Imagen de Tapa: “Mandala-ave” de Feanne.
miércoles, 29 de octubre de 2014
Editorial
La búsqueda
Un hombre erró por el mundo durante toda su vida a la búsqueda de la piedra —filosofal— que convertiría en oro al metal más vulgar. Erraba por montes y valles, vestido con un sayal atado a su cuerpo por medio de un cinturón con una hebilla metálica. Cada vez que le parecía una piedra podía ser la piedra, la frotaba contra su hebilla y se veía obligado a tirarla.
Una tarde en que estaba muy fatigado, llegó a la casucha de una anciana campesina y le pidió de comer y de beber. La vieja lo interrogó, y después de haber escuchado en silencio, se fijó en su hebilla y dijo: Pobre hombre, has tirado la piedra preciosa, ¿no te has dado cuenta de que tu hebilla ya se ha convertido en oro?
Kostas Axelos, El lenguaje y los problemas del conocimiento, 1971.
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Editorial
Microrelatos
Microrelatos
La tela de Penélope, o quién engaña a quién
Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser bastante sabio era muy astuto), casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas temporadas.
Dice la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con su astucia observaba que a pesar de sus prohibiciones ella se disponía una vez más a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía ver por las noches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca, hasta que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo.
De esta manera ella conseguía mantenerlo alejado mientras coqueteaba con sus pretendientes, haciéndoles creer que tejía mientras Ulises viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como pudo haber imaginado Homero, que, como se sabe, a veces dormía y no se daba cuenta de nada.
Augusto Monterroso, La oveja negra y demás fábulas, 1969.
La naparoia
Los pacientes atacados de naparoia sienten la extraña sensación de que nadie los persigue, ni está tratando de hacerles daño. Esta situación se agrava a medida que creen percibir que nadie habla de ellos a sus espaldas, ni tiene intenciones ocultas. El paciente de naparoia finalmente advierte que nadie se ocupa de él en lo más mínimo, momento en el cual no se vuelve a saber más nunca del paciente, porque ni siquiera puede lograr que su psiquiatra le preste atención.
Luis Britto García, Rajapalabra, 1993.
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2010. Odisea dos, Arthur C. Clarke
Ahora la larga espera estaba terminando. En otro mundo más la inteligencia había nacido y estaba escapando de su cuna planetaria. Un antiguo experimento estaba a punto de alcanzar su clímax.
Aquellos que habían iniciado ese experimento, hacía tanto tiempo, no habían sido hombres, ni siquiera remotamente humanos. Pero eran de carne y sangre, y cuando miraron a través de las profundidades del espacio habían sentido admiración, maravilla y soledad. Tan pronto como poseyeron el poder, se lanzaron hacia las estrellas. En sus exploraciones encontraron muchas formas de vida y observaron los trabajos de la evolución en un millar de mundos. Vieron cuán a menudo lo primeros débiles destellos de inteligencia parpadeaban y morían en la noche cósmica.
Y debido a que, en toda la Galaxia, no habían hallado nada más precioso que la Mente, alentaron su alumbramiento por todas partes. Se convirtieron en granjeros en los campos de estrellas; sembraron, y algunas veces cosecharon.
Y algunas veces, desapasionadamente, tuvieron que desherbar.
Los grandes dinosaurios habían perecido hacía ya mucho cuando la nave de exploración penetró en el Sistema Solar tras un viaje que había durado casi mil años. Pasó rápidamente por los planetas exteriores, hizo una breve pausa sobre los desiertos del agonizante Marte, y finalmente miró la Tierra.
Los exploradores vieron abrirse bajo ellos un mundo hormigueante de vida. Durante años estudiaron, recolectaron, catalogaron. Cuando hubieron aprendido todo lo que les fue posible, empezaron a modificar. Trastearon con los destinos de muchas especies en tierra firme y en océano. Pero el éxito resultante de sus experimentos era algo que no sabrían al menos hasta al cabo de un millón de años.
Eran pacientes, pero todavía no eran inmortales. Quedaba mucho por hacer en aquel universo de cien mil millones de soles, y otros mundos estaban llamando. De modo que se sumergieron nuevamente en el abismo, sabiendo que era probable que nunca más volvieran por aquella zona.
Tampoco lo necesitaban. Los sirvientes que habían dejado tras ellos harían el resto.
En la Tierra los glaciares llegaron y se fueron mientras sobre ellos la inmutable Luna seguía albergando su secreto. Con un ritmo más lento aún que el hielo polar, las mareas de la civilización menguaron y fluyeron a través de la Galaxia. Extraños, hermosos y terrales imperios se levantaron cayeron, y trasmitieron su conocimiento a sus sucesores. La Tierra no fue olvidada, pero otra visita habría servido de muy poco. Era uno entre un millón de mundos silenciosos, pocos de los cuales podrían llegar a hablar alguna vez.
Y ahora, lejos entre las estrellas, la evolución estaba derivando hacia nuevas metas. Los primeros exploradores de la Tierra hacía mucho que habían llegado a los límites de la carne y de la sangre; tan pronto como sus máquinas fueron mejores que sus cuerpos, fue el momento de avanzar. Primero sus cerebros, y luego tan solo sus pensamientos, fueron transferidos a resplandecientes alojamientos nuevos de metal y plástico.
En ellos recorrieron las estrellas. Ya no construyeron más espacionaves. Ellos eran las espacionaves.
Pero la era de las entidades-máquina pasó rápidamente.
En su incesante experimentación habían aprendido a almacenar el conocimiento en la estructura del propio espacio y a preservar sus pensamientos por toda la eternidad en heladas tramas de luz. Podían convertirse en criaturas de radiación, libres al fin de la tiranía de la materia.
Así, se transformaron en pura energía, y en un millar de mundos los vacíos cascarones que habían desechado se retorcieron por un tiempo en una danza de muerte carente de inteligencia, y luego se desmoronaron en herrumbre.
Eran los señores de la Galaxia, y estaban más allá del alcance del tiempo. Podían errar a voluntad entre las estrellas y sumergirse como una sutil niebla por entre los intersticios del espacio. Pero, pese a sus poderes semejantes a los de los dioses, no habían olvidado por completo su origen en el cálido lodo de un desaparecido mar.
Y aún seguían observando los experimentos que sus antepasados habían iniciado hacía tanto tiempo.”
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Relatos
Microrelatos
Los faros remotos
Te había arrojado al mar; y en aquella noche de luna, tan propicia para los raudales de lágrimas, te ibas alejando de la orilla en el féretro en que había escondido tu cuerpo.
Avanzabas lentamente. Con el reloj en la mano, los minutos que iban tras de ti eran eternos, la medianoche estaba próxima; y bajo la gruta marina que iba a absorberte, una mortuoria claridad de basalto acogía el reflejo azulado de tu ataúd.
De pronto, la noche se oscureció y dejé de verte. Ibas a desaparecer. Entonces, levantando en las tinieblas mi brazo que oscilaba de delante hacia atrás, a guisa de faro remoto, brilló la piedra de mi sortija. Y bajo la tempestad que caía sobre nosotros, el fuego sombrío del rubí atrajo lentamente tu ataúd.
Horacio Quiroga, Los arrecifes de coral, 1901.
Espacio
Escribí un relato de tres líneas y en la vastedad de su espacio vivieron cómodos un elefante de los matorrales, varias pirámides, un grupo de ballenas azules con su océano frecuentado por los albatros y los huracanes, y un agujero negro devorador de galaxias.
Escribí una novela de trescientas páginas y no cabía ni un alfiler, todo se hacinaba en aquella sórdida ratonera, había codazos y campos minados, multitudes errantes que morían y volvían a nacer, cargamentos extraviados, hechos que se enroscaban y desenroscaban como una reina infinita, los temas eran desangrados a conciencia en busca de la última gota, no prosperaba el aire fresco, se sucedían peligrosas estampidas formadas por miles de detalles intrascendentes, el piso de este caos ubicuo y sofocador estaba cubierto con el aserrín de los mismos pensamientos molidos una y otra vez, los árboles eran genealógicos, los lugares, comunes, y las palabras pesados balines de plomo que se amontonaban implacablemente sobre el lector agónico hasta enterrarlo.
Ángel Olgoso, Astrolabio, Cuadernos del Vigía, Granada, 2007.
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Cuento,
Microrelatos
Poesía porque sí
Amanecer. Un poema de Vicente Gerbasi.
Siento llegar el día como un rumor de animales,
a la orilla del pantano, de la fiebre, del junco,
más allá, entre las colinas de viento oscuro,
donde la luz se levanta con desgarradas banderas,
como resplandor lejano de una montaña de cuarzo.
He aquí la sombra en torno a mi existencia, el búho,
el río que arrastra oro, la serpiente de coral,
el esqueleto del explorador, el fango de mis pies.
La noche ha quemado el maíz, ha apagado los metales,
ha dado reposo a la adormidera, ha refrescado la sangre,
ha libertado los reflejos azules de la selva, de la hoja.
Una resonancia, una resonancia oscura es mi corazón:
eco en el abismo, piedra que rueda por el monte,
brillo en la puerta de la cueva, fosforescencia del hueso.
En la infancia, al pie del arco iris o del relámpago,
junto al cabrito que saltaba en torno a la madre,
jugaba con un pequeño tigre de cálida voz ronca,
de suave pelambre estrellada, como un signo del zodíaco,
de rabia lenta y tensa, como el despertar de la furia.
Ahora siento en el aire límpido del bambú y el helecho,
surgir las formas de las doncellas, bajo la fronda,
en la selva de árboles aromáticos, coronadas de orquídeas
descendiendo al río, a la cascada de transparente curva,
que resuena en sus diamantes como una leyenda.
Formas de la gracia, sus perfiles abandonan sus melenas
a la brisa; formas de la vida y de la muerte,
sus senos tiemblan en las penumbras de los juncos;
formas del oscuro delirio, sus muslos se suavizan
como una fruta partida; formas del tiempo humano,
sus pies hacen temblar las flores silvestres.
Como el venado tras de su compañera en la colina,
persigo a una joven diosa desnuda, bajo el sol.
Viene el olor agrio de los árboles destrozados
por la ira de la noche; viene el olor de la sangre,
del animal devorado, el olor de los minerales,
el olor del río entre las raíces y las flexibles lianas.
El día derrama su transparente maravilla, como un vuelo,
como el color innumerable, como la crisálida
de herméticos destellos, como el insecto plateado,
como el hechizo en las formas relucientes,
como el vuelo de mariposas que salen de una gruta incendiada
y comienzan a temblar en el ardiente cristal.
Acerco mis labios al claro manantial de íntima música,
junto a la sardina y a la piedra limpia y pulida como una joya;
mientras la nube pasa y el ave sale de su nido,
y la serpiente muestra su lengua maldita, y se enrosca,
y espera o avanza por la espalda sudorosa del día.
Me hundo en las palpitaciones reverberantes, en las ondas,
en el temblor divino, donde se abre la rosa de montaña,
en los brillos fugaces, en la imagen insondable de Dios,
que ha creado los cielos y la tierra, con esta geografía de fuego,
y ha dado a mi corazón la forma del día y de la noche,
mientras oigo correr los animales, persiguiéndose, amándose,
devorándose, ensangrentando las yerbas, las flores y las peñas.
Soy el día, y el viento levanta sus ramajes en mi alma.
Siento llegar el día como un rumor de animales,
a la orilla del pantano, de la fiebre, del junco,
más allá, entre las colinas de viento oscuro,
donde la luz se levanta con desgarradas banderas,
como resplandor lejano de una montaña de cuarzo.
He aquí la sombra en torno a mi existencia, el búho,
el río que arrastra oro, la serpiente de coral,
el esqueleto del explorador, el fango de mis pies.
La noche ha quemado el maíz, ha apagado los metales,
ha dado reposo a la adormidera, ha refrescado la sangre,
ha libertado los reflejos azules de la selva, de la hoja.
Una resonancia, una resonancia oscura es mi corazón:
eco en el abismo, piedra que rueda por el monte,
brillo en la puerta de la cueva, fosforescencia del hueso.
En la infancia, al pie del arco iris o del relámpago,
junto al cabrito que saltaba en torno a la madre,
jugaba con un pequeño tigre de cálida voz ronca,
de suave pelambre estrellada, como un signo del zodíaco,
de rabia lenta y tensa, como el despertar de la furia.
Ahora siento en el aire límpido del bambú y el helecho,
surgir las formas de las doncellas, bajo la fronda,
en la selva de árboles aromáticos, coronadas de orquídeas
descendiendo al río, a la cascada de transparente curva,
que resuena en sus diamantes como una leyenda.
Formas de la gracia, sus perfiles abandonan sus melenas
a la brisa; formas de la vida y de la muerte,
sus senos tiemblan en las penumbras de los juncos;
formas del oscuro delirio, sus muslos se suavizan
como una fruta partida; formas del tiempo humano,
sus pies hacen temblar las flores silvestres.
Como el venado tras de su compañera en la colina,
persigo a una joven diosa desnuda, bajo el sol.
Viene el olor agrio de los árboles destrozados
por la ira de la noche; viene el olor de la sangre,
del animal devorado, el olor de los minerales,
el olor del río entre las raíces y las flexibles lianas.
El día derrama su transparente maravilla, como un vuelo,
como el color innumerable, como la crisálida
de herméticos destellos, como el insecto plateado,
como el hechizo en las formas relucientes,
como el vuelo de mariposas que salen de una gruta incendiada
y comienzan a temblar en el ardiente cristal.
Acerco mis labios al claro manantial de íntima música,
junto a la sardina y a la piedra limpia y pulida como una joya;
mientras la nube pasa y el ave sale de su nido,
y la serpiente muestra su lengua maldita, y se enrosca,
y espera o avanza por la espalda sudorosa del día.
Me hundo en las palpitaciones reverberantes, en las ondas,
en el temblor divino, donde se abre la rosa de montaña,
en los brillos fugaces, en la imagen insondable de Dios,
que ha creado los cielos y la tierra, con esta geografía de fuego,
y ha dado a mi corazón la forma del día y de la noche,
mientras oigo correr los animales, persiguiéndose, amándose,
devorándose, ensangrentando las yerbas, las flores y las peñas.
Soy el día, y el viento levanta sus ramajes en mi alma.
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Poesía
Frases.
“Nos venden morbo como amor , nos ofrecen publicidad corrosiva para el alma , nos han cerrado la boca y quitado las palabras del corazón, nos venden sentimientos ajenos en cartas de 24X15cm al mayoreo, juegan con nuestra necesidad de amor con nuestra sed por sentirnos queridos , el cortejo hacia las mujeres desapareció, la vulgaridad en las calles extinguió los poemas , se sustituyó las caricias por la tecnología y todo ha resultado como lo planearon , el amor resulta el negocio más rentable del mundo , se declaró la prohibición de los libros al ser armas más peligrosas que la bomba de hidrógeno, hoy en día nuestros caballeros tiraron la armadura, moldearon su cuerpo y olvidaron trabajar la mente, por eso en tiempos difíciles los hombres han dejado de robar rosas de los jardines y ahora se dedican a robar virginidades como si de trofeos se tratara.”
Lawrence Mejia
“A veces uno amanece con ganas de extinguirse… Como si fuéramos velitas sobre un pastel de alguien inapetente. A veces nos arden terriblemente los labios y los ojos y nuestras narices se hinchan y somos horribles y lloramos y queremos extinguirnos… Así es la vida, un constante querer apagarse y encenderse.”
Julio Cortázar
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Proverbios,
Reflexiones
Reflexiones
Una interesante reflexión del francés Gilles Deleuze (1925-1995) acerca de la tristeza y su influencia en las relaciones sociales: "La tristeza no nos vuelve inteligentes. En la tristeza estamos perdidos. Por eso los poderes tienen necesidad de que los sujetos sean tristes. La angustia nunca ha sido un juego de cultura, de inteligencia o de vivacidad. Cuando usted tiene un afecto triste, es que un cuerpo actúa sobre el suyo, un alma actúa sobre la suya en condiciones tales y bajo una relación que no conviene con la suya. Desde entonces nada en la tristeza puede inducirlo a formar la noción común, es decir, la idea de algo común entre dos cuerpos y dos almas."
“Las cosas que vemos son las mismas cosas que llevamos en nosotros. No hay más realidad que la que tenemos dentro. Por eso la mayoría de los seres humanos vive tan irrealmente; porque cree que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse. Se puede ser muy feliz así, pero cuando se conoce lo otro, ya no se puede elegir el camino de la mayoría.”
Herman Hesse
“¡Es hora de embriagarse!
Para no ser los esclavos martirizados del Tiempo,
¡embriáguense, embriáguense sin cesar!
De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca.”
Charles Baudelaire
“Las cosas que vemos son las mismas cosas que llevamos en nosotros. No hay más realidad que la que tenemos dentro. Por eso la mayoría de los seres humanos vive tan irrealmente; porque cree que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse. Se puede ser muy feliz así, pero cuando se conoce lo otro, ya no se puede elegir el camino de la mayoría.”
Herman Hesse
“¡Es hora de embriagarse!
Para no ser los esclavos martirizados del Tiempo,
¡embriáguense, embriáguense sin cesar!
De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca.”
Charles Baudelaire
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Reflexiones
miércoles, 8 de octubre de 2014
Editorial
"Nuestras verdades no valen más que las de nuestros antepasados. Tras haber sustituido sus mitos y sus símbolos por conceptos, nos creemos más “avanzados”; pero esos mitos y esos símbolos no expresan menos que nuestros conceptos. El Árbol de la Vida, la Serpiente, Eva y el Paraíso, significan tanto como: Vida, Conocimiento, Tentación, Inconsciente. Las configuraciones concretas del mal y del bien en la mitología van tal lejos como el Mal y el Bien de la ética. El Saber -en loque tiene de profundo- no cambia nunca: sólo su decorado varía. Prosigue el amor sin Venus, la guerra sin Marte, y, si los dioses no intervienen ya en los acontecimientos, no por ello tales acontecimientos son más explicables ni menos desconcertantes: solamente, una retahíla de fórmulas reemplaza la pompa de las antiguas leyendas, sin que por ello las constantes de la vida humana se encuentren modificadas, pues la ciencia no las capta más íntimamente que los relatos poéticos."
"Breviario de podredumbre".
Emil Cioran (1911-1995).
Microrelatos
Elecciones Insólitas.
No está convencido.
No está para nada convencido.
Le han dado a entender que puede elegir entre una banana, un tratado de Gabriel Marcel, tres pares de calcetines de nylon, una cafetera garantizada, una rubia de costumbres elásticas, o la jubilación antes de la edad reglamentaria, pero sin embargo no está convencido.
Su reticencia provoca el inmsonio de algunos funcionarios y de la policía local.
Como no está convencido, han empezado a pensar si no habría que tomar medidas para expulsarlo del país.
Se lo han dado a entender, sin violencia, amablemente.
Entonces ha dicho: "En ese caso, elijo la banana".
Desconfían de él, es natural.
Hubiera sido mucho más tranquilizador que eligiese la cafetera, o por lo menos la rubia.
No deja de ser extraño que haya preferido la banana.
Se tiene la intención de estudiar nuevamente el caso.
Julio Cortázar, La otra mirada.
El cigarrillo
Me encontraba como corresponsal de prensa en uno de esos países que interesan a la opinión mundial. Es decir, se me había ofrecido la oportunidad de asistir a una ejecución.
Fue una como tantas y no puedo afirmar que la más interesante. Un vulgar trozo de paredón en una vulgar localidad, desconocida tanto para el condenado como para los soldados del pelotón de ejecución, a una hora cualquiera de un día cualquiera, bajo vagas condiciones meteorológicas. El condenado era un hombre joven y todos los presentes, es decir, el condenado, los soldados y yo, nos veíamos por primera vez en la vida, siendo mínima la posibilidad de que volviéramos a encontrarnos.
El condenado, ya en el paredón, exigió un cigarrillo. Los soldados accedieron y nos sentamos todos juntos en un montón de escombros que había cerca.
- ¿Usted es corresponsal de guerra? -preguntó.
- Cosas de la vida -contesté.
- Entonces le diré algo.
Las manos le temblaban y su rostro tenía un color verdoso.
- Ellos piensan que éste es mi último cigarrillo, pero es el primero.
A pesar de que su cara estaba cada vez más verde, su voz sonaba triunfal.
- ¿Quiere decir que usted no fue… no es fumador?
- En la vida. Acabo de empezar.
Y vomitó.
Más tarde caminábamos por la senda que llevaba a la carretera.
- Qué desperdicio de cigarrillo -dijo el sargento.
- ¿Por qué? Todo el mundo se marea con el primer cigarrillo -protesté.
- ¡Qué primero! ¿Ha visto usted sus dedos? Amarillos de nicotina. Sentía que echaría la pota del miedo y le soltó ese cuento.
- Pero ¿para qué?
- Para que usted no pensara mal de él.
Y al rato añadió:
- Uno no debería morir cuando tiene tanto miedo.
Slawomir Mrozek, La mosca, Acantilado, 2005.
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Microrelatos
Reflexiones
Reflexionamos hoy sobre la guerra con el escritor y filósofo británico Aldous Huxley (1894-1963). En "El fin y los medios" escribió: "La guerra moderna destruye con el máximo de eficiencia y el máximo de indiscriminación, y en consecuencia, implica injusticias mucho más numerosas y mucho más graves que las que se pretendan enmendar. (...) Las guerras no concluyen con las guerras; las más de las veces terminan por una paz injusta, que hace inevitable otra guerra de venganza".
«A la pregunta de un principito sobre cuanto ejército se necesitaría y en que modo se lo debería aumentar para vencer a un pequeño pueblo meridional que no quería someterse, Confucio respondió _ “Elimina tu ejército, utiliza todo lo que gastas para el ejército en la educación civil de tu pueblo y en mejorar sus condiciones de vida, y el pueblo meridional expulsará su propio príncipe y se someterá sin guerrear a tu poder.”»
León Tolstoi “Patriotismo o paz” (1899)
Todo el mundo dice querer ser libre, pero ¿sabemos lo que es realmente? El poeta latino Horacio (65 AC-8 AC) lo definía de la siguiente manera:
"¿Quién es libre? El sabio que puede dominar sus pasiones, que no teme a la necesidad, a la muerte ni a las cadenas, que refrena firmemente sus apetitos y desprecia los honores del mundo, que confía exclusivamente en sí mismo y que ha redondeado y pulido las aristas de su carácter."
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Reflexiones
Diálogo
CAMPESINO PLANTANDO árboles y HOMBRE solitario. Se aproxima la hora solemne del ocaso. El HOMBRE, que ha recorrido todos los caminos del mundo, suspira profundamente.
HOMBRE.- (Tras un largo silencio.) Oiga.
CAMPESINO.- Qué.
HOMBRE.- (Con voz cansada.) Plánteme también a mí.
CAMPESINO.- (Sorprendido.) ¿Cómo?
HOMBRE.- Que me plante.
CAMPESINO.- (Sin ceder en su sorpresa.) ¿Por qué?
HOMBRE.- Estoy cansado.
CAMPESINO.- ¿Y cómo quiere que le plante?
HOMBRE.- Como si fuese un manzano.
CAMPESINO.- ¿Está hablando en serio?
HOMBRE.- Yo no sé hablar de otra forma.
Pausa. El CAMPESINO encoge los hombros, carga al HOMBRE sobre sus espaldas, le traslada al pequeño hoyo y le entierra hasta los tobillos. El HOMBRE, que ha abierto los brazos en cruz, levanta la mirada al cielo y se queda muy quieto, apenas sin respirar, esperando el milagro de una nueva primavera que le haga, por fin, fructificar.
Javier Tomeo, Historias mínimas, 1988.
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Entorno del mito,
Microrelatos
Editorial
“¿Cuántas veces he sido un dictador? ¿Cuántas veces un inquisidor; un censor, un carcelero? ¿Cuántas veces he prohibido, a quienes más quería, la libertad y la palabra? ¿De cuántas personas me he sentido dueño? ¿A cuántas he condenado porque cometieron el delito de no ser yo? ¿No es la propiedad privada de las personas más repugnante que la propiedad de las cosas? ¿A cuánta gente usé, yo que me creía tan al margen de la sociedad de consumo? ¿No he deseado o celebrado, secretamente, la derrota de otros, yo que en voz alta me cagaba en el valor del éxito? ¿Quién no reproduce, dentro de sí, al mundo que lo genera? ¿Quién está a salvo de confundir a su hermano con un rival y a la mujer que ama con la propia sombra?”
Eduardo Galeano, Días y noches de amor y de guerra
La casa encantada
Una joven soñó una noche que caminaba por un extraño sendero campesino, que ascendía por una colina boscosa cuya cima estaba coronada por una hermosa casita blanca, rodeada de un jardín. Incapaz de ocultar su placer, llamó a la puerta de la casa, que finalmente fue abierta por un hombre muy, muy anciano, con una larga barba blanca. En el momento en que ella empezaba a hablarle, despertó. Todos los detalles de este sueño permanecieron tan grabados en su memoria, que por espacio de varios días no pudo pensar en otra cosa. Después volvió a tener el mismo sueño en tres noches sucesivas. Y siempre despertaba en el instante en que iba a empezar su conversación con el anciano.
Pocas semanas más tarde la joven se dirigía en automóvil a Litchfield, donde se realizaba una fiesta de fin de semana. De pronto tironeó la manga del conductor y le pidió que detuviera el automóvil. Allí, a la derecha del camino pavimentado, estaba el sendero campesino de su sueño.
—Espéreme un momento —suplicó, y echó a andar por el sendero, con el corazón latiéndole alocadamente. Ya no se sintió sorprendida cuando el caminito subió enroscándose hasta la cima de la boscosa colina y la dejó ante la casa cuyos menores detalles recordaba ahora con tanta precisión. El mismo anciano del sueño respondió a su llamado.
—Dígame —dijo ella—, ¿se vende esta casa?
—Sí —respondió el hombre—, pero no le aconsejo que la compre. ¡Esta casa, hija mía, está frecuentada por un fantasma!
—Un fantasma —repitió la muchacha—. Santo Dios, ¿y quién es?
—Usted —dijo el anciano y cerró suavemente la puerta.
Anónimo, El libro de la imaginación, Fondo de Cultura Económica, 1976.
Microrelatos
La melancolía de los gigantes
Sin compasión, hunde la hoja de su arma en el centro de mi cuerpo indefenso. No hubo provocación alguna por mi parte. Una ira ciega alienta cada tajo, cada incisión arbitraria y salvaje de la carne. Los míos dijeron que no opusiera resistencia, que ello involucraría a los demás en nuevos peligros. Él, mientras tanto, profundiza la herida. Qué puedo hacer yo ante quien contraría de ese modo la ley natural sino sentir una vaga tristeza y esperar aquí, bajo el camino de estrellas, la bárbara amputación final, el momento en que me desplome sin más quejido que los de mis frondosas ramas al golpear agonizando contra el suelo.
Ángel Olgoso, La máquina de languidecer.
Migraciones 6
De qué sirve una espiga. Una tormenta, puede. Dos tormentas, muchísimo mejor. Pero una espiga, para qué sirve: di. Repasa, cuando ya nadie quiera reprochártelo, la jerarquía de los meteoros. El arrepentimiento no está entre ellos. El verano tampoco. Ahora es de noche, las dunas tienen párpados, la sed le teme al rayo y a la tenacidad de las hormigas. Encuentras en tu cama una balsa de náufrago con el tamaño exacto del corazón. En ese caso: ¿vuelves a dormirte?
Ángel Zapata, La vida ausente.
Un borrador de Borges encontrado entre los papeles neoyorquinos de Abelardo Linares
En una calle de una ciudad van a cruzarse dos hombres. Nunca se han visto. La ciudad en que va a ocurrir el descuidado encuentro la han pisado ambos por primera vez esta misma mañana.
Cada uno de ellos ama a una mujer y cada uno sospecha que esa mujer no le amará nunca.
Ambos sólo recuerdan de Cervantes el episodio de los molinos de viento ascendidos a rango de gigantes prodigiosos por los azares de esa imaginación inexacta que es la locura.
Los dos hombres lucharon en una misma guerra y en un mismo frente y ambos dispararon una bala que acabó en un mismo instante con un mismo soldado enemigo, partido el corazón por dos disparos. Ambos piensan con frecuencia que mataron a un hombre: un soldado que posiblemente amaba a una mujer que no le amaba y que recordaría unas páginas dolientes de Leopardi o un verso ambiguo de William Shakespeare que nunca llegó a comprender.
Al acabar la guerra, ambos hombres sintieron esa idéntica mezcla de alegría y terror que llamamos melancolía: un dolor hecho a la medida de los humanos.
Ambos hombres no saben que la suma de sus días será la misma.
Al cruzarse, esos dos hombres crearán un invisible espejo en el que se reflejará una mujer desdeñosa, una concreta estampa cervantina y una bala ciega que convierte a un hombre disfrazado de soldado en un cadáver vestido de soldado.
Al encontrarse, ambos hombres escenificarán una de las múltiples variaciones que admite el mito platónico de la caverna: dos sombras paralelas e igualmente infelices de un arquetipo que es a su vez una débil sombra de algo que no podemos conocer.
Están frente a frente en este mismo momento, parados en aceras opuestas, esperando a que cambie el color del semáforo. Se miran de forma casual, con una absoluta indiferencia por esa simetría que ambos desconocen.
Felipe Benítez Reyes, Oficios estelares,
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Microrelatos
Relato
Servir al pueblo (fragmento)
"Los ocho candidatos corrían al dormitorio donde se alojaba su instructor y se peleaban por ver quién lo barría o quién lavaba la ropa de su esposa, de tal modo que él no sabía a quién elegir para la sección de cocina. En aquel momento crucial, volviendo al dormitorio un fin de semana, descubrió a su hijo subido a la espalda de Wu Dawang. El niño le daba golpes en la cabeza como si fustigase a un animal de carga, gritando:
—¡Más rápido! ¡Más rápido!
Y Wu Dawang corría en todas direcciones a cuatro patas ladrando como un perro y relinchando como un caballo.
Lleno de ira ante aquel espectáculo, el instructor cogió a su hijo, le dio una bofetada y amonestó severamente a Wu Dawang, que todavía estaba a cuatro patas.
—¿Eres un perro o un caballo? ¿No sirves más que para jugar a ser siervo de los demás?
Wu Dawang se levantó y, sacudiéndose la tierra de las rodillas, respondió:
—Siempre me ha gustado servir a los demás, ya que sirviendo a los demás, ¿no se pone en práctica la teoría? ¿No se sirve al pueblo?
El instructor le miró, estremecido, y quedó un instante silencioso, visiblemente perplejo. Preguntó:
¿Así es cómo interpretas tú la consigna «servir al pueblo?
Wu Dawang respondió con una pregunta:
Un hombre a quien no le gusta servir a los demás, ¿puede decir que pone en práctica la consigna «servir al pueblo»?
[...]
Su mujer fue a verle (al de la brigada de producción.) Farfullando, ella le expuso los detalles de su intimidad. Ahora hacía un mes y nueve días que su marido había vuelto. Al principio de su permiso no solamente no le había hecho la cosa, sino que ni siquiera la había tocado. Pero desde que había tocado el cartel, lo colocaba todas las noches en la cabecera de la cama y le hacía la cosa también todas las noches, no como si fueran un hombre y una mujer, sino como si fuesen dos animales."
Yan Lianke
Reflexiones
“Después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre sostener una mano y encadenar un alma, y uno aprende que el amor no significa acostarse y una compañía no significa seguridad, y uno empieza a aprender… Que los besos no son contratos y los regalos no son promesas (…)”
Jorge Luis Borges.
EL MAL Y EL MALO SEGÚN EL RUSO
Traicionar la memoria de nuestros muertos. Renegar de lo que somos. Perder la memoria. Vender nuestra dignidad. Avergonzarnos de ser indígenas o negros o chicanos o musulmanes o amarillos o blancos o rojos o gays o lesbianas o transexuales o flacos o godos o altos o chaparros. Olvidar nuestra historia. Olvidarnos de nosotros mismos. Aceptar lo que nos da de tragar el poderoso. Rendirnos. No luchar. Hacer como que no vemos que los pinches fascistas se están apoderando de todo. Asumir el “dejar hacer, dejar pasar” en nuestras vidas y dejar hacer al poderoso y dejar pasar las chingaderas que están haciendo con nosotros. Dejarnos engañar por los medios de comunicación. Pelearnos entre compañeros de lucha. Pelearnos contra los que están jodidos como nosotros. Dejar que le metan mano a la tierra y la envenenen con sus pinches transgénicos. Quedarnos callados ante las guerras de dominación. Votar por Bush. Comprar en la Wall Mart. Mentirnos a nosotros mismos y mentirles a los nuestros. Dejar que ellos atropellen, maten, saqueen, engañen y, al final, se salgan con la suya. Eso es el mal. Eso y otras cosas que ahorita no puedo decir porque ya me encabroné. Ahí está su pinche torta.
”
Muertos Incómodos - Paco Ignacio Taibo II, Subcomandante Marcos.
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Microrelatos
Descubrí que mi obsesión de que cada cosa estuviera en su puesto, cada asunto en su tiempo, cada palabra en su estilo, no era el premio merecido de una mente en orden, sino al contrario, todo un sistema de simulación inventado por mí para ocultar el desorden de mi naturaleza. Descubrí que no soy disciplinado por virtud, sino como reacción contra mi negligencia; que parezco generoso por encubrir mi mezquindad, que me paso de prudente por mal pensado, que soy conciliador para no sucumbir a mis cóleras reprimidas, que sólo soy puntual para que no se sepa cuán poco me importa el tiempo ajeno. Descubrí, en fin, que el amor no es un estado del alma sino un signo del zodíaco.
Memoria de mis putas tristes (fragmento).
Gabriel García Márquez
“Se por experiencia que, en la vida, sólo en contadísimas ocasiones encontramos a alguien a quien podamos transmitir nuestro estado de ánimo con exactitud, alguien con quien podamos comunicarnos a la perfección. Es casi un milagro, o una suerte inesperada, hallar a esa persona. Seguro que muchos mueren sin haberla encontrado jamás. Y, probablemente, no tenga relación alguna con lo que se suele entender por amor. Yo diría que se trata, más bien, de un estado de entendimiento mutuo cercano a la empatía.”
Sauce ciego, mujer dormida, Haruki Murakami.
Historia verídica
A un señor se le caen al suelo los anteojos, que hacen un ruido terrible al chocar con las baldosas. El señor se agacha afligidísimo porque los cristales de anteojos cuestan muy caro, pero descubre con asombro que por milagro no se le han roto.
Ahora este señor se siente profundamente agradecido y comprende que lo ocurrido vale por una advertencia amistosa, de modo que se encamina a una casa de óptica y adquiere en seguida un estuche de cuero almohadillado doble protección, a fin de curarse en salud. Una hora más tarde se le cae el estuche, y al agacharse sin mayor inquietud descubre que los anteojos se han hecho polvo. A este señor le lleva un rato comprender que los designios de la Providencia son inescrutables y que en realidad el milagro ha ocurrido ahora.
Historias de cronopios y famas, Julio Cortázar.
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