sábado, 28 de septiembre de 2013

Microrelatos


Microrelatos

Obsesiones
Por: Hernán Rosker

Todos los escritores tienen una eminente obsesión por la clasificación. Borges, por ejemplo, catalogaba sus libros de acuerdo a la nacionalidad de los personajes. Connan Doyle por el peso y la altura del autor. Víctor Hugo por el bello facial de los protagonistas.
Quizás el más resonante caso sea el de Polisemio Antojo. Polisemio catalogaba sus libros de acuerdo a la cantidad de palabras. Las aventuras del Ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha: 1.753.281 palabras; La Ilíada: 87.637,402: Historia de dos ciudades: 157.364,521; Los miserables: 168.438.926; etc.  
Una vez, su colega Ramón Del Todo Perdido, le trajo una inquietud. Qué sucedía con los libros traducidos. La longitud de una frase varía porque las reglas gramaticales no son las mismas en cada lengua. Polisemio pareció despertarse de un profundo letargo. Se quedó pensando de lleno en el asunto.
Desde entonces, Polisemio se dedicó a encontrar en su idioma original todos los libros extranjeros que había leído, para reclasificar sus libros. Tal obsesión por la búsqueda de libros en su idioma original lo mantuvo en vilo toda la vida.
En el final, llegó a decirle a Ramón: “Todo cuanto he leído era mentira”.

Relámpagos
Por: Hernán Rosker

Dichosos los que imaginan.
Los que crean el mundo y rechazan lo heredado.
Un solo mandamiento debemos cumplir: adelantarse a lo que viene.
Descubrir lo que aún no fue descubierto.

***
Todo empezó con una gran explosión, a la que llamaron big bang.
Pero, ¿qué originó el big bang?
Y ¿qué había antes del big bang?
¿Nada?
Nada sale de la nada.

El Lento Deambular de las Estrellas entre sus Piernas


Álvaro Barragán García

Ablandaba el tedio criando tortugas a las que pintaba constelaciones en los caparazones, luego las dejaba deambular por el piso y miraba atenta el lento movimiento del universo sobre el suelo. En las tardes de lluvia pasaba horas con la nariz pegada en los cristales viendo pasar el tiempo distorsionado por las cortinas de agua que descendían por el vidrio de las ventanas. Las noches, como las tortugas, pasaban lentas y cansinas a su lado y apenas la rozaban, porque, sentada sobre un sillón Voltaire, leía libros de relatos en los que subrayaba los nombres de los personajes que, de una forma u otra, habían compartido con ella alguna vivencia, algún pensamiento o con los que, sencillamente, le daba por identificarse. Se había llamado Elisa, la del cartero, había sido Rebeca, maltratada por el paso ineludible de los años e incluso La Flaca, porque ayer quiso mirarse en el espejo de un cuento de una tal Clotilde Rodríguez y se vio reflejada en la pequeña perrita a la que sus hermanos de camada hurtaban el pezón de su madre. Era autocompasión, ella lo sabía, pero dejaba que el sufrimiento que le producía la conciencia de su soledad y la certidumbre de que envejecía entre estrellas ambulantes, le provocara la caricia del placer que proporciona el dolor autoinfligido.

Sólo las esporádicas visitas de Tomaso conseguían arrancarla durante unos minutos de esa especie de depresión inducida en la que se había acomodado como quien se habitúa al frío. Tomaso llegaba subiendo los escalones de dos en dos; nunca cogía el ascensor, en parte porque su estatura le impedía llegar al botón del sexto piso, en parte porque, a la carrera, liberaba el exceso de energía que acumulaba en su cuerpo de ocho años. Aporreaba la puerta con los puños (al timbre sí llegaba, pero no le gustaba su sonido, siempre tenía la impresión de estar aplastando una chicharra con el dedo) esperaba a que Elisa, Rebeca, La Flaca o quien quiera que esa tarde fuera, le abriera y sin mirarla a los ojos siempre posados sobre dos bolsas grises, abría la tapa de una pequeña caja de cartón en cuyo interior se revolvía excitado un ecosistema vivo de moscas, saltamontes y lombrices, perdido entre manojos de césped arrancados de cuajo y hojas de morera. Para las tortugas, decía, y no más dejaba el micromundo en las manos de ella iniciaba una loca carrera por el pasillo y las habitaciones recolectando constelaciones de debajo de armarios, camas y sillones. ¡Falta Orión! gritaba desde detrás de una cómoda. Ella sonreía, alisaba su cabello como si ese fugaz rastro de luz en su rostro le hubiera inducido de repente la necesidad de sentirse guapa y le contestaba: está aquí, junto a Casiopea. Merendaban pan con chocolate mientras miraban al universo engullir insectos como un agujero negro, luego, saciados unos, saciados otros, soltaban a las tortugas y comenzaba de nuevo la lenta expansión estelar sobre el parqué. Tomaso se iba prometiendo volver otro día y ella se hundía de nuevo entre las orejas de su sillón Voltaire para buscarse en las páginas de cualquier libro de relatos.

Los golpes seguidos de los pequeños nudillos sobre la puerta la rescataron del fondo del pozo de su melancolía. Volvió a alisarse el pelo y se dirigió a abrirle a Tomaso mientras con su mirada localizaba el emplazamiento de las estrellas nómadas. Asió el picaporte y con un leve giro le abrió. Volvió a sonreír. Venía con las manos vacías y la cara sucia, había llorado. Mi madre no quiere que vuelva, le dijo, dice que sólo a una loca se le ocurre pintarle el caparazón a las tortugas. Adela (hoy se llamaba así) acercó la mano a su cara y retiró de su párpado una última lágrima perdida. ¿Tú crees que yo estoy loca?, le preguntó. Tomaso la miró a los ojos y descubrió el desamparo en sus pupilas, luego buscó con su mirada y localizó a Pegaso junto al paragüero. Volvió a mirarla y le contestó: no te preocupes, puedes darle mi chocolate. Dio media vuelta y bajó a saltos la escalera dejándola vacía como una caracola sobre la arena de la playa. Llovía, pegó la nariz al cristal y suavizó el paso del tiempo mirando sin ver el reflejo distorsionado sobre la acera empapada de las primeras farolas de la noche. Luego volvería a sus cuentos, esta noche se buscaría en Lucía, la que pintaba tortugas para ver las estrellas deambular entre sus piernas.
Fuente: www.ficticia.com

Microrelato


El Vuelo del Pájaro Elefante
Ángel Olgoso

Avanzo a través del túnel que excavé durante meses en la toba blanda. Me arrastro por este nauseabundo arroyo con la desesperación de los que se saben imantados por fuerzas fatales, de los que han infligido dolor, de los que han sido martillos inclementes para numerosos clavos. Después de dos horas de angustia, mi cuerpo asoma fuera de la boca del túnel. El zumbido de los oídos desaparece. Logro esquivar los reflectores en el mortal damero del patio de la prisión. Me muevo como un veneno recién inoculado. Acometo sin respiro los vastos y resbaladizos muros de cantería. Tras ocultar las sábanas encordadas, atento a los paseos de los guardianes, me interno en las sombras reconocibles de la tercera galería. Puedo escuchar el roce de mis pisadas y el frotecillo asombrado del mecanismo de la suerte. Por fin estoy ante los barrotes. Inspiro profundamente, adelgazándome, y me deslizo entre ellos. Con infinito alivio regreso a las dulzuras de mi celda, a salvo de la aturdidora, extenuante y espantosa libertad.

Poesía porque sí

Versos extraídos de “El Libro de las Dos Versiones”
De Edith Vera


Versión Primera
Ríe esta niña
y su corazón
es todo una fruta de seda colorada.

Versión Segunda
Salvaje fruta,
esa sonrisa que viene desde la tierra
y se calza en el pecho
de la niña.


Versión Primera
El sol viaja en el cielo
y es puro oro.
Nacen bajo su luz
enormes girasoles, retamas
y el corazón de las manzanillas.

Versión Segunda
¿A qué penumbra hay que acudir
para leer
a Xul Solar, sus enigmas,
los mensajes de otros soles?
¿Entrecerrado los ojos,
guardando los asombros?


Versión Primera
A mis pies
deteniendo el paso,
la mariposa muerta.
¡El viaje interrumpido
entre la flor y el aire,
cerrando
una vida tan breve!

Versión Segunda
Desde la mariposa muerta
parten alas y alas.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Monserrat Cultural Nº 64

Imagen de Tapa: “Vuelo Floreciente” de Kerby Rosane.

Editorial

Una historia para entender lo que es la fortaleza. Que lo disfruten.

El editor


"El atleta más fuerte no es el que llega antes ante la meta. Ése es el más rápido. El más fuerte es el que cada ves que se cae se levanta. El que cuando siente el dolor en el costado no se para. El que cuando ve la meta lejos no abandona. Cuando ese corredor llega a la meta, aunque llegue último, es un ganador. A veces, aunque quieras, no está en tu mano ser el más rápido, porque tus piernas no son tan largas o tus pulmones son más estrechos. Pero siempre puedes elegir ser el más fuerte. Sólo depende de ti, de tu voluntad y de tu esfuerzo. No os voy a pedir que seáis los más rápidos, pero os voy a exigir que seáis los más fuertes."


La Bibliotecaria de Auschwitz (Framento)
Antonio G Iturbe.

Microrelatos





"Piensa en esto.. -dijo-. Si el día presente quiere parecerse al día pasado, el tiempo pasa lento y duele. Si el día presente quiere parecerse al día futuro, el tiempo pasa lento y duele. Si el día presente se parece al día presente, el tiempo transcurre en su justa música y acompaña."

Fragmento de Los días del fuego (Saga de los Confines, 3era parte), Liliana Bodoc


Sorpresa
Por:Felipe Garrido

Boca arriba en la cama abrió los ojos y vio en el techo una franja de luz que dejaban entrar las cortinas. “Es tarde”, pensó y tuvo el impulso de levantarse. Pero no sabía por qué o a qué tenía que levantarse, así que se cobijó hasta la barbilla con el gusto de quedarse acostado un rato más. Aunque, en realidad, no estaba muy seguro de que eso debiera alegrarlo porque, al final de cuentas, tampoco sabía por qué estaba allí, en esa habitación desconocida, donde nada le era familiar. El papel tapiz, ni lo muebles de mimbre, ni el crucifijo de plata, ni la cama demasiado blanda, ni esas manos con que tomaba las sábanas. Intentó recordar qué había sucedido el día anterior, qué esperaba hacer ese día, dónde estaba, con quién vivía.
Después de un rato de estupor se puso de pie con un cuerpo que nunca había visto, se asomó al espejo del tocador, contempló asustado a un extraño que lo veía con miedo. Quiso decir algo, pero lo aterró la idea de pronunciar una voz que no hubiera escuchado antes jamás.

Microrelatos



El otro él
Por: Juan Ramón Jiménez
Bajando mi amigo la escalera, al llegar a cierto sitio, aparecía de pronto, en él, el otro él. Jamás faltó. Ignoro si él lo sabía, si se daba cuenta de que se le veía algo que él quizás ignoraba que llevaba en sí.
Yo le veía el otro él desde arriba, abierta aún la puerta de mi casa en su despedida, en un raro escorzo feo, antipático, molesto.
No se le parecía en nada. Era como un escamoteo rápido de algún él extrahumano. Se componía de todo él, sin él, o con él deformado, abollado, ennegrecido, pasado por sacristía, horno y ataúd, en triple negrura desagradable y fantástica. Como un él posible e imposible.
Venía a casa. Hablábamos, reíamos, pensábamos; él escandaloso y aparatoso, yo exaltador y llameante. Jamás se me ocurría pensar en el otro. Pero al irse, llegando al sitio aquel de la escalera, el escorzo claudicante, oscuro y enigmático aparecía un instante y se iba con él.


El otro yo
Por: Mario Benedetti

Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la naríz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.
El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente , se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse imcómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.
Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañana siguiente se había suicidado.
Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.
Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas.
Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: «Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y saludable».
El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.

Poesía porque sí

Hoy:
ALEJANDRA PIZARNIK



DIARIOS (fragmento)

Fe en ti sola, Alejandra. Fe en ti sola.
Imposible la plena comunicación humana. Los otros, siempre nos aceptan mutilados, jamás con la totalidad de nuestros vicios y virtudes. O nos detestan por algún aspecto nuestro que les mortifica o nos aceptan por algo que es ángel en nuestra carne. También solemos tener días en los que nos permiten comunicarnos y días en que nos amurallan. Estos últimos coinciden con los días en que más necesidad de contacto humano tenemos. Seguramente nos rechazan por ese aspecto de mendigos repelentes que proporcionan la angustia y la soledad.
Todo esto, dicho de un modo confuso. Porque no entiendo casi nada del asunto. Pero hoy y mañana y siempre repito que sólo es posible vivir si en la casa del corazón arde un buen fuego.


Estar

Vigilas desde este cuarto
donde la sombra temible es la tuya.

No hay silencio aquí
sino frases que evitas oír.

Signos en los muros
narran la bella lejanía.

(Haz que no muera
sin volver a verte)


Despedida

Mata su luz un fuego abandonado.
Sube su canto un pájaro enamorado.
Tantas criaturas ávidas en mi silencio
y esta pequeña lluvia que me acompaña.

martes, 30 de julio de 2013

Monserrat Cultural Nº 63

Imagen de Tapa: “Relato sinfin” de Mag Catso.

Editorial

Una corbata. Un símbolo claro y directo de cómo funciona el mundo. Ojalá sirva para reflexionar sobre lo que importa y lo que no. Que lo disfruten.
El editor

- Crear una realidad sólo para él - repitió Verónika - ¿Qué es la realidad?
- Es lo que la mayoría de la gente consideró lo que debía ser. No necesariamente lo mejor, ni lo más lógico, sino lo que se adaptó al deseo colectivo. ¿Ud. ve lo que llevo alrededor del cuello?
- Una corbata.
- Muy bien, su respuesta es lógica y coherente, propia de una persona absolutamente normal "Una corbata".
"Un loco sin embargo diría, que yo tengo alrededor del cuello una tela de colores, ridícula, inútil, atada de una manera complicada, que termina dificultando los movimientos de la cabeza y exigiendo un esfuerzo mayor para que el aire pueda penetrar en los pulmones. Si yo me distrajera estando cerca de un ventilador, podría morir estrangulado por esta tela".
"Si un loco me preguntara para qué sirve una corbata yo tendría que responderle: Para absolutamente nada. Ni siquiera para adornar, porque hoy en día se ha tornado en un símbolo de la esclavitud, del poder, del distanciamiento. La única utilidad de la corbata consiste en llegar a la casa y podernosla quitar, dándonos la sensación de que estamos libres de algo que no sabemos lo que es".
"¿Pero la sensación de alivio justifica la existencia de la corbata? No. Aún así si yo pregunto a un loco y a una persona normal qué es eso, será considerado cuerdo aquel que responda: "una corbata". No importa quien dice la verdad, importa quien tiene razón".
Extraído de “Verónika decide morir”
Paulo Coelho

Microrelatos




Terapias
De Julio Cortázar

Un cronopio se recibe de médico y abre un consultorio en la calle Santiago del Estero. En seguida viene un enfermo y le cuenta cómo hay cosas que le duelen y cómo de noche no duerme y de día no come.
-Compre un gran ramo de rosas- dice el cronopio.
El enfermo se retira sorprendido, pero compra el ramo y se cura instantáneamente. Lleno de gratitud acude al cronopio, y además de pagarle le obsequia, fino testimonio, un hermoso ramo de rosas. Apenas se ha ido el cronopio cae enfermo, le duele por todos lados, de noche no duerme y de día no come.

Una vuelta
Extracto del cuento “Sur” de Jorge Luis Borges

"A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos; Dahlmann había llegado al sanatorio en un coche de plaza y ahora un coche de plaza lo llevaba a Constitución. La primera frescura del otoño, después de la opresión del verano, era como un símbolo natural de su destino rescatado de la muerte y la fiebre. La ciudad, a las siete de la mañana, no había perdido ese aire de casa vieja que le infunde la noche; las calles eran como largos zaguanes, las plazas como patios. Dahlmann la reconocía con felicidad y con un principio de vértigo; unos segundos antes de que las registraran sus ojos, recordaba las esquinas, las carteleras, las modestas diferencias de Buenos Aires. En la luz amable del nuevo día, todas las cosas regresaban a él."

Cuento



La embajada de los cronopios cronopios.
De Julio Cortázar.

Los cronopios viven en diversos países, rodeados de una gran cantidad de famas y de esperanzas, pero desde hace un tiempo hay un país donde los cronopios han sacado las tizas de colores que siempre llevan consigo y han dibujado un enorme SE ACABÓ en las paredes de los famas, y con letra más pequeña y compasiva la palabra DECÍDETE en las paredes de las esperanzas, y como consecuencia de la conmoción que han provocado estas inscripciones, no cabe la menor duda de que cualquier cronopio tiene que hacer todo lo posible para ir inmediatamente a conocer ese país. Cuando se ha decidido ir inmediatamente a conocer ese país, lo primero que sucede es que la embajada del país de los cronopios comisiona a varios de sus empleados para que faciliten el viaje del cronopio explorador, y por lo regular este cronopio se presenta a la embajada donde tiene lugar el diálogo siguiente, a saber: ­Buenas salenas cronopio cronopio. ­Buenas salenas, usted saldrá en el avión del jueves. Favor llenar estos cinco formularios, favor cinco fotos de frente. El cronopio viajero agradece, y de vuelta en su casa llena fervorosamente los cinco formularios que le resultan complicadísimos, aunque por suerte una vez llenado el primero no hay más que copiar las mismas equivocaciones en los cuatro restantes. Después este cronopio va a un Fotomatón y se hace retratar en la forma siguiente: las cinco primeras fotos muy serio, y la última sacando la lengua. Esta última el cronopio se la guarda para él y está contentísimo con esa foto. El jueves el cronopio prepara las valijas desde temprano, es decir que pone dos cepillos de dientes y un calidoscopio, y se sienta a mirar mientras su mujer llena las valijas con las cosas necesarias, pero como su mujer es tan cronopio como él, olvida siempre lo más importante a pesar de lo cual tienen que sentarse encima para poder cerrarlas, y en ese momento suena el teléfono y la embajada avisa que ha habido una equivocación y que deberían haber tomado el avión del domingo anterior, con lo cual se suscita un diálogo lleno de cortaplumas entre el cronopio y la embajada, se oye el estallido de las valijas que al abrirse dejan escapar osos de felpa y estrellas de mar disecadas, y al final el avión saldrá el próximo domingo y favor cinco fotos de frente. Sumamente perturbado por el cariz que toman los acontecimientos, el cronopio concurre a la embajada y apenas le han abierto la puerta grita con todas las amígdalas que él ya ha entregado las cinco fotos junto con los cinco formularios. Los empleados no le hacen mayor caso y le dicen que no se inquiete puesto que en realidad las fotos no son tan necesarias, pero que en cambio hay que conseguir en seguida un visado checoslovaco, novedad que sobresalta violentamente al cronopio viajero. Como es sabido, los cronopios son propensos a desanimarse por cualquier cosa, de manera que grandes lágrimas ruedan por sus mejillas mientras suspira: ­¡Cruel embajada! Viaje malogrado, preparativos inútiles, favor devolverme las fotos. Pero no es así, y dieciocho días más tarde el cronopio y su mujer despegan en Orly y se posan en Praga después de un viaje donde lo más sensacional es como de costumbre la bandeja de plástico recubierta de maravillas que se comen y se beben, sin contar el tubito de mostaza que el cronopio guarda en el bolsillo del chaleco como recuerdo. En Praga cunde una modesta temperatura de quince bajo cero, por lo cual el cronopio y su mujer casi ni se mueven del hotel de tránsito donde personas incomprensibles circulan por pasillos alfombrados. De tarde se animan y toman un tranvía que los lleva hasta el puente de Carlos, y todo está tan nevado y hay tantos niños y patos jugando en el hielo que el cronopio y su mujer se toman de las manos y bailan tregua y bailan catala diciendo así: ­¡Praga, ciudad legendaria, orgullo del centro de Europa! Después vuelven al hotel y esperan ansiosamente que vengan a buscarlos para seguir el viaje, cosa que por milagro no sucede dos meses más tarde sino al otro día.

Poesía porque sí

Poemas del libro “Ova Completa”
de Susana Thénon

HABITANTE

Eres habitante
de mis deseos prohibidos.
Tu ritmo se levanta
cerca de mi latido más tenue.
Tu credencial
es un gemido.


NO

Me niego a ser poseída
por palabras, por jaulas,
por geometrías abyectas.
Me niego a ser
encasillada,
rota,
absorbida.
Sólo yo sé como destruirme,
cómo golpear mi cabeza
contra la cabeza del cielo,
cómo cortar mis manos y sentirlas de noche
creciéndome hacia adentro.
Me niego a recibir esta muerte,
este dolor,
estos planes tramados, inconmovibles.
Sólo yo conozco el dolor
que lleva mi nombre
y sólo yo conozco la casa de mi muerte.


CAMINOS

Ceguera del gesto
cuando en vano se aferra
al muro espeso de los hechos consumados.

Densa guitarra de la sangre
acompañando la canción
nocturna y subterránea.

Deambular entre gritos
anónimos,
entre multitudes de hambre,
bajo cielos ajenos.

Entre mansos,
Desesperanzados ecos.

Monserrat Cultural Nº 62

Imagen de Tapa: “Presión”, de Rattur.

Editorial

Compartimos esta vez textos para ampliar sensaciones, sentimientos, ilusiones. Que los disfruten.
El editor

Secretos de Caracoles
"Contemplando un caracol -uno solo- pensaba Esteban en la presencia de la Espiral durante milenios y milenios, ante la cotidiana mirada de pueblos pescadores, aún incapaces de entenderla ni de percibir siquiera la realidad de su presencia. Meditaba acerca de la poma del erizo, la hélice del muergo, las estrías de la venera jacobita, asombrándose ante aquella Ciencia de las Formas desplegada durante tantísimo tiempo frente a una humanidad aún sin ojos para pensarla. ¿Qué habrá en torno mio que esté ya definido, inscrito, presente, y que aún no pueda entender? ¿Qué signo, qué mensaje, qué advertencia, en los rizos de la achicoria, el alfabeto de los musgos, la geometría de la pomarrosa? Mirar un caracol. Uno solo. Tedéum."
Alejo Carpentier / El siglo de las luces.-

Golpes de dados
El mundo somete toda empresa a una alternativa, la del éxito o el fracaso, la de la victoria o la derrota.Protesto desde otra lógica-soy a la vez y contradictoriamente feliz e infeliz-triunfar o fracasar no tienen para mí más que sentidos contingentes, pasajeros-lo que no impide que mis penas y mis deseos sean violentos-, lo que me anima, sorda y obstinadamente, no es táctico-acepto y afirmo, desde afuera de lo verdadero y de lo falso, desde fuera de lo exitoso y de lo fracasado, estoy exento de toda finalidad, vivo de acuerdo con el azar,lo prueba que las figuras de mi discurso me vienen como golpes de dados-.
Roland Barthes.

Poesía porque sí


Mapola pierde la A
Por: Andrea Bermúdez

Mapola perdió la A entre las piedras
en un altar comechingón dejó los miedos
y se olvidó  en las sierras toda complicación
cuando el reloj de sol marco las cuatro, batió las alas
y no fue el vino
ni un premio en el casino
que la ayudó a soñar
fue saber escalar, con o sin piernas
hasta ese cielo santo, hasta esa agüita buena
que sin haber sirenas, ella escuchó cantar
¡y que cantar tan lindo y saludable!
¡y que augurio de amable porvenir!
por eso al regresar se olvidó ella
en aguas cristalinas esa letra …
perfecta garantía de volver
porque volver es ser ,cuando quedaste exento de tener
y con la idea fija de vivir
¡Que meta tan escueta! dirá alguno
Mapola con la A , o con la Z
desierta de complejos... boquiabierta
se reirá feliz.

Érase una vez
Por Andrea Bermúdez

...Érase una vez un tambor
Un chamán
Una flor.
Érase un agüita hexagonal
una alquimia,
un metal.
Érase la magia de un sabor
manantial
un amor.
Érase en el mundo menos mal
más verdad
luz del sol.
Érase el oxígeno mejor
armonioso
el hablar.
Érase el venir tan dulzón
como el ser,
como el dar.
Érase un Waslala en un limón
en la tierra,
en el mar.
Érase una vez resucitar.

Entorno del mito

Silencio
Por Noé Jitrik

Uno de los primeros libros de José Saramago, Levantado del suelo, empieza con una sentencia más o menos como ésta: “Lo que más abunda en la tierra es el paisaje”. Gran verdad: el paisaje es tan eterno como la visión: mientras haya ojos y mirada y distancia habrá paisaje, o sea una distribución de objetos terrestres en un espacio, no importa cuán destruidos estén: Hiroshima devastada es, a los ojos de los que se salvaron, tan paisaje como el apacible, a veces, Popocatepetl, visto desde Nepantla. De modo que, quitándole a la palabra paisaje el prestigio que le ha dado la pintura, se podría decir que es eterno, que está en todas partes y perdurará mientras haya un hombre sobre la tierra y algo que ver a la distancia. Casi todo el mundo posee la noción del paisaje, aunque hay algunos que la ignoran o son indiferentes a ella: llevado a la cima del Mont Blanc, desde donde se divisa una extensión enorme y profunda, el poeta Paul Valery exclamó “¡Qué es lo que hay que ver!”.
Suponiendo que no quede ningún ser humano sobre la Tierra –lo que no es del todo delirante, como nos lo enseñó la ciencia ficción–, habría que preguntar qué pasa con los átomos: ¿seguirán existiendo o será necesario, para que perezcan, que todo el planeta estalle y, hecho polvo inerte, se pierda en el infinito –vaya uno a saber– cósmico?
Otras cosas terrestres gozan de parecida situación, el agua por ejemplo, sólo que, como se sabe, recibe la designación de “recurso natural”, probablemente agotable: ¿puede uno imaginar, siquiera, un mundo sin agua, mares resecos, ríos de pura piedra, ausencia de lluvia, extinción de las napas? Si el agua se termina, y si no se inventa algún sustituto, se termina la vida y con ella la mirada, de modo que la eternidad que admitíamos en el paisaje en este caso sería sólo duración, aunque, sería una rareza, por ahí queda algún sobreviviente que jamás tiene sed. El viejo enfrentamiento entre espacio y tiempo, mediado, desde luego, por el hombre. Es, guardando las proporciones, como si fuera a extinguirse el aire: eso es casi impensable pese a los esfuerzos que hacen los seres humanos para lograrlo.
Hay otros elementos que suscitan parecidas reflexiones, de la eternidad a la catástrofe, como ocurre con el petróleo: Arabia Saudita vive como si las reservas de petróleo que posee no se fueran a agotar jamás. Craso error, según quienes entienden de estas cosas aun sin ser filósofos. Se podría afirmar, por lo tanto, que es posible y aun practicable una clasificación de elementos terráqueos, incluido Dios, que gozan de eternidad, otros sólo de duración y la duración puede ser corta, mediana o larga, pero siempre será duración y siempre será previsible o calculable. Es más, existe también la esperanza de recuperar estos elementos, cuando se extingan o un poco antes, hallándolos en otros planetas y sacándolos de ahí para aprovecharlos aquí. Ocurrirá o no pero es innegable que esa alternativa está en la cabeza de muchos, sabios o practicones: es un alivio, qué duda cabe.
Esos elementos, a su vez, pueden ser de dos tipos: unos muy materiales (agua, petróleo, minerales), otros virtuales, como lo es el paisaje, que sólo existen si media una mirada humana. Los primeros están ahí, antes y después de ser descubiertos, suelen ser objeto de uso o de explotación; los otros no están en ninguna parte y están en todas, pero como el paisaje es también tierra y algo sobre ella se constituye, ese carácter virtual es menor que el del silencio, que nos rodea y envuelve, en el cual navegamos sin movernos, producido por una falta, no por algo que lo produzca.
Pero tanto está que sin el silencio no podríamos entender casi nada; si no hubiera silencios en la música o en la poesía no podríamos comprender nada menos que el ritmo que es lo que marca el acuerdo que hay entre nuestras palpitaciones y lo que está en el exterior. Es cierto que en ocasiones, el silencio se busca y en otros se impone, pero también lo es que la mayor parte de los humanos lo rehúye, no lo quiere, e inventa mil maneras de conjurarlo o de reducirlo lo más posible. Esto no es ninguna novedad: la sociedad ama el ruido o, en el mejor de los casos, el sonido, pero hay diferencia entre ambas argucias para reducirlo: el ruido lo expulsa, el sonido lo contiene y absorbe, porque el sonido implica pausas, lo hace comprensible e identificable, el sonido nos dice, el ruido nos tapa.
Al atardecer, en la montaña, el silencio asalta y el ser humano se sobrecoge; sobreviene una suerte de angustia que se quiere conjurar rápidamente, pero eso también se produce en las casas de las ciudades cuando alguien se queda solo: el miedo al silencio es, entonces, universal, así como lo es el silencio mismo, e inexplicable porque en principio podría ser gratificante, muchos dicen querer buscarlo o lo piden con irritación cuando hay demasiados rumores, pero son los primeros en clausurarlo cuando, por ejemplo, aplauden demasiado pronto, creyendo que lo gratifican, a un ejecutante o cuando sufren porque, de pronto, la conversación entra en un instante de reflexión y todos callan.
¿De dónde procede esa angustia? Yo tiendo a creer que brota porque en el preciso instante en que se produce regresa algo así como la noche prehistórica, vuelve el terror que conmovió al primer hombre cuando la inmensidad lo inundaba y su refugio era insuficiente para protegerse y, sobre todo, cuando llegaba la noche y los rugidos, mugidos, aleteos, vibraciones, declinaban y lo ponían a merced de todo lo que no comprendía de un universo cuya imponencia podía aplastarlo. De ahí, creo, de esa memoria perdida que tiene su residencia en cada ser humano surge, por un lado, el sentimiento de lo sagrado y, por el otro, el más elemental del terror. Ignoro si la necesidad de anularlo que parece ser el signo de nuestras sociedades es una cosa o la otra; sólo me atrevo a pensar que ahí están sus raíces como, por otra parte, la mayor parte de nuestros miedos.

Cuento

El Camaleón que finalmente no sabía de qué color ponerse
Augusto Monterroso

En un país muy remoto, en plena Selva, se presentó hace muchos años un tiempo malo en el que el Camaleón, a quien le había dado por la política, entró en un estado de total desconcierto, pues los otros animales, asesorados por la Zorra, se habían enterado de sus artimañas y empezaron a contrarrestarlas llevando día y noche en los bolsillos juegos de diversos vidrios de colores para combatir su ambigüedad e hipocresía, de manera que cuando él estaba morado y por cualquier circunstancia del momento necesitaba volverse, digamos, azul, sacaban rápidamente un cristal rojo a través del cual lo veían, y para ellos continuaba siendo el mismo Camaleón morado, aunque se condujera como Camaleón azul; y cuando estaba rojo y por motivaciones especiales se volvía anaranjado, usaban el cristal correspondiente y lo seguían viendo tal cual.
Esto sólo en cuanto a los colores primarios, pues el método se generalizó tanto que con el tiempo no había ya quien no llevara consigo un equipo completo de cristales para aquellos casos en que el mañoso se tornaba simplemente grisáceo, o verdiazul, o de cualquier color más o menos indefinido, para dar el cual eran necesarias tres, cuatro o cinco superposiciones de cristales.
Pero lo bueno fue que el Camaleón, considerando que todos eran de su condición, adoptó también el sistema.
Entonces era cosa de verlos a todos en las calles sacando y alternando cristales a medida que cambiaban de colores, según el clima político o las opiniones políticas prevalecientes ese día de la semana o a esa hora del día o de la noche.
Como es fácil comprender, esto se convirtió en una especie de peligrosa confusión de las lenguas; pero pronto los más listos se dieron cuenta de que aquello sería la ruina general si no se reglamentaba de alguna manera, a menos de que todos estuvieran dispuestos a ser cegados y perdidos definitivamente por los dioses, y restablecieron el orden.
Además de lo estatuido por el Reglamento que se redactó con ese fin, el derecho consuetudinario fijó por su parte reglas de refinada urbanidad, según las cuales, si alguno carecía de un vidrio de determinado color urgente para disfrazarse o para descubrir el verdadero color de alguien, podía recurrir inclusive a sus propios enemigos para que se lo prestaran, de acuerdo con su necesidad del momento, como sucedía entre las naciones más civilizadas.
Sólo el León que por entonces era el Presidente de la Selva se reía de unos y de otros, aunque a veces socarronamente jugaba también un poco a lo suyo, por divertirse.
De esa época viene el dicho de que

todo Camaleón es según el color
del cristal con que se mira.

Microrelatos

Terapias, de Julio Cortázar.

Un cronopio se recibe de médico y abre un consultorio en la calle Santiago del Estero. En seguida viene un enfermo y le cuenta cómo hay cosas que le duelen y cómo de noche no duerme y de día no come.
-Compre un gran ramo de rosas- dice el cronopio.
El enfermo se retira sorprendido, pero compra el ramo y se cura instantáneamente. Lleno de gratitud acude al cronopio, y además de pagarle le obsequia, fino testimonio, un hermoso ramo de rosas. Apenas se ha ido el cronopio cae enfermo, le duele por todos lados, de noche no duerme y de día no come.

La oveja negra, de Augusto Monterroso

En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.
Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.

Tristeza del Cronopio
De Julio Cortázar

A la salida del Luna Park un cronopio advierte que su reloj atrasa, que su reloj atrasa, que su reloj. Tristeza del cronopio frente a una multitud de famas que remonta Corrientes a las once y veinte y él, objeto verde y húmedo, marcha a las once y cuarto. Meditación del cronopio: "Es tarde, pero menos tarde para mi que para los famas, para los famas es cinco minutos más tarde, llegarán a sus casas más tarde, se acostarán más tarde. Yo tengo un reloj con menos vida, con menos casa y menos acostarme, yo soy un cronopio desdichado y húmedo". Mientras toma café en el Richmond de Florida, moja el cronopio una tostada con sus lágrimas naturales.

Alegría del Cronopio
Por Julio Cortázar

Encuentro de un cronopio y un fama en la liquidación de la tienda La Mondiale.
-Buenas tardes, fama. Tregua catala espera. -Cronopio cronopio? -Cronopio cronopio. -Hilo? -Dos, pero uno azul.
El fama considera al cronopio. Nunca hablará hasta no saber que sus palabras son las que convienen, temeroso de que las esperanzas siempre alertas no se deslicen en el aire, esos microbios relucientes, y por una palabra equivocada invadan el corazón bondadoso del cronopio.
-Afuera llueve- dice el cronopio. Todo el cielo. -No te preocupes- dice el fama. Iremos en mi automóvil. Para proteger los hilos.
Y mira el aire, pero no ve ninguna esperanza, y suspira satisfecho. Además le gusta observar la conmovedora alegría del cronopio, que sostiene contra su pecho los hilos -uno azul- y espera ansioso que el fama lo invite a subir a su automóvil.