viernes, 30 de mayo de 2014

Microrelatos



Cuando muere, todo el mundo debe dejar algo detrás, decía mi abuelo. Un hijo, un libro, un cuadro, una casa, una pared levantada o un par de zapatos. O un jardín plantado. Algo que tu mano tocará de un modo especial, de modo que tu alma tenga algún sitio a donde ir cuando tú mueras, y cuando la gente mire ese árbol, o esa flor, que tú plantaste, tú estarás allí. “No importa lo que hagas –decía-, en tanto que cambies algo respecto a como era antes de tocarlo, convirtiéndolo en algo que sea como tú después de que separes de ellos tus manos. La diferencia entre el hombre que se limita a cortar el césped y un auténtico jardinero está en el tacto. El cortador de césped igual podría no haber estado allí, el jardinero estará allí para siempre
Fragmento de Fahrenheit 451, Ray Bradbury.

No sé hasta dónde me lleve este camino, este difícil camino de tu espera. No sé hasta dónde te persiga mi sangre, hasta dónde se prolongue tu encuentro. Si yo pudiera rogar, te rogaría; si supiera pedir, te pediría; te diría que pronto, que vinieses a mí ahora mismo, que te necesito, que esto es urgente, imprescindible. Pero me he acostumbrado a aguardarte en silencio, deseándote, deseándote nomás; y allí en el fondo de mi alma te espero, íntimamente confío en ti, creo en ti -porque creo en mi amor, porque sé que no hay amor baldío-, y estoy como si esperara madurar una fruta, como si esperara que cayese un beso, como si esperara florecer un sueño. Porque te quiero, amo.
Jaime Sabines.

Las llaves de Stella
Stella abrió la puerta de su casa. Entre los dedos de su mano derecha –en posición supina– agitaba las llaves y con la otra mano sujetaba a su perra blanca, Stephanía, a la que llevaba al paseo nocturno. De pronto comprobó: ya no tenía las llaves. ¿Dónde las puso? Nunca aparecerían. En la siguiente oportunidad aferraba la correa perruna cuando, en una distracción o algo así, advirtió con alarma que ya no la sujetaba. De la perra, nunca supo. Una noche del mes siguiente apoyó una mano en una pared de su casa y ¡zaz! ésta se esfumó ante su aterrado estupor. Decidió entonces invitar a salir al hombre a quien odiaba, lo aferró de un brazo con fuerza. Nada. Stella ignoraba que el don de las desapariciones le había sido otorgado por el dios bromista sólo para ser ejecutado tres veces. Resignada, descubrió en cambio que el hombre no era tan desagradable. Y poseía llaves, perro y casa.
Quarks, Jorge Ariel Madrazo.

El engaño
La conoció en un bar y en el hotel le arrancó la blusa provocativa, la falda entallada, los zapatos de tacón alto, las medias de seda, los ligueros, las pulseras y los collares, el corsé, el maquillaje, y al quitarle los lentes negros se quedó completamente solo.
Por favor, sea breve, Marcial Fernández.

Reflexiones



Inteligencia es comprender algo antes de afirmarlo. Es llevar las cosas al límite para encontrar sus contrarias. Es intentar comprender a los demás y entre uno y los demás, con todos sus pros y sus contras, buscar poco a poco, nuestro humilde camino. Ya sé que, actualmente, a mucha gente no le gusta este planteamiento intelectual. Quieren las diferencias bien marcadas e intentar buscar algo entre el negro y el blanco, es un asunto muy gris. Los fanáticos y los dogmáticos resultan aburridos porque siempre sabes lo que van a decir. La gente divertida no son los escépticos sino aquellos que aman las paradojas. Llamo paradojas a buscar otra solución cuando tienes ya una evidente. Considero también que transigir es la acción intelectual más hermosa, la más valiente pese a que la gente lo vea mal o lo considere una claudicación.
Jean-Luc Godard.

En mi opinión, la mayoría de las personas tienen un concepto poco realista de la felicidad, pues invariablemente emplean la fatal conjunción condicional “sí”. Les oímos decir: Yo sería feliz si fuera rico; o si esa mujer me amara; o bien: si tuviera yo talento o si tuviera buena salud. A menudo, tales personas alcanzan su objetivo, pero entonces descubren otras circunstancias condicionales. Por mi parte, yo amo la vida, para bien o para mal, incondicionalmente.
Arthur Rubinstein.

Para mí, una crisis interior es siempre un signo de salud. En mi opinión no supone otra cosa que un intento de volver a encontrar el propio yo, de conseguir una nueva fe. Entra en un estado de crisis interior todo aquel que se plantea problemas intelectuales. Esto es perfectamente lógico, puesto que el alma ansía armonía, mientras que la vida está llena de disonancia. Es esta contradicción la confirmación de nuestra profundidad interior, de nuestras posibilidades espirituales.
Andrei Tarkovski.

Solamente son felices quienes no piensan nunca, es decir, quienes no piensan más que lo estrictamente necesario para sobrevivir. El pensamiento verdadero se parece a un demonio que perturba los orígenes de la vida, o a una enfermedad que ataca sus raíces mismas. Pensar continuamente, plantearnos problemas capitales a cada momento y experimentar una duda permanente respecto a nuestro destino; estar cansado de vivir, agotado hasta lo inimaginable a causa de nuestros propios pensamientos y de nuestra propia existencia; dejar tras de sí una estela de sangre y de humo como símbolo del drama y de la muerte de nuestro ser —equivale a ser desgraciado hasta el punto de que el problema del pensamiento nos da ganas de vomitar y la reflexión nos parece una condena.
En las cimas de la desesperación, Emil Cioran.



Hay que pensar en ciertas cosas, cosas que te habitan por dentro, o no, mejor sí, hay que pensar en ellas porque si no pensamos en ellas, corremos el riesgo de encontrarlas, una a una, en la memoria. Es decir, hay que pensar durante un momento, un buen rato, todos los días y varias veces al día, hasta que el fango las recubra, con una costra infranqueable.
El expulsado, Samuel Beckett.

Pienso que todo en la vida es arte. Lo que haces. Cómo te vistes. La forma en que amas a alguien, y cómo hablas. Tu sonrisa y tu personalidad. Lo que crees, y todos tus sueños. La forma en que bebes tu té. Cómo decoras tu hogar. O una fiesta. Tu lista del mercado. La comida que haces. Cómo luce tu escritura. Y la forma en que sientes. La vida es arte.
Helena Bonham Carter

No hay que lamentarse por la muerte, como no hay que lamentarse por una flor que crece. Lo terrible no es la muerte, sino las vidas que la gente vive o no vive hasta su muerte. No hacen honor a sus vidas, les mean encima. Las cagan. Estúpidos . Se concentran demasiado en follar, ir al cine, el dinero, la familia, follar. Sus mentes están llenas de algodón. Se tragan a Dios sin pensar, se tragan la patria sin pensar. Muy pronto se olvidan de cómo pensar, dejan que otros piensen por ellos. Sus cerebros están rellenos de algodón. Son feos, hablan feo, caminan feo. Ponles la gran música de los siglos y no la oyen. La muerte de la mayoría de la gente es una farsa. No queda nada que pueda morir.
El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco, Charles Bukowski.

NO ES UN POEMA




Los rostros son los mismos, 
los cuerpos son los mismos, 
las palabras huelen a viejo, 
las ideas a cadáver antiguo. 

Esto no es un poema: 
es un grito de rabia, 
rabia por los ojos huecos, 
por las palabras torpes 
que digo y que me dicen, 
por inclinar la cabeza 
ante ratones, 
ante cerebros llenos de orín, 
ante muertos persistentes 
que obstruyen el jardín del aire. 

Esto no es un poema: 
es un puntapié universal, 
un golpe en el estómago del cielo, 
una enorme náusea 
roja 
como era la sangre antes de ser agua. 

Del poemario Minuto, de Susana Thénon.

Poesía porque sí

Lo que esperamos

Lo que esperamos
Tardará, tardará.
Ya sé que todavía
los émbolos,
la usura,
el sudor,
las bobinas
seguirán produciendo,
al por mayor,
en serie,
iniquidad,
ayuno,
rencor,
desesperanza;
para que las lombrices con huecos portasenos,
las vacas de embajada,
los viejos paquidermos de esfínteres crinudos,
se sacien de adulterios,
de hastío,
de diamantes,
de caviar,
de remedios.
Ya sé que todavía pasarán muchos años
para que estos crustáceos
del asfalto
y la mugre
se limpien la cabeza,
se alejen de la envidia,
no idolatren la saña,
no adoren la impostura,
y abandonen su costra
de opresión,
de ceguera,
de mezquindad.
de bosta.
Pero, quizás, un día,
antes de que la tierra se canse de atraernos
y brindarnos su seno,
el cerebro les sirva para sentirse humanos,
ser hombres,
ser mujeres,


-no cajas de caudales,
ni perchas desoladas-,
someter a las ruedas,
impedir que nos maten,
comprobar que la vida se arranca y despedaza
los chalecos de fuerza de todos los sistemas;
y descubrir, de nuevo, que todas las riquezas
se encuentran en nosotros y no bajo la tierra.
Y entonces…
¡Ah!, ese día
abriremos los brazos
sin temer que el instinto nos muerda los garrones,
ni recelar de todo,
hasta de nuestra sombra;
y seremos capaces de acercarnos al pasto,
a la noche,
a los ríos,
sin rubor,
mansamente,
con las pupilas claras,
con las manos tranquilas;
y usaremos palabras sustanciosas,
auténticas;
no como esos vocablos erizados de inquina
que babean las hienas al instarnos al odio,
ni aquellos que se asfixian
en estrofas de almíbar
y fustigada clara de huevo corrompido;
sino palabras simples,
de arroyo,
de raíces,
que en vez de separarnos
nos acerquen un poco;
o mejor todavía
guardaremos silencio
para tomar el pulso a todo lo que existe
y vivir el milagro de cuanto nos rodea,
mientras alguien nos diga,
con una voz de roble,
lo que desde hace siglos
esperamos en vano.

Oliverio Girondo

A SOLAS

Es cierto:
la seriedad de su sonrisa.
¿La imaginas a solas
con tanto grito alrededor?
El tiempo entre los perfumes camina,
destapa un frasco, pierde minutos
de dejar morir
entre los trajes a media vivos,
como recién ahorcados.

Comprendo:
los gritos enmudecidos,
los peces, nacimiento perpetuo.

Antes, una vez...
Nadie lo sabrá nunca.

¿La imaginas a solas
con tanto abismo alrededor?

Del poemario Minuto, de Susana Thénon.

Microrelatos

“Él, que pasaremos a llamar sujeto, y quien estas líneas escribe (perteneciente al sexo femenino) que como es natural llamaremos el objeto, se encontraron una noche cualquiera y así empezó la cosa. Por un lado porque la noche es ideal para comienzos y por otro porque la cosa siempre flota en el aire y basta que dos miradas se crucen para que el puente sea tendido y los abismos franqueados. 
Había un mundo de gente pero ella descubrió esos ojos azules que quizá –con un poco de suerte- se detenían en ella. Ojos radiantes, ojos como alfileres que la clavaron contra la pared y la hicieron objeto –objeto de palabras abusivas, objeto del comentario crítico de los otros que notaron la velocidad con la que aceptó al desconocido. Fue ella un objeto que no objetó para nada, hay que reconocerlo, hasta el punto que pocas horas más tarde estaba en la horizontal permitiendo que la metáfora se hiciera carne en ella. Carne dentro de su carne, lo de siempre. 
La cosa empezó a funcionar con el movimiento de vaivén del sujeto que era de lo más proclive. El objeto asumió de inmediato –casi instantáneamente- la inobjetable actitud mal llamada pasiva que resulta ser de lo más activa, recibiente. Deslizamiento de sujeto y objeto en el mismo sentido, confundidos si se nos permite la paradoja.”
La cosa, Luisa Valenzuela.

En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido algo raro, pero que podría tener porvenir artístico. Sería feliz si esta idea no fracasara del todo. Sin embargo, debo esperar un tiempo ignorado: no sé cómo hacer germinar la planta, ni cómo favorecer, ni cuidar su crecimiento; sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía; o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos. Debo cuidar que no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, sino que sea la planta que ella misma esté destinada a ser, y ayudarla a que lo sea. Al mismo tiempo ella crecerá de acuerdo a un contemplador al que no hará mucho caso si él quiere sugerirle demasiadas intenciones o grandezas. Si es una planta dueña de sí misma tendrá una poesía natural, desconocida por ella misma. Ella debe ser como una persona que vivirá no sabe cuánto, con necesidades propias, con un orgullo discreto, un poco torpe y que parezca improvisado. Ella misma no conocerá sus leyes, aunque profundamente las tenga y la conciencia no las alcance. No sabrá el grado y la manera en que la conciencia intervendrá, pero en última instancia impondrá su voluntad. Y enseñará a la conciencia a ser desinteresada.
Explicación falsa de mis cuentos, Felisberto Hernández.

sábado, 26 de abril de 2014

Monserrat Cultural Nº 70

Imagen de Tapa: “Mantra dinámico” de Zithzam.

Gobernantes y gobernados


Por las noches el Gran Tamerlán se disfrazaba de mercader y recorría los barrios bajos de la ciudad para oír la voz del pueblo. Él mismo les tiraba de la lengua.
—¿Y el Gran Tamerlán? —preguntaba—. ¿Qué opináis del Gran Tamerlán?
Invariablemente se levantaba a su alrededor un coro de maldiciones y de rabiosas quejas. El mercader sentía que la cólera del pueblo se le contagiaba. Arrebatado por la indignación, añadía sus propios denuestos, revelaba un odio feroz contra el gobierno.
A la mañana siguiente, en su palacio, el Gran Tamerlán se enfurecía. ¿Sabe toda esa chusma —pensaba— qué es manejar las riendas de un imperio? ¿Creen esos granujas que no tengo otra cosa que hacer sino ocuparme de sus minúsculos intereses, de sus chismes de comadres? Y se dedicaba a los intrincados problemas oficiales.
Pero a la noche siguiente el mercader volvía a oír las pequeñas historias de atropellos, arbitrariedades, abusos de la soldadesca, prevaricatos de los funcionarios, deshonestidades de los cobradores de impuestos, y de nuevo hacía causa común con el pueblo.
Al cabo de un tiempo el mercader organizó una conspiración contra el Gran Tamerlán. Su astucia, su valor, su conocimiento del arte de la guerra lo convirtieron en el jefe de la conjura y en el líder del pueblo. Pero el Gran Tamerlán le desbarataba, desde su palacio, todos los planes revolucionarios, a menudo a duras penas y con gran sacrificio de soldados.
Este duelo se prolongó durante varios años. Hasta que el pueblo, harto de fracasos, sospechó que el mercader en realidad era un agente provocador a sueldo del Gran Taberlán y lo mató en una oscura taberna, a la misma hora en que los dignatarios de la corte, sospechando que el Gran Tamerlán ya no tenía agallas para vencer a sus enemigos, lo asesinaban en su vasto lecho.

Marco Denevi, Falsificaciones, Thule ediciones, 2006.


"La política es el arte de obtener el dinero de los ricos y el voto de los pobres
con el pretexto de proteger a los unos de los otros."

Microrelatos

Hermanos

En la aldea de F. la vida era muy dura. No había tiempo para juegos y, cuando nació mi hermano, aún hubo más bocas que alimentar. Siempre me molestó su alegría innata, aquella mirada soñadora que parecía elevarle por encima de nuestras míseras vidas, así que de vez en cuando le daba una paliza para devolverle a la realidad. Le rompí la flauta con la que hacía bailar a los ratones del sótano y otro día quemé el muñeco que había tallado en un trozo de madera. Una tarde le sorprendí en el huerto, con un puñado de judías en la mano. Quería plantarlas y hacerlas crecer hasta el cielo. Le pateé hasta que las soltó y aquella noche las cenamos estofadas. Él no quiso probar bocado, pero me pareció que sonreía con disimulo. Por la mañana su cama estaba vacía y a nosotros se nos había cubierto el cuerpo de pelo. No está tan mal. Papá sigue durmiendo en su cama dura y mamá en su cama blanda. Yo no he perdonado a mi hermano y aún sigo esperando que regrese para hacerle probar mis nuevas zarpas. Anoche, cuando volvimos de explorar las vías del tren, vi un bulto acostado en mi cama y, convencido de que era él, le salté encima. No hubo suerte. Mamá me ha consolado y después ha limpiado los rizos rubios que quedaban en el suelo. Al menos hoy no cenaremos sopa.


La excitación de los muertos

La muchacha más joven del pueblo se encarga de adecentar a los muertos. Una vez al mes, con una falda mínima y un escote travieso, recorre el camposanto y, paño en mano, se arrodilla en las tumbas. Mientras frota la piedra sus caderas se agitan a ritmo de bolero. Saca brillo a las lápidas y sus pechos bailan. Los dedos se confunden, se alborotan, se marean, danzan con la bayeta, puliendo el mármol. La tierra late. Revienta de flores fucsias. Y la necrópolis rezuma un aire pegajoso. Un olor dulzón que cubre la aldea, sumiéndola en un amarillento letargo.


Enamorados

     Los enamorados caminan, en la noche silenciosa, por la arena de la playa. Cada tanto, las olas llegan a mojarles los pies.
     -¿Me bajarías la luna? -pregunta ella.
     -Si pudiera, sabés que sí -responde él.
     Ambos quedan en silencio. Ella no parece convencida.
     -Y bueno -reflexiona el enamorado-, "si la montaña no viene a Mahoma..."
     Y el paso siguiente de los enamorados se prolonga una veintena de metros en el espacio, hasta posarse ambos, livianamente, en el polvo blanco.

Juan Romagnoli, Universos ínfimos.

Carta abierta del Sindicato de Obreros Portuarios a la poetisa Emily Dickinson




Señora Dickinson, porque sabemos ser corteses, en ocasión de que la hija del compañero García le comentara unos versos suyos que oyó en la escuela:

Multiplicar los muelles
no disminuye el mar.

El compañero los trajo a la asamblea. Por un lado estamos con elecciones en el sindicato y, por otro, en plena negociación con la patronal, ¿me entiende?
- ¿A qué se mete ésta? alzó la voz más de uno.
En este país, señora Dickinson, hay treinta mil obreros portuarios, treinta mil familias… no es que los puertos dan lo mismo, ¿me entiende?
- ¡Si la Dickinson quiere decir que el misterio es irreductible que lo diga así y listo!
- ¡Si la pena no se alivia con palabras ni poemas… que lo diga así! ¡¿Para qué nos empioja a nosotros?!
Apoyaron otros compañeros.
- Si ella estuviera en un algo de poesía y le caemos a decir: “Bla bla bla bla bla…” , mientras leen, no les gustaría.
Ahí hubo que calmar a los compañeros, no sé si me explico. Algunos ya se estaban parando, nos llevó un rato.
- Además el mar seguirá igual de grande, pero de los puertos salen embarcaciones para navegarlo (aplausos)… gracias a los puertos hay dónde lanzarse a la mar (más aplausos)… y tener un lugar de regreso,(más y más aplausos)… gracias a los puertos el mar… el mar sigue igual de grande… pero es un mar amigo.
Ahí los compañeros se pusieron de pie con los ojos envueltos en lágrimas… porque todos tenemos algún compañero que murió en una tempestad, ¿me entiende? Ahí uno siente que ni los barcos, ni los puertos, ni nada ayuda nada.
Pero, entonces, un compañero preguntó si eso no venía a ser lo que usted dice de las palabras y la vida o del misterio. Se produjo como un murmullo. Se leyó de nuevo, y se hizo un silencio que ni le digo.
Y mire que los compañeros son gente acostumbrada al trabajo rudo, no sé si me explico. Y ahí los tenía, Emily, con la cabeza baja, las manos cruzadas al frente. En ese mar de silencio,perdón si me meto en lo suyo, todos nos incorporamos, y un compañero, con un puño en la garganta, que en nuestro medio podría ser otra cosa, pero me refiero a que con la voz emocionada pronunció:
- No… aumentar los puertos no disminuye el mar.
Como diciendo que uno busca una seguridad que es imposible, y uno se engaña, Emily, nos la jugamos igual todos los días.
- ¡Viva la compañera Dickinson!
Gritó otro, y la asamblea le dedicó un aplauso de brazos alzados. Y es por lo que se le extiende la presente, Emily, como testimonio a su sensibilidad hacia la lucha cotidiana y la vida de un trabajo como el nuestro, que nunca se reconoce. Y por resolución F233/12 se la incorpora en las firmas documentales.
Con respeto la saluda
Faustino Gasso
Prosecretario Adjunto del Sindicato Nacional de Obreros Portuarios
Multiplicar los muelles
no disminuye el mar.

Luis Pescetti

La terrible sinceridad. Roberto Arlt.



Me escribe un lector: "Le ruego me conteste, muy seriamente, de qué forma debe uno vivir para ser feliz".

Estimado señor: Si yo pudiera contestarle, seria o humorísticamente, de qué modo debe vivirse para ser feliz, en vez de estar pergeñando notas, sería, quizá, el hombre más rico de la tierra, vendiendo, únicamente a diez centavos, la fórmula para vivir dichoso. Ya ve qué disparate me pregunta.

Creo que hay una forma de vivir en relación con los semejantes y consigo mismo, que si no concede la felicidad, le proporciona al individuo que la practica una especie de poder mágico de dominio sobre sus semejantes: es la sinceridad.

Ser sincero con todos, y más todavía consigo mismo, aunque se perjudique. Aunque se rompa el alma contra el obstáculo. Aunque se quede sólo, aislado y sangrando. Esta no es una fórmula para vivir feliz; creo que no pero sí lo es para tener fuerzas y examinar el contenido de la vida, cuyas apariencias nos marean y engañan de continuo.

No mire lo que hacen los demás. No le importe un pepino de lo que opine el prójimo. Sea usted, usted mismo sobre todas las cosas, sobre el bien y el mal, sobre el placer y sobre el dolor, sobre la vida y la muerte. Usted y usted. Nada más. Y será fuerte como un demonio entonces. Fuerte a pesar de todos y contra todos. No importe que la pena lo haga dar de cabeza contra la pared. Interróguese siempre, en el peor minuto de su vida, lo siguiente:

-¿Soy sincero conmigo mismo?

Y si el corazón le dice que sí, y tiene que tirarse a un pozo, tírese con confianza. Siendo sincero no se va a matar. Esté segurísimo de eso. No se va a matar, porque no se puede matar. La vida, la misteriosa vida que rige nuestra existencia, impedirá que usted se mate tirándose al pozo. La vida, providencialmente, colocará, un metro antes de que usted llegue al fondo, un clavo donde se engancharán sus ropas, y... usted se salvará.

Me dirá usted: "¿Y si los otros no comprenden que soy sincero?" ¡Qué le importa a usted de los otros! La tierra y la vida tienen tantos caminos con alturas distintas, que nadie puede ver a más distancia de la que dan sus ojos. Aunque se suba a una montaña, no verá un centímetro más lejos de lo que le permita su vista. Pero, escúcheme bien: el día que los que lo rodean se den cuenta de que usted va por un camino no trillado, pero que marcha guiado por la sinceridad, ese día lo mirarán con asombro, luego con curiosidad. Y ese día en que usted, con la fuerza de su sinceridad, les demuestre cuántos poderes tiene entre sus manos, ese día serán sus esclavos espiritualmente, créalo.

Me dirá usted: "¿Y si me equivoco?". No tiene importancia. Uno se equivoca cuando tiene que equivocarse. Ni un minuto antes ni un minuto después. ¿Por qué? Porque así lo ha dispuesto la vida, que es esa fuerza misteriosa. Si usted se ha equivocado sinceramente, lo perdonarán. O no lo perdonarán. Interesa poco. Usted sigue su camino. Contra viento y marea. Contra todos, si es necesario ir contra todos. Y créame llegará un momento en que usted se sentirá más fuerte, que la vida y la muerte se convertirán en dos juguetes entre sus manos. Así, como suena. Vida. Muerte. Usted va a mirar esa taba que tiene tal reverso, y de una patada la va a tirar lejos de usted. ¿Qué le importan los hombres, si usted, con su fuerza, está más allá de los hombres?

La sinceridad tiene un doble fondo curioso. No modifica la naturaleza intrínseca del que la práctica, y sí le concede una especie de doble vista, sensibilidad curiosa, y que le permite percibir la mentira, y no sólo la mentira, sino los sentimientos del que está a su lado.

Hay una frase de Goethe, respecto de este estado, que vale un Perú. Dice:

"Tú que me has metido en este dédalo, tú me sacarás de él"

Es lo que anteriormente le decía.

La sinceridad provoca en el que la practica lealmente, una serie de fuerzas violentas. Estas fuerzas sólo se muestran cuando tiene que producirse eso de: "Tú que me has metido en este dédalo, tú me sacarás". Y si usted es sincero, va a percibir la voz de estas fuerzas. Ellas lo arrastrarán, quizá, a ejecutar actos absurdos. No importa. Usted los realiza. ¿Que se quedará sangrando? ¡Y es claro! Todo cuesta en esta tierra. La vida no regala nada, absolutamente. Todo hay que comprarlo con libras de carne y sangre.

Y de pronto, descubrirá algo que no es la felicidad, sino un equivalente a ella. La emoción. La terrible emoción de jugarse la piel y la felicidad. No en el naipe, sino convirtiéndose usted en una especie de emocionado naipe humano que busca la felicidad, desesperadamente, mediante las combinaciones más extraordinarias, más inesperadas. ¿O qué se cree usted? Que es uno de esos multimillonarios norteamericanos, ayer vendedores de diarios, más tarde carboneros, luego dueños de circo, y sucesivamente periodistas, vendedores de automóviles, hasta que un golpe de fortuna los sitúa en el lugar en que inevitablemente debía estar.

Esos hombres se convirtieron en multimillonarios porque querían ser eso. Con eso sabían que realizaban la felicidad de su vida. Pero piense usted en todo lo que se jugaron para ser felices. Y mientras no se producía lo efectivo, la emoción, que derivaba de cada jugada, los hacía más fuertes. ¿Se da cuenta?

Vea amigo: hágase una base de sinceridad, y sobre esa cuerda floja o tensa, cruce el abismo de la vida, con su verdad en la mano, y va a triunfar. No hay nadie, absolutamente nadie, que pueda hacerlo caer. Y hasta los que hoy le tiran piedras, se acercarán mañana a usted para sonreírle tímidamente. Créalo, amigo: un hombre sincero es tan fuerte que sólo él puede reírse y apiadarse de todo.

Texto extraído de "Aguas fuertes porteñas".

Integral



Por un segundo, sólo, no ser yo:
Ser bicho, piedra, sol, u otro hombre,
Dejar de ver el mundo desde esta altura,
Pesar el más y el menos de otra vida.

Por un segundo, sólo, otros ojos,
Otra forma de ser y de pensar,
Olvidar cuanto sé, de la memoria
Nada dejar, ni el saberla perdida.

Por un segundo, sólo, otra sombra,
Otro perfil en el muro que separa,
Gritar con otra voz otra amargura,
Cambiar por muerte la muerte prometida.

Por un segundo, sólo, encontrar
En tu cuerpo mudado el cuerpo mío,
Por un segundo, sólo, y no más:
Por desearte más, ya conocida.

José Saramago

Te deseo

Te deseo primero que ames,
y que amando, también seas amado.
Y que, de no ser así, seas breve en olvidar
y que después de olvidar, no guardes rencores.
Deseo, pues, que no sea así, pero que sí es,
sepas ser sin desesperar.
Te deseo también que tengas amigos,
y que, incluso malos e inconsecuentes
sean valientes y fieles, y que por lo menos
haya uno en quien confiar sin dudar.
Y porque la vida es así,
te deseo también que tengas enemigos.
Ni muchos ni pocos, en la medida exacta,
para que, algunas veces, te cuestiones
tus propias certezas. Y que entre ellos,
haya por lo menos uno que sea justo,
para que no te sientas demasiado seguro.
Te deseo además que seas útil,
más no insustituible.
Y que en los momentos malos,
cuando no quede más nada,
esa utilidad sea suficiente
para mantenerte en pie.
Igualmente, te deseo que seas tolerante,
no con los que se equivocan poco,
porque eso es fácil, sino con los que
se equivocan mucho e irremediablemente,
y que haciendo buen uso de esa tolerancia,
sirvas de ejemplo a otros.
Te deseo que siendo joven no
madures demasiado de prisa,
y que ya maduro, no insistas en rejuvenecer,
y que siendo viejo no te dediques al desespero.
Porque cada edad tiene su placer
y su dolor y es necesario dejar
que fluyan entre nosotros.
Te deseo de paso que seas triste.
No todo el año, sino apenas un día.
Pero que en ese día descubras
que la risa diaria es buena, que la risa
habitual es sosa y la risa constante es malsana.
Te deseo que descubras,
con urgencia máxima, por encima
y a pesar de todo, que existen,
y que te rodean, seres oprimidos,
tratados con injusticia y personas infelices.
Te deseo que acaricies un perro,
alimentes a un pájaro y oigas a un jilguero
erguir triunfante su canto matinal,
porque de esta manera,
sentirás bien por nada.
Deseo también que plantes una semilla,
por más minúscula que sea, y la
acompañes en su crecimiento,
para que descubras de cuantas vidas
está hecho un árbol.
Te deseo, además, que tengas dinero,
porque es necesario ser práctico,
Y que por lo menos una vez
por año pongas algo de ese dinero
frente a ti y digas: “Esto es mío”.
sólo para que quede claro
quién es el dueño de quién.
Te deseo también que ninguno
de tus defectos muera, pero que si
muere alguno, puedas llorar
sin lamentarte y sufrir sin sentirte culpable.
Te deseo por fin que, siendo hombre,
tengas una buena mujer, y que siendo
mujer, tengas un buen hombre,
mañana y al día siguiente, y que cuando
estén exhaustos y sonrientes,
hablen sobre amor para recomenzar.
Si todas estas cosas llegaran a pasar,
no tengo más nada que desearte.


Víctor Hugo

Microrelatos

La muerte, uno de esos accidentes

No es fácil nacer ni morir en F. No es fácil llevar a los muertos al cielo, ni vigilar el camposanto el día de difuntos. Vivir puede matar y acaso los muertos son más felices que los vivos: los cuida una chica guapa que sabe bailar boleros. El sol es implacable en esta aldea, los zopilotes no perdonan y los días parecen vaciados de aire. Aun así, más de alguno intenta engañar a la muerte. Tictac, tictac, tictac. Se acaba el tiempo. Antes o después, vamos a morir. Como en un cuento. Solos o acompañados. Maquillados o al natural. Moriremos por descuido, por accidente, por decisión propia o ajena. Ahorcados, fusilados, decapitados, embrujados. Moriremos por amor o desamor, con arrugas o sin ellas, lentamente o en un instante. De manera discreta o haciendo alardes de muerto. Y matar. Hacerlo en sueños, de prisa, sigilosamente. Matar por despecho, por venganza, porque sí. Matar a muchos o sólo a uno. Matar a enfermos y sanos, locos y cuerdos, a amantes, rivales o niños. Matar con gusto, con pistolas, con tijeras. Utilizar tal vez hilos, cuchillos, tartas, almohadas, hogueras o bichos. Derramar sangre o hacer de la muerte una pulcritud sin límites. Azucarada o amarga, la muerte campa a sus anchas en la Aldea de F. Huele a madera hueca, a sábanas mojadas, a piel de mujer. Muerte silenciosa o a gritos. Con forma de muñeca, tarántula, sombra o nube. Vamos a morir y a matar en cada cuento, para luego resucitar hacia el final. O no. Después de todo, nadie muere antes de tiempo. 

lunes, 31 de marzo de 2014

Imagen de Tapa: “Barrio aerostático” de Zithzam.

Edtiorial


Este número lo dedicaremos a los microrelatos, que muchas veces por su brevedad, condensan toda la intensidad de un relato en pocas líneas. Que los disfruten.
El editor

CENSURA
Una niña escribe el secreto Nombre de Dios en un papel. El papel se enciende. La niña se incendia. El Señor trabaja de maneras misteriosas.

Esteban Ibarra (Santiago del Estero)

ENCUENTRO FORTUITO
Coincidieron en el portal. Él le abrió el ascensor para dejar que pasase, con esa caballerosidad que ya sólo tienen los protagonistas de las películas en blanco y negro.
–¿A qué piso va? –le preguntó.
–Al que usted me lleve –contestó ella y sonrió como sonríen las rubias que quieren que las inviten a una copa.
Entre el tercero y el cuarto ella detuvo el ascensor. Él se abalanzó.
Unos minutos después reanudaban la marcha, mientras se peinaban frente al espejo.
Se bajaron en el séptimo, entraron en casa, cenaron en silencio y se durmieron viendo la televisión.

Ernesto Ortega Garrido (Madrid, España)

EL FRANCOTIRADOR Y EL OTRO
La noche es oscura. El francotirador espera. El otro no aguanta más y prende un cigarrillo.
Osvaldo Atilio Pagano (Buenos Aires, Argentina)

Microrelatos

Por: Eva Díaz Riobello

Penitencia
Las viejas comadres de la aldea, esas que ven pasar la vida hilando frente a sus chimeneas, gustan de contar a los niños la historia de mi espejo de cristal negro. De cómo invocando artes prohibidas encerré dentro a mi nieta más joven y después, durante una noche de luna llena, me desnudé y dejé que su luz oscura bañase mi cuerpo marchito, convirtiéndome en la doncella perpetua que ahora soy. Afirman que desde entonces mi belleza es eterna y mi perversión, infinita. Ignorantes, creen que es el Diablo quien inspira mi crueldad. No saben que, cada noche, me atormenta el llanto inconsolable de mi pequeña, que me pregunta, una y otra vez, si se ha ido el lobo y puede salir ya de su escondite.

La caja
A la niña que vive en la mansión de la colina le cuesta conciliar el sueño. Apenas si cierra los ojos, escucha el eco de una delicada melodía que se cuela en su habitación, repitiendo sus notas una y otra vez, atormentando sus oídos hasta que ella se levanta sollozando, y enfundada en un frágil camisón blanco, recorre descalza los pasillos y sube a oscuras las escaleras hasta llegar al desván. Allí, en un pequeño pedestal, se encuentra el espejo y la barra de ejercicios. Cuando llega, una delgada línea de luz ilumina la sala y va haciéndose más grande mientras la niña se estira frente al espejo y alza los brazos en un gesto de súplica. Entonces el desván se llena de luz, la música suena más fuerte y la pequeña gira y gira al compás, como una bailarina enloquecida, bajo la mirada implacable de unos gigantescos ojos azules que nunca se cansan de observarla.

El arte de la doma
Me siento al borde de la cama y amarro los leones desvencijados que cuelgan sobre mis hombros. Es invierno. Me calzo las vicuñas y una vez anudados los caballos a la cintura, sacudo los cisnes de los brazos. Conviene abotonarse el corazón felino. Los ojos de cóndor me esperan en el joyero. Abro la caja y gira una bailarina. Una figura estúpida que mientras me maquillo el hocico, se ralentiza. Quisiera saltar y tomar la delantera al mundo, pero los guepardos están sin planchar. Tendré que conformarme con estas piernas de mujer que se arrastra hasta la cafetera; que saca las cucharitas del cajón y la taza del armario. Sobre la alacena, todavía acecha el turbio reptil liberado durante el sueño. Él me vigila. Sabe que lo volveré a atrapar. Tengo que encerrarlo antes de que salte sobre mi cabeza y desmane mi triste cuerpo domesticado.

Margaritas
Te quiero, mucho, poquito, nada, ay. Uno, dos, tres, cuatro. Te quiero, mucho. Cinco, seis. Pétalo que se resiste y tirón bestial y la madre que te. Poquito, nada. Siete, ocho. Margarita interminable. Flor deshojada a punta de pinza y dolor. Margarita sin pelos. Pubis trasquilado. Te quiero.

Amigas verdaderas
Era la muchacha más linda y todas la queríamos. Nos hicimos amigas suyas y la acompañábamos a todas partes. A bailar a la plaza, a recoger flores secas, siempre juntitas. Siempre. Y, aunque también era la más rica, todo lo compartía con nosotras. Todo. Vestidos nuevos, joyas e incluso perfumes franceses. Hasta que se encaprichó del chico más guapo del pueblo y no lo dejaba tranquilo. Tan fuerte le dio por él que su padre llegó a apalabrar la boda y claro, eso no lo podíamos consentir. Éramos sus amigas. Así que seguimos al chico una tarde que se fue a pasear solo a las vías e intentamos explicárselo, pero no lo entendía. Pataleó mucho, y sus gritos eran horribles. Nos costó limpiar la sangre, pero todas quedamos satisfechas, así que no entendemos a qué tanto revuelo ahora. A fin de cuentas, le dejamos el mejor trozo a ella.

Zopilotes
En tiempos de hambruna, los hombres arrancan a los niños de sus madres y los abandonan a las afueras del pueblo, a merced de los zopilotes. Aves de carroña con espuelas y yelmo como viejos conquistadores. Buitres enanos que cercan a los más débiles. “Recojamos a los fuertes”, dicen los hombres, sin intuir siquiera la venganza de los antiguos pájaros. Bichos de nombre azteca, animales sin voz que, a través de gruñidos, dan por cumplida su misión: quedarse con los valientes y dejar que los hombres nutran a los frágiles, a los blandos, a los pusilánimes que en tiempos de hambruna arrancarán a los niños de sus madres.

Cuento


La aventura de un matrimonio
Por Italo Calvino

El obrero Arturo Massolari hacía el turno de noche, el que termina a las seis. Para volver a su casa tenía un largo trayecto que recorría en bicicleta con buen tiempo, en tranvía los meses lluviosos e invernales. Llegaba entre las siete menos cuarto y las siete, a veces un poco antes, otras un poco después de que sonara el despertador de Elide, su mujer.
A menudo los dos ruidos, el sonido del despertador y los pasos de él al entrar, se superponían en la mente de Elide, alcanzándola en el fondo del sueño, ese sueño compacto de la mañana temprano que ella trataba de seguir exprimiendo unos segundos con la cara hundida en la almohada. Después se levantaba repentinamente de la cama y ya estaba metiendo a ciegas los brazos en la bata, el pelo sobre los ojos. Elide se le aparecía así, en la cocina, donde Arturo sacaba los recipientes vacíos del bolso que llevaba al trabajo: la fiambrera, el termo, y los depositaba en el fregadero. Ya había encendido el calentador y puesto el café. Apenas la miraba, Elide se pasaba una mano por el pelo, se esforzaba por abrir bien los ojos, como si cada vez se avergonzase un poco de esa primera imagen que el marido tenía de ella al regresar a casa, siempre tan en desorden, con la cara medio dormida. Cuando dos han dormido juntos es otra cosa, por la mañana los dos emergen del mismo sueño, los dos son iguales.
En cambio a veces entraba él en la habitación para despertarla con la taza de café, un minuto antes de que sonara el despertador; entonces todo era más natural, la mueca al salir del sueño adquiría una dulzura indolente, los brazos que se levantaban para estirarse, desnudos, terminaban por ceñir el cuello de él. Se abrazaban. Arturo llevaba el chaquetón impermeable; al sentirlo cerca ella sabía el tiempo que hacía: si llovía, o había niebla o nieve, según lo húmedo y frío que estuviera. Pero igual le decía: “¿Qué tiempo hace?”, y él empezaba como de costumbre a refunfuñar medio irónico, pasando revista a los inconvenientes que había tenido, empezando por el final: el recorrido en bicicleta, el tiempo que hacía al salir de la fábrica, distinto del que hacía la noche anterior al entrar, y los problemas en el trabajo, los rumores que corrían en la sección, y así sucesivamente.
A esa hora la casa estaba siempre mal caldeada, pero Elide se había desnudado completamente, temblaba un poco, y se lavaba en el cuartito de baño. Detrás llegaba él, con más calma, se desvestía y se lavaba también, lentamente, se quitaba de encima el polvo y la grasa del taller. Al estar así los dos junto al mismo lavabo, medio desnudos, un poco ateridos, dándose algún empellón, quitándose de la mano el jabón, el dentífrico, y siguiendo con las cosas que tenían que decirse, llegaba el momento de la confianza, y a veces, frotándose mutuamente la espalda, se insinuaba una caricia y terminaban abrazados.
Pero de pronto Elide:
-¡Dios mío! ¿Qué hora es ya? -y corría a ponerse el portaligas, la falda, a toda prisa, de pie, y con el cepillo yendo y viniendo por el pelo, y adelantaba la cara hacia el espejo de la cómoda, con las horquillas apretadas entre los labios. Arturo la seguía, encendía un cigarrillo, y la miraba de pie, fumando, y siempre parecía un poco incómodo por verse allí sin poder hacer nada. Elide estaba lista, se ponía el abrigo en el pasillo, se daban un beso, abría la puerta y ya se la oía bajar corriendo las escaleras.
Arturo se quedaba solo. Seguía el ruido de los tacones de Elide peldaños abajo, y cuando dejaba de oírla, la seguía con el pensamiento, los brincos veloces en el patio, el portal, la acera, hasta la parada del tranvía. El tranvía, en cambio, lo escuchaba bien: chirriar, pararse, y el golpe del estribo cada vez que subía alguien. “Lo ha atrapado”, pensaba, y veía a su mujer agarrada entre la multitud de obreros y obreras al “once”, que la llevaba a la fábrica como todos los días. Apagaba la colilla, cerraba los postigos de la ventana, la habitación quedaba a oscuras, se metía en la cama.
La cama estaba como la había dejado Elide al levantarse, pero de su lado, el de Arturo, estaba casi intacta, como si acabaran de tenderla. Él se acostaba de su lado, como corresponde, pero después estiraba una pierna hacia el otro, donde había quedado el calor de su mujer, estiraba la otra pierna, y así poco a poco se desplazaba hacia el lado de Elide, a aquel nicho de tibieza que conservaba todavía la forma del cuerpo de ella, y hundía la cara en su almohada, en su perfume, y se dormía.
Cuando volvía Elide, por la tarde, Arturo cabía un rato que daba vueltas por las habitaciones: había encendido la estufa, puesto algo a cocinar. Ciertos trabajos los hacía él, en esas horas anteriores a la cena, como hacer la cama, barrer un poco, y hasta poner en remojo la ropa para lavar. Elide encontraba todo mal hecho, pero a decir verdad no por ello él se esmeraba más: lo que hacía era una especie de ritual para esperarla, casi como salirle al encuentro aunque quedándose entre las paredes de la casa, mientras afuera se encendían las luces y ella pasaba por las tiendas en medio de esa animación fuera del tiempo de los barrios donde hay tantas mujeres que hacen la compra por la noche.
Por fin oía los pasos por la escalera, muy distintos de los de la mañana, ahora pesados, porque Elide subía cansada de la jornada de trabajo y cargada con la compra. Arturo salía al rellano, le tomaba de la mano la cesta, entraban hablando. Elide se dejaba caer en una silla de la cocina, sin quitarse el abrigo, mientras él sacaba las cosas de la cesta. Después:
-Arriba, un poco de coraje -decía ella, y se levantaba, se quitaba el abrigo, se ponía ropa de estar por casa. Empezaban a preparar la comida: cena para los dos, después la merienda que él se llevaba a la fábrica para el intervalo de la una de la madrugada, la colación que ella se llevaría a la fábrica al día siguiente, y la que quedaría lista para cuando él se despertara por la tarde.
Elide a ratos se movía, a ratos se sentaba en la silla de paja, le daba indicaciones. Él, en cambio, era la hora en que estaba descansado, no paraba, quería hacerlo todo, pero siempre un poco distraído, con la cabeza ya en otra parte. En esos momentos a veces estaban a punto de chocar, de decirse unas palabras hirientes, porque Elide hubiera querido que él estuviera más atento a lo que ella hacía, que pusiera más empeño, o que fuera más afectuoso, que estuviera más cerca de ella, que le diera más consuelo. En cambio Arturo, después del primer entusiasmo porque ella había vuelto, ya estaba con la cabeza fuera de casa, pensando en darse prisa porque tenía que marcharse.
La mesa puesta, con todo listo y al alcance de la mano para no tener que levantarse, llegaba el momento en que los dos sentían la zozobra de tener tan poco tiempo para estar juntos, y casi no conseguían llevarse la cuchara a la boca de las ganas que tenían de estarse allí tomados de las manos.
Pero todavía no había terminado de filtrarse el café y él ya estaba junto a la bicicleta para ver si no faltaba nada. Se abrazaban. Parecía que sólo entonces Arturo se daba cuenta de lo suave y tibia que era su mujer. Pero cargaba al hombro la barra de la bici y bajaba con cuidado la escalera.
Elide lavaba los platos, miraba la casa de arriba abajo, las cosas que había hecho su marido, meneando la cabeza. Ahora él corría por las calles oscuras, entre los escasos faroles, quizás ya había dejado atrás el gasómetro. Elide se acostaba, apagaba la luz. Desde su lado, acostada, corría una pierna hacia el lugar de su marido buscando su calor, pero advertía cada vez que donde ella dormía estaba más caliente, señal de que también Arturo había dormido allí, y eso la llenaba de una gran ternura.

Poesía porque sí

Era una tarde como para un geniol

Era una tarde como para un geniol,
un rivotril, un paracetamol, un valium, un tafirol, una aspirina,
un té de naranja, una patada a una puerta y llenarse el
bolsillo de piedras.
Y cuando estaba tan cerca de estallar
se me ocurre, me salvo, y digo:
Mejor hágase un valle.
¿Y si mejor se hace un valle?
Y digo así: hágase un valle.
Se abrió la vereda, se vio la tierra y
se hizo cerro, atardecer, montaña
abriéndole la boca al durazno del sol
y gente lejos,
gente cerca, bajando con ramas, con
ovejas, luces en un caserío
y algunos subiendo con bolsas de azúcar,
leche, velas.
Un aire fresco, silencio, espacio.
Silencio hasta que el cerro se tragó al sol.
Se oía un perro,
lejos,
y había luces,
tenues.
Y yo miraba todo con
las manos cruzadas, respirando.

Luis Pescetti

Microrelatos

Por: Isabel González

Me la pela
Miro mi pierna depilada, la derecha. Mi pierna depilada, la derecha, es tecnología punta. Brilla, resbala, se expone segura, enardecida por la cera. Me acabo de enamorar de mi pierna derecha. Quiero chuparla, voy a lamerla, pero no. No lo hago. Me detengo porque ahí está mi pierna izquierda. Acusatoria y velluda. Todavía hosca, tenebrosa, confusa. El águila y la mosca sobrevuelan la fronda de la rodilla; el sudor y el río cimbrean pantorrilla abajo entre la maleza; hocicos de roedor asoman por los poros y traen noticias desde lo más hondo. Negro en la broza. Lobos en lo negro. Qué boca feroz te besará a ti, pierna izquierda, pierna umbrosa, pierna indómita. La cera borbotea. Amenaza. La pierna izquierda llora su destino pompeyano. La pierna derecha ríe con esa risa fea de los que conocen lo inexorable. Yo estoy hasta las narices. No quiero elegir. Me pongo la falda y salgo a la luz de agosto doblemente mujer.

Pudimos volar
Todos fuimos ángeles. Existen pruebas. Los omoplatos que despuntan por la espalda y esas náuseas del tercer mes de embarazo que los expertos atribuyen a la aparición del vello fetal. “Aquí la cabeza y aquí la columna”, señalan los médicos en la ecografía y silencian, en la borrosa imagen, torsiones imposibles bajo la nuca. Las madres no preguntan por miedo, por no parecer idiotas. Comadronas cómplices a la hora del parto, ajetreo de tijeras, de millones de bebés un grito. Nostalgia crónica de unas aves vestidas con nuestras plumas.

O
Te gustaría verme ahora. Ahora no tengo casa. Ahora me paso el día por ahí, me huelen el culo, me piden la patita y me dan una galleta. Están ricas las galletas. Me gustan aún más que las migas de pan de los viejos del parque. Aunque nada comparado con el sabor del pescado, por supuesto. Por una sardina, cariño, por una sardina, hasta soy capaz de hacer girar balones con la nariz. Algo que antes nunca habría soñado. ¿Recuerdas lo mal que dormía? Yo sí. Mucho. Sobre todo cuando entro en la cueva y me ovillo y pasa el invierno y llega la primavera y otra vez lo mismo. Me desperezo, sacudo las alas y salgo a buscarte. De flor en flor. Vuelo y te busco. Por todo el planeta. Pero no estás. O no te reconozco. O no sé, amor mío. Cambiamos tanto.

lunes, 3 de marzo de 2014

Monserrat Cultural nº 68

"Lluvia" de Sit Zham.