, al mismo tiempo, ese movimiento, igual que el de las partículas de polvo, puede llevar eventualmente al mismo lugar después de haber recorrido un largo e infructuoso camino.
A lo largo de la historia de la humanidad, hemos sido capaces de sobrevivir al hambre, las enfermedades o los desastres gracias a nuestro instinto de desear y buscar siempre más cosas. Nuestra mente está programada para temer la escasez y consumir lo que podamos. Sin embargo, hoy, gracias a la tecnología, tenemos todo lo necesario para vivir cómodamente, e incluso más de lo que podemos llegar a disfrutar o utilizar. Pero esto no detiene nuestro deseo innato de ir a por más. Todo lo contrario, nos vuelve adictos al trabajo, nos ahoga en un mar de información, nos hace atiborrarnos de más comida y nos embarca en una constante, y frustrante, búsqueda de más ‘felicidad. Lo primero que hay que hacer es averiguar el grado de satisfacción que nos producen las cosas, para distinguir una ilusión pasajera de la verdadera satisfacción. Con esta fórmula cada uno puede detectar los valores que le proporcionan bienestar y descubrir de qué puede prescindir, y así alcanzar paso a paso un nuevo equilibrio vital más satisfactorio.
Una de las obviedades que nuestra vida acelerada nos ha hecho olvidar es que cambiamos dinero por tiempo, la única divisa que no se puede reponer. Entregar horas, días y años de nuestra vida a algo que no nos gusta para pagar créditos debería hacernos reflexionar. Incluso hay personas sin deudas que trabajan tanto que no tienen tiempo de gastar lo que ganan.
¿Por qué casi nadie invierte en tener tiempo? Teniendo en cuenta que las mejores cosas de la vida son gratis –la amistad, el amor, la contemplación de la naturaleza…–, deberíamos prestar atención a nuestra escala de prioridades para colocar cada cosa en su sitio, y así, con tranquilidad y confianza, recuperar la alegría de lo cotidiano y alcanzar la felicidad que a veces parece inalcanzable.


El editor

El Arte de no Enfermarse


Terapia Floral del Dr. Edward Bach




Quien no habla de sus sentimientos, emociones y sentimientos  escondidos, reprimidos llega a enfermarse de gastritis, úlcera, dolores lumbares, dolor en la columna y con el tiempo, la represión de los sentimientos llevarnos a enfermedades crónicas o incurables . Es necesario sincerar, confidenciar, compartir nuestra intimidad, nuestros “secretos”, nuestros errores. El diálogo, el hablar, la palabra, es un poderoso remedio.
Quien no toma decisiones, permanece en la duda, acumula problemas, preocupaciones, frustraciones.  Para decidir es preciso saber renunciar, saber perder algunas cosas para ganar otras. Las personas indecisas son víctimas de dolencias nerviosas, gástricas y de la piel.
Quien no busca soluciones, se mantiene en la  negatividad no solo no consigue soluciones sino que aumentan sus problemas. Prefiere la lamentación, la murmuración, el pesimismo. Somos lo que pensamos. El pensamiento negativo genera energía negativa que se transforma en enfermedad.
Quien vive de apariencias, quien esconde la realidad, finge, vive en un “como si…”, quiere siempre dar la impresión de estar bien, quiere mostrarse siempre tranquilo,  perfecto, alegre, está acumulando un gran peso sobre sí, lo que lleva a la rigidez, las contracturas, los dolores.
Es necesario aceptarnos. El rechazo de sí mismo, la ausencia de autoestima, hace que nos volvamos ajenos de nosotros mismos. Ser uno mismo es el núcleo de una vida saludable. Quienes no se aceptan a sí mismos, son envidiosos, celosos, imitadores, competitivos, destructivos. Aceptarse, aceptar ser aceptado, aceptar  las críticas, es sabiduría.
Es necesario confiar. Quien no confía, no se comunica, no se abre, no se relaciona, no crea relaciones estables y profundas, no sabe hacer amistades verdaderas. Sin confianza, no hay vínculo. La desconfianza es falta de fe en sí, en los otros y en Dios.
No vivir en la tristeza.  El bueno humor, la risa, el reposo, la alegría, recuperan la salud,  permiten una buena calidad de vida. La persona alegre tiene el don de alegrar el ambiente donde vive. La alegría es salud.
El Dr. Edward Bach dice que el origen de la enfermedad está en el conflicto que se genera entre el alma y la personalidad. Y en ese conflicto aparecen nuestras emociones negativas primer síntoma, que de no ser tenido en cuenta, es la puerta para la enfermedad física.
Es por eso que el Dr. Bach trabajó para encontrar sus esencias florales que trabajan sobre el cuerpo emocional las que a través de un proceso terapéutico ayudan a las personas a transformar sus emociones negativas en positivas: alegría, amor, compasión, confianza, coraje, decisión, amor a sí mismo, etc.
Los remedios florales tienen la cualidad de elevar nuestras vibraciones energéticas y abrirnos a la recepción del yo espiritual; de esta manera la Naturaleza, con su virtud particular, nos libera de lo que es la causa de la enfermedad. No hay verdadera curación si no hay cambio de perspectiva, paz espiritual y felicidad interior.
Los remedios florales ejercen una influencia notable sobre la personalidad y ayudan al bienestar  general independientemente de la estructura caracterológica del individuo, pues serán eficaces aún cuando la persona no crea en su acción benéfica e independientemente del nivel de evolución de su conciencia, y su efecto puede ser aumentado sensiblemente mediante el trabajo conciente, lo que implica un trabajo terapéutico en el que la persona comprenda el proceso que lo ha llevado a su enfermedad y acompañe el proceso de su sanación.




Lic. Alicia Mabel Alfuso
en Terapia Floral Dr. E. Bach M.I. 0276-008
Psicóloga Social - Astróloga Humanística
Reiki Master
4308-4215 15-5835-3744
www.mirada-terapeutica.com.ar
aliciamabelalfuso@gmail.com
http://mirada-terapeutica.blogspot.com/

Poesía porque sí

Noche lobo

la noche lobo
me estalló en la cara
ahora
no sé quién soy

saciar
el alma
lo estrellado en el sueño
llevar olfato entre la maleza
los dientes firmes
la saliva incandescente


Fedra Spinelli en Digo Bosque y otros poemas

___________


¿Quién seré mañana?
luego de mirar la ciudad sonámbula
arrepintiéndose de ser tan bella con los poetas.

¿Quién?
cuando las manos se tornen vacías
y no haya rastro de luz entre los dedos,
y las calles me hagan temblar con sus ruidos y su gente,
cuando me quieran poco por haber herido
y se hayan salvado mis amigos del naufragio
en una hora difícil sin colores ni rosas.

¿Quién podrá descifrarme en silencio
la melodía de las estrellas?
mañana cuando tantas muertes me hayan golpeado,
y tenga miedo de todo, inclusive de mí.

Carlos Luis Ortiz

Microrelatos

"-Las cosas que vemos -dijo Pistorius con voz apagada- son las mismas cosas que llevamos en nosotros. No hay más realidad que la que tenemos dentro. Por eso la mayoría de los seres humanos vive tan irrealmente; porque cree que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse. Se puede ser muy feliz así, desde luego. Pero cuando se conoce lo otro, ya no se puede elegir el camino de la mayoría. Sinclair, el camino de la mayoría es fácil, el nuestro difícil. Caminemos."

Demian - Hermann Hesse

"La torre de babel nos dice a nosotros, arquitectos, que construimos con el significado y a través del significado, con palabras y a través de las palabras. La confusión no es tanto un obstáculo que aparece al final, sino la materia misma con la que construimos nuestras torres. Los mitos nos ayudan sólo cuando podemos invertirlos. Todos somos como Prometeo, castigados; debemos encontrar entonces aquel acto heroico que justifique el castigo. Todos recibimos la confusión de lenguas (y no son las lenguas extranjeras las que nos atormentan, sino que nuestra propia lengua natal nos esconde las palabras apropiadas para decir lo que somos o lo que queremos). Debemos entonces aceptar la confusión y partir desde el final del mito para ir hacia el principio, hasta encontrar la ambición extrema que haga justa la condena".

“La sexta lámpara”, Pablo De Santis, Cap. XXX

¿Quiénes son los pobres?

Sin olvidar el drama de millones de personas que sufren escasez de agua, alimentos y medicinas, la mayoría de la gente tiende a utilizar un baremo consumista para medir la pobreza. Desde nuestro punto de vista, el campesino de Bután que vive de sus cultivos y del trueque sería considerado pobre de solemnidad, por mucho que su país exhiba un elevado índice de Felicidad Interior Bruta.
Sobre el concepto de pobreza, hay una lúcida fábula de autor desconocido. Cuenta que el padre de una familia muy rica llevó a su hijo de viaje a una comunidad indígena con el expreso propósito de mostrarle cómo viven los pobres. Estuvieron un par de días y noches alojados en la granja de lo que se podría considerar una familia muy pobre. A la vuelta del viaje, el padre preguntó a su hijo qué le había parecido la experiencia y si se había dado cuenta de cómo vivían los pobres para valorar más lo que tenía en casa.
El niño respondió que le había encantado el viaje y que ahora ya sabía cómo vivían los pobres. Cuando el padre le pidió que especificara lo que había aprendido, el pequeño enumeró así lo que había visto:
“Nosotros tenemos un perro y ellos tienen varios.
Nosotros tenemos una piscina que ocupa la mitad del jardín y ellos tienen un arroyo que no tiene fin.
Nosotros hemos puesto faroles en nuestro jardín y ellos tienen las estrellas por la noche.
Nuestro patio es tan grande como el jardín y ellos tienen el horizonte entero.
Nosotros tenemos un pequeño trozo de tierra para vivir y ellos tienen campos que llegan hasta donde nuestra vista no alcanza.
Nosotros tenemos criados que nos ayudan, pero ellos se ayudan entre sí.
Nosotros compramos nuestra comida, pero ellos cultivan la suya.
Nosotros tenemos muros alrededor de nuestra casa para protegernos, ellos tienen amigos que los protegen.”
El padre del niño quedó boquiabierto. Finalmente, su hijo añadió:
“Gracias, papá, por enseñarme lo pobres que somos.”

martes, 25 de octubre de 2011

Monserrat Cultural Nº 46

Imagen de Tapa: “La canción”, de Feanne