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sábado, 29 de noviembre de 2014

Microrelatos



Aquella victrolera

Siempre me gustaste, Rosa, siempre. Y ahora que somos viejos te lo puedo decir. Antes no: eras la mujer de Ignacio Braceras. ¡Mirá que casualidad, venir a encontrarnos aquí, en el café donde vos trabajabas! ¡Cómo pasa el tiempo, che! Parece mentira, Rosa, que estés charlando conmigo. Yo era muy pibe cuando venía al café para verte. Eras la diosa del barrio, Rosa, la diosa del café. Allá en lo alto, en el palco de la victrolera, campaneabas a los giles. No, el palco ya no está. Y ya nadie escucha tangos, Rosa. ¿Te acordás? Vos ponías los discos en la victrola y nosotros te mirábamos las piernas. Indiferente, mirabas la pared. Me acuerdo, Rosa; me acuerdo de tus medias corridas y me dan ganas de llorar. Yo cerraba los ojos y me hacía la ilusión de que eras vos la que cantaba y no Libertad Lamarque, Azucena Maizani o la Merello. Eras vos, la más linda de todas. Nunca te lo pude decir porque yo era un pibe y a vos te vigilaba tu hombre, ese cafiolo de barrio que te llevó al trocen. Tomaban el tranvía y se iban juntos a la pieza. Después pasó lo que pasó, Rosa, esa desgracia que salió en los diarios. Supe que Ignacio Braceras te faltó, que te dio la biaba y que vos lo tiraste bajo un tren. No llorés, Rosa, ya pasó, ya pasó. Estuviste mucho tiempo en la gayola, es cierto, y eso jode a cualquiera. Pero aquí estás, otra vez. Giraron muchos discos, muchas noches y yo siempre me acordé de vos. Si te parece, si no lo tomás a mal, si no tenés otro compromiso, me gustaría que vinieras a mi bulín para tomar unos mates y escuchar unos tangos. No, no es tarde. Nunca es tarde cuando la dicha es buena, dicen. Y ¿sabés una cosa, che? Me compré una victrola, como la de antes. La lustro todos los días. Está linda. Sólo faltas vos.

Pedro Orgambide, Cuentos con tangos, Buenos Aires, 1988.


Un creyente

Al caer la tarde, dos desconocidos se encuentran en los oscuros corredores de una galería de cuadros. Con un ligero escalofrío, uno de ellos dijo:
–Este lugar es siniestro. ¿Usted cree en fantasmas?
–Yo no –respondió el otro–. ¿Y usted?
–Yo sí –dijo el primero– y desapareció.

George Loring Frost, Páginas con misterio, 1995.


Contrariedad

Hace unas horas era una mariposa que revoloteaba sobre la cabeza de un chino dormido. Después me desperté y fui un dinosaurio. ¿Soy un dinosaurio que recuerda haber soñado que era una mariposa sobrevolando a un chino o una mariposa que sueña ahora que es el dinosaurio que lo mira dormir? Chuang Tzu, soñador de este dilema, despierta y constata molesto que el dinosaurio todavía está allí. Intuye las incansables multitudes que repetirán esta pueril solución del bello enigma y lamenta amargamente su inoportuno despertar.

Blau Carras, Las formas del sueño, 1997.

miércoles, 29 de octubre de 2014

2010. Odisea dos, Arthur C. Clarke



Ahora la larga espera estaba terminando. En otro mundo más la inteligencia había nacido y estaba escapando de su cuna planetaria. Un antiguo experimento estaba a punto de alcanzar su clímax.
Aquellos que habían iniciado ese experimento, hacía tanto tiempo, no habían sido hombres, ni siquiera remotamente humanos. Pero eran de carne y sangre, y cuando miraron a través de las profundidades del espacio habían sentido admiración, maravilla y soledad. Tan pronto como poseyeron el poder, se lanzaron hacia las estrellas. En sus exploraciones encontraron muchas formas de vida y observaron los trabajos de la evolución en un millar de mundos. Vieron cuán a menudo lo primeros débiles destellos de inteligencia parpadeaban y morían en la noche cósmica.
Y debido a que, en toda la Galaxia, no habían hallado nada más precioso que la Mente, alentaron su alumbramiento por todas partes. Se convirtieron en granjeros en los campos de estrellas; sembraron, y algunas veces cosecharon.
Y algunas veces, desapasionadamente, tuvieron que desherbar.
Los grandes dinosaurios habían perecido hacía ya mucho cuando la nave de exploración penetró en el Sistema Solar tras un viaje que había durado casi mil años. Pasó rápidamente por los planetas exteriores, hizo una breve pausa sobre los desiertos del agonizante Marte, y finalmente miró la Tierra.
Los exploradores vieron abrirse bajo ellos un mundo hormigueante de vida. Durante años estudiaron, recolectaron, catalogaron. Cuando hubieron aprendido todo lo que les fue posible, empezaron a modificar. Trastearon con los destinos de muchas especies en tierra firme y en océano. Pero el éxito resultante de sus experimentos era algo que no sabrían al menos hasta al cabo de un millón de años.
Eran pacientes, pero todavía no eran inmortales. Quedaba mucho por hacer en aquel universo de cien mil millones de soles, y otros mundos estaban llamando. De modo que se sumergieron nuevamente en el abismo, sabiendo que era probable que nunca más volvieran por aquella zona.
Tampoco lo necesitaban. Los sirvientes que habían dejado tras ellos harían el resto.
En la Tierra los glaciares llegaron y se fueron mientras sobre ellos la inmutable Luna seguía albergando su secreto. Con un ritmo más lento aún que el hielo polar, las mareas de la civilización menguaron y fluyeron a través de la Galaxia. Extraños, hermosos y terrales imperios se levantaron cayeron, y trasmitieron su conocimiento a sus sucesores. La Tierra no fue olvidada, pero otra visita habría servido de muy poco. Era uno entre un millón de mundos silenciosos, pocos de los cuales podrían llegar a hablar alguna vez.
Y ahora, lejos entre las estrellas, la evolución estaba derivando hacia nuevas metas. Los primeros exploradores de la Tierra hacía mucho que habían llegado a los límites de la carne y de la sangre; tan pronto como sus máquinas fueron mejores que sus cuerpos, fue el momento de avanzar. Primero sus cerebros, y luego tan solo sus pensamientos, fueron transferidos a resplandecientes alojamientos nuevos de metal y plástico.
En ellos recorrieron las estrellas. Ya no construyeron más espacionaves. Ellos eran las espacionaves.
Pero la era de las entidades-máquina pasó rápidamente.
En su incesante experimentación habían aprendido a almacenar el conocimiento en la estructura del propio espacio y a preservar sus pensamientos por toda la eternidad en heladas tramas de luz. Podían convertirse en criaturas de radiación, libres al fin de la tiranía de la materia.
Así, se transformaron en pura energía, y en un millar de mundos los vacíos cascarones que habían desechado se retorcieron por un tiempo en una danza de muerte carente de inteligencia, y luego se desmoronaron en herrumbre.
Eran los señores de la Galaxia, y estaban más allá del alcance del tiempo. Podían errar a voluntad entre las estrellas y sumergirse como una sutil niebla por entre los intersticios del espacio. Pero, pese a sus poderes semejantes a los de los dioses, no habían olvidado por completo su origen en el cálido lodo de un desaparecido mar.
Y aún seguían observando los experimentos que sus antepasados habían iniciado hacía tanto tiempo.”

miércoles, 8 de octubre de 2014

La casa encantada




Una joven soñó una noche que caminaba por un extraño sendero campesino, que ascendía por una colina boscosa cuya cima estaba coronada por una hermosa casita blanca, rodeada de un jardín. Incapaz de ocultar su placer, llamó a la puerta de la casa, que finalmente fue abierta por un hombre muy, muy anciano, con una larga barba blanca. En el momento en que ella empezaba a hablarle, despertó. Todos los detalles de este sueño permanecieron tan grabados en su memoria, que por espacio de varios días no pudo pensar en otra cosa. Después volvió a tener el mismo sueño en tres noches sucesivas. Y siempre despertaba en el instante en que iba a empezar su conversación con el anciano.
Pocas semanas más tarde la joven se dirigía en automóvil a Litchfield, donde se realizaba una fiesta de fin de semana. De pronto tironeó la manga del conductor y le pidió que detuviera el automóvil. Allí, a la derecha del camino pavimentado, estaba el sendero campesino de su sueño.
—Espéreme un momento  —suplicó, y echó a andar por el sendero, con el corazón latiéndole alocadamente. Ya no se sintió sorprendida cuando el caminito subió enroscándose hasta la cima de la boscosa colina y la dejó ante la casa cuyos menores detalles recordaba ahora con tanta precisión. El mismo anciano del sueño respondió a su llamado.
—Dígame —dijo ella—, ¿se vende esta casa?
—Sí —respondió el hombre—, pero no le aconsejo que la compre. ¡Esta casa, hija mía, está frecuentada por un fantasma!
—Un fantasma  —repitió la muchacha—. Santo Dios, ¿y quién es?
          —Usted  —dijo el anciano y cerró suavemente la puerta.

Anónimo, El libro de la imaginación, Fondo de Cultura Económica, 1976.

Relato


Servir al pueblo (fragmento)

"Los ocho candidatos corrían al dormitorio donde se alojaba su instructor y se peleaban por ver quién lo barría o quién lavaba la ropa de su esposa, de tal modo que él no sabía a quién elegir para la sección de cocina. En aquel momento crucial, volviendo al dormitorio un fin de semana, descubrió a su hijo subido a la espalda de Wu Dawang. El niño le daba golpes en la cabeza como si fustigase a un animal de carga, gritando: 
—¡Más rápido! ¡Más rápido! 
Y Wu Dawang corría en todas direcciones a cuatro patas ladrando como un perro y relinchando como un caballo. 
Lleno de ira ante aquel espectáculo, el instructor cogió a su hijo, le dio una bofetada y amonestó severamente a Wu Dawang, que todavía estaba a cuatro patas. 
—¿Eres un perro o un caballo? ¿No sirves más que para jugar a ser siervo de los demás? 
Wu Dawang se levantó y, sacudiéndose la tierra de las rodillas, respondió: 
—Siempre me ha gustado servir a los demás, ya que sirviendo a los demás, ¿no se pone en práctica la teoría? ¿No se sirve al pueblo? 
El instructor le miró, estremecido, y quedó un instante silencioso, visiblemente perplejo. Preguntó: 
¿Así es cómo interpretas tú la consigna «servir al pueblo? 
Wu Dawang respondió con una pregunta: 
Un hombre a quien no le gusta servir a los demás, ¿puede decir que pone en práctica la consigna «servir al pueblo»? 
[...] 
Su mujer fue a verle (al de la brigada de producción.) Farfullando, ella le expuso los detalles de su intimidad. Ahora hacía un mes y nueve días que su marido había vuelto. Al principio de su permiso no solamente no le había hecho la cosa, sino que ni siquiera la había tocado. Pero desde que había tocado el cartel, lo colocaba todas las noches en la cabecera de la cama y le hacía la cosa también todas las noches, no como si fueran un hombre y una mujer, sino como si fuesen dos animales."
Yan Lianke

Ondina



Abelardo Castillo

La sirenita viene a visitarme de vez en cuando. Me cuenta historias que cree inventar, sin saber que son recuerdos. Sé que es una sirena, aunque camina sobre dos piernas. Lo sé porque dentro de sus ojos hay un camino de dunas que conduce al mar. Ella no sabe que es una sirena, cosa que me divierte bastante. Cuando ella habla yo simulo escucharla con atención pero, al mínimo descuido, me voy por el camino de las dunas, entro al agua y llego a un pueblo sumergido donde hay una casa, donde también está ella, sólo que con escamada cola de oro y una diadema de pequeñas flores marinas en el pelo. Sé que mucha gente se ha preguntado cuál es la edad real de las sirenas, si es lícito llamarlas monstruos, en qué lugar de su cuerpo termina la mujer y empieza el pez, cómo es eso de la cola. Sólo diré que las cosas no son exactamente como cuenta la tradición y que mis encuentros con la sirena, allá en el mar, no son del todo inocentes. La de acá, naturalmente, ignora todo esto. Me trata con respeto, como corresponde hacerlo con los escritores de cierta edad. Me pide consejos, libros, cuenta historias de balandras y prepara licuados de zanahoria y jugo de tomate. La otra está un poco más cerca del animal. Grita cuando hace el amor. Come pequeños pulpos, anémonas de mar y pececitos crudos. No le importa en absoluto la literatura. Las dos, en el fondo, sospechan que en ellas hay algo raro. No sé si debo decirles cómo son las cosas.

Cuento

Las ciudades y los muertos 2

Jamás en mis viajes había llegado hasta Adelma. Oscurecía cuando desembarqué. En el muelle el marinero que atrapó al vuelo la amarra y la ató a la bita se parecía a alguien que había soldado conmigo, y había muerto. Era la hora de la venta al por mayor del pescado. Un viejo cargaba su carretilla con una cesta de erizos; creí reconocerlo; cuando me volví había desaparecido en una calleja, pero comprendí que se parecía a un pescador que, viejo ya siendo yo niño, no podía estar entre los vivos. Me turbó la visión de un enfermo de fiebres acurrucado en el suelo con una manta sobre la cabeza: pocos días antes de morir mi padre tenía los ojos amarillos y la barba hirsuta como él, exactamente. Aparté la mirada; ya no me atrevía a mirar a nadie a la cara.
Pensé: "Si Adelma es una ciudad que veo en sueños, donde no se encuentran más que muertos, el sueño me da miedo. Si Adelma es una ciudad verdadera, habitada por vivos, bastará seguir mirándola para que las semejanzas se disuelvan y aparezcan caras extrañas, portadoras de angustia. Tanto en un caso como en el otro, es mejor que no insista en mirarlos".
Una verdulera pesaba unas berzas en su romana y las ponía en un cesto colgado de un cordel que una muchacha bajaba desde un balcón. La muchacha era igual a una chica de mi pueblo que enloqueció de amor y se mató. La verdulera alzó la cara: era mi abuela.
Pensé: "Llega un momento en la vida en que de la gente que uno ha conocido son más los muertos que los vivos. Y la mente se niega a aceptar otras fisonomías, otras expresiones: en todas las caras nuevas que encuentra, imprime los viejos moldes, para cada una encuentra una máscara que se le adapta mejor".
Los descargadores subían las escaleras en fila, encorvados bajo damajuanas y barricas; las caras estaban ocultas por costales usados como capuchas. "Ahora las levantan y los reconozco", pensaba con impaciencia y con miedo. Pero no despegaba los ojos de ellos; a poco que recorriera con la mirada la multitud que atestaba aquellas callejuelas, me veía asaltado por caras inesperadas que reaparecían desde lejos, que me miraban como si me hubieran reconocido. Quizás yo también me pareciera para cada uno de ellos a alguien que había muerto. Apenas llegado a Adelma, ya era uno de ellos, me había pasado a su lado, confundido en aquel fluctuar de ojos, de arrugas, de muecas.
Pensé: "Tal vez Adelma sea la ciudad a la que uno llega al morir y donde cada uno encuentra a las personas que ha conocido. Es señal de que también yo estoy muerto". Pensé además: "Es señal de que el más allá no es feliz".

Ítalo Calvino, Las ciudades invisibles, Siruela, 1998.

viernes, 30 de mayo de 2014

Microrelatos

“Él, que pasaremos a llamar sujeto, y quien estas líneas escribe (perteneciente al sexo femenino) que como es natural llamaremos el objeto, se encontraron una noche cualquiera y así empezó la cosa. Por un lado porque la noche es ideal para comienzos y por otro porque la cosa siempre flota en el aire y basta que dos miradas se crucen para que el puente sea tendido y los abismos franqueados. 
Había un mundo de gente pero ella descubrió esos ojos azules que quizá –con un poco de suerte- se detenían en ella. Ojos radiantes, ojos como alfileres que la clavaron contra la pared y la hicieron objeto –objeto de palabras abusivas, objeto del comentario crítico de los otros que notaron la velocidad con la que aceptó al desconocido. Fue ella un objeto que no objetó para nada, hay que reconocerlo, hasta el punto que pocas horas más tarde estaba en la horizontal permitiendo que la metáfora se hiciera carne en ella. Carne dentro de su carne, lo de siempre. 
La cosa empezó a funcionar con el movimiento de vaivén del sujeto que era de lo más proclive. El objeto asumió de inmediato –casi instantáneamente- la inobjetable actitud mal llamada pasiva que resulta ser de lo más activa, recibiente. Deslizamiento de sujeto y objeto en el mismo sentido, confundidos si se nos permite la paradoja.”
La cosa, Luisa Valenzuela.

En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido algo raro, pero que podría tener porvenir artístico. Sería feliz si esta idea no fracasara del todo. Sin embargo, debo esperar un tiempo ignorado: no sé cómo hacer germinar la planta, ni cómo favorecer, ni cuidar su crecimiento; sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía; o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos. Debo cuidar que no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, sino que sea la planta que ella misma esté destinada a ser, y ayudarla a que lo sea. Al mismo tiempo ella crecerá de acuerdo a un contemplador al que no hará mucho caso si él quiere sugerirle demasiadas intenciones o grandezas. Si es una planta dueña de sí misma tendrá una poesía natural, desconocida por ella misma. Ella debe ser como una persona que vivirá no sabe cuánto, con necesidades propias, con un orgullo discreto, un poco torpe y que parezca improvisado. Ella misma no conocerá sus leyes, aunque profundamente las tenga y la conciencia no las alcance. No sabrá el grado y la manera en que la conciencia intervendrá, pero en última instancia impondrá su voluntad. Y enseñará a la conciencia a ser desinteresada.
Explicación falsa de mis cuentos, Felisberto Hernández.

lunes, 31 de marzo de 2014

Microrelatos

Por: Eva Díaz Riobello

Penitencia
Las viejas comadres de la aldea, esas que ven pasar la vida hilando frente a sus chimeneas, gustan de contar a los niños la historia de mi espejo de cristal negro. De cómo invocando artes prohibidas encerré dentro a mi nieta más joven y después, durante una noche de luna llena, me desnudé y dejé que su luz oscura bañase mi cuerpo marchito, convirtiéndome en la doncella perpetua que ahora soy. Afirman que desde entonces mi belleza es eterna y mi perversión, infinita. Ignorantes, creen que es el Diablo quien inspira mi crueldad. No saben que, cada noche, me atormenta el llanto inconsolable de mi pequeña, que me pregunta, una y otra vez, si se ha ido el lobo y puede salir ya de su escondite.

La caja
A la niña que vive en la mansión de la colina le cuesta conciliar el sueño. Apenas si cierra los ojos, escucha el eco de una delicada melodía que se cuela en su habitación, repitiendo sus notas una y otra vez, atormentando sus oídos hasta que ella se levanta sollozando, y enfundada en un frágil camisón blanco, recorre descalza los pasillos y sube a oscuras las escaleras hasta llegar al desván. Allí, en un pequeño pedestal, se encuentra el espejo y la barra de ejercicios. Cuando llega, una delgada línea de luz ilumina la sala y va haciéndose más grande mientras la niña se estira frente al espejo y alza los brazos en un gesto de súplica. Entonces el desván se llena de luz, la música suena más fuerte y la pequeña gira y gira al compás, como una bailarina enloquecida, bajo la mirada implacable de unos gigantescos ojos azules que nunca se cansan de observarla.

El arte de la doma
Me siento al borde de la cama y amarro los leones desvencijados que cuelgan sobre mis hombros. Es invierno. Me calzo las vicuñas y una vez anudados los caballos a la cintura, sacudo los cisnes de los brazos. Conviene abotonarse el corazón felino. Los ojos de cóndor me esperan en el joyero. Abro la caja y gira una bailarina. Una figura estúpida que mientras me maquillo el hocico, se ralentiza. Quisiera saltar y tomar la delantera al mundo, pero los guepardos están sin planchar. Tendré que conformarme con estas piernas de mujer que se arrastra hasta la cafetera; que saca las cucharitas del cajón y la taza del armario. Sobre la alacena, todavía acecha el turbio reptil liberado durante el sueño. Él me vigila. Sabe que lo volveré a atrapar. Tengo que encerrarlo antes de que salte sobre mi cabeza y desmane mi triste cuerpo domesticado.

Margaritas
Te quiero, mucho, poquito, nada, ay. Uno, dos, tres, cuatro. Te quiero, mucho. Cinco, seis. Pétalo que se resiste y tirón bestial y la madre que te. Poquito, nada. Siete, ocho. Margarita interminable. Flor deshojada a punta de pinza y dolor. Margarita sin pelos. Pubis trasquilado. Te quiero.

Amigas verdaderas
Era la muchacha más linda y todas la queríamos. Nos hicimos amigas suyas y la acompañábamos a todas partes. A bailar a la plaza, a recoger flores secas, siempre juntitas. Siempre. Y, aunque también era la más rica, todo lo compartía con nosotras. Todo. Vestidos nuevos, joyas e incluso perfumes franceses. Hasta que se encaprichó del chico más guapo del pueblo y no lo dejaba tranquilo. Tan fuerte le dio por él que su padre llegó a apalabrar la boda y claro, eso no lo podíamos consentir. Éramos sus amigas. Así que seguimos al chico una tarde que se fue a pasear solo a las vías e intentamos explicárselo, pero no lo entendía. Pataleó mucho, y sus gritos eran horribles. Nos costó limpiar la sangre, pero todas quedamos satisfechas, así que no entendemos a qué tanto revuelo ahora. A fin de cuentas, le dejamos el mejor trozo a ella.

Zopilotes
En tiempos de hambruna, los hombres arrancan a los niños de sus madres y los abandonan a las afueras del pueblo, a merced de los zopilotes. Aves de carroña con espuelas y yelmo como viejos conquistadores. Buitres enanos que cercan a los más débiles. “Recojamos a los fuertes”, dicen los hombres, sin intuir siquiera la venganza de los antiguos pájaros. Bichos de nombre azteca, animales sin voz que, a través de gruñidos, dan por cumplida su misión: quedarse con los valientes y dejar que los hombres nutran a los frágiles, a los blandos, a los pusilánimes que en tiempos de hambruna arrancarán a los niños de sus madres.

Cuento


La aventura de un matrimonio
Por Italo Calvino

El obrero Arturo Massolari hacía el turno de noche, el que termina a las seis. Para volver a su casa tenía un largo trayecto que recorría en bicicleta con buen tiempo, en tranvía los meses lluviosos e invernales. Llegaba entre las siete menos cuarto y las siete, a veces un poco antes, otras un poco después de que sonara el despertador de Elide, su mujer.
A menudo los dos ruidos, el sonido del despertador y los pasos de él al entrar, se superponían en la mente de Elide, alcanzándola en el fondo del sueño, ese sueño compacto de la mañana temprano que ella trataba de seguir exprimiendo unos segundos con la cara hundida en la almohada. Después se levantaba repentinamente de la cama y ya estaba metiendo a ciegas los brazos en la bata, el pelo sobre los ojos. Elide se le aparecía así, en la cocina, donde Arturo sacaba los recipientes vacíos del bolso que llevaba al trabajo: la fiambrera, el termo, y los depositaba en el fregadero. Ya había encendido el calentador y puesto el café. Apenas la miraba, Elide se pasaba una mano por el pelo, se esforzaba por abrir bien los ojos, como si cada vez se avergonzase un poco de esa primera imagen que el marido tenía de ella al regresar a casa, siempre tan en desorden, con la cara medio dormida. Cuando dos han dormido juntos es otra cosa, por la mañana los dos emergen del mismo sueño, los dos son iguales.
En cambio a veces entraba él en la habitación para despertarla con la taza de café, un minuto antes de que sonara el despertador; entonces todo era más natural, la mueca al salir del sueño adquiría una dulzura indolente, los brazos que se levantaban para estirarse, desnudos, terminaban por ceñir el cuello de él. Se abrazaban. Arturo llevaba el chaquetón impermeable; al sentirlo cerca ella sabía el tiempo que hacía: si llovía, o había niebla o nieve, según lo húmedo y frío que estuviera. Pero igual le decía: “¿Qué tiempo hace?”, y él empezaba como de costumbre a refunfuñar medio irónico, pasando revista a los inconvenientes que había tenido, empezando por el final: el recorrido en bicicleta, el tiempo que hacía al salir de la fábrica, distinto del que hacía la noche anterior al entrar, y los problemas en el trabajo, los rumores que corrían en la sección, y así sucesivamente.
A esa hora la casa estaba siempre mal caldeada, pero Elide se había desnudado completamente, temblaba un poco, y se lavaba en el cuartito de baño. Detrás llegaba él, con más calma, se desvestía y se lavaba también, lentamente, se quitaba de encima el polvo y la grasa del taller. Al estar así los dos junto al mismo lavabo, medio desnudos, un poco ateridos, dándose algún empellón, quitándose de la mano el jabón, el dentífrico, y siguiendo con las cosas que tenían que decirse, llegaba el momento de la confianza, y a veces, frotándose mutuamente la espalda, se insinuaba una caricia y terminaban abrazados.
Pero de pronto Elide:
-¡Dios mío! ¿Qué hora es ya? -y corría a ponerse el portaligas, la falda, a toda prisa, de pie, y con el cepillo yendo y viniendo por el pelo, y adelantaba la cara hacia el espejo de la cómoda, con las horquillas apretadas entre los labios. Arturo la seguía, encendía un cigarrillo, y la miraba de pie, fumando, y siempre parecía un poco incómodo por verse allí sin poder hacer nada. Elide estaba lista, se ponía el abrigo en el pasillo, se daban un beso, abría la puerta y ya se la oía bajar corriendo las escaleras.
Arturo se quedaba solo. Seguía el ruido de los tacones de Elide peldaños abajo, y cuando dejaba de oírla, la seguía con el pensamiento, los brincos veloces en el patio, el portal, la acera, hasta la parada del tranvía. El tranvía, en cambio, lo escuchaba bien: chirriar, pararse, y el golpe del estribo cada vez que subía alguien. “Lo ha atrapado”, pensaba, y veía a su mujer agarrada entre la multitud de obreros y obreras al “once”, que la llevaba a la fábrica como todos los días. Apagaba la colilla, cerraba los postigos de la ventana, la habitación quedaba a oscuras, se metía en la cama.
La cama estaba como la había dejado Elide al levantarse, pero de su lado, el de Arturo, estaba casi intacta, como si acabaran de tenderla. Él se acostaba de su lado, como corresponde, pero después estiraba una pierna hacia el otro, donde había quedado el calor de su mujer, estiraba la otra pierna, y así poco a poco se desplazaba hacia el lado de Elide, a aquel nicho de tibieza que conservaba todavía la forma del cuerpo de ella, y hundía la cara en su almohada, en su perfume, y se dormía.
Cuando volvía Elide, por la tarde, Arturo cabía un rato que daba vueltas por las habitaciones: había encendido la estufa, puesto algo a cocinar. Ciertos trabajos los hacía él, en esas horas anteriores a la cena, como hacer la cama, barrer un poco, y hasta poner en remojo la ropa para lavar. Elide encontraba todo mal hecho, pero a decir verdad no por ello él se esmeraba más: lo que hacía era una especie de ritual para esperarla, casi como salirle al encuentro aunque quedándose entre las paredes de la casa, mientras afuera se encendían las luces y ella pasaba por las tiendas en medio de esa animación fuera del tiempo de los barrios donde hay tantas mujeres que hacen la compra por la noche.
Por fin oía los pasos por la escalera, muy distintos de los de la mañana, ahora pesados, porque Elide subía cansada de la jornada de trabajo y cargada con la compra. Arturo salía al rellano, le tomaba de la mano la cesta, entraban hablando. Elide se dejaba caer en una silla de la cocina, sin quitarse el abrigo, mientras él sacaba las cosas de la cesta. Después:
-Arriba, un poco de coraje -decía ella, y se levantaba, se quitaba el abrigo, se ponía ropa de estar por casa. Empezaban a preparar la comida: cena para los dos, después la merienda que él se llevaba a la fábrica para el intervalo de la una de la madrugada, la colación que ella se llevaría a la fábrica al día siguiente, y la que quedaría lista para cuando él se despertara por la tarde.
Elide a ratos se movía, a ratos se sentaba en la silla de paja, le daba indicaciones. Él, en cambio, era la hora en que estaba descansado, no paraba, quería hacerlo todo, pero siempre un poco distraído, con la cabeza ya en otra parte. En esos momentos a veces estaban a punto de chocar, de decirse unas palabras hirientes, porque Elide hubiera querido que él estuviera más atento a lo que ella hacía, que pusiera más empeño, o que fuera más afectuoso, que estuviera más cerca de ella, que le diera más consuelo. En cambio Arturo, después del primer entusiasmo porque ella había vuelto, ya estaba con la cabeza fuera de casa, pensando en darse prisa porque tenía que marcharse.
La mesa puesta, con todo listo y al alcance de la mano para no tener que levantarse, llegaba el momento en que los dos sentían la zozobra de tener tan poco tiempo para estar juntos, y casi no conseguían llevarse la cuchara a la boca de las ganas que tenían de estarse allí tomados de las manos.
Pero todavía no había terminado de filtrarse el café y él ya estaba junto a la bicicleta para ver si no faltaba nada. Se abrazaban. Parecía que sólo entonces Arturo se daba cuenta de lo suave y tibia que era su mujer. Pero cargaba al hombro la barra de la bici y bajaba con cuidado la escalera.
Elide lavaba los platos, miraba la casa de arriba abajo, las cosas que había hecho su marido, meneando la cabeza. Ahora él corría por las calles oscuras, entre los escasos faroles, quizás ya había dejado atrás el gasómetro. Elide se acostaba, apagaba la luz. Desde su lado, acostada, corría una pierna hacia el lugar de su marido buscando su calor, pero advertía cada vez que donde ella dormía estaba más caliente, señal de que también Arturo había dormido allí, y eso la llenaba de una gran ternura.

lunes, 3 de marzo de 2014

Recortes de Haruki Murakami




"Sujetos estrechos de miras, intolerantes y sin imaginación. Tesis desconectadas de la realidad, terminología vacía, ideales usurpados, sistemas inflexibles. Son esas cosas las que a mí , realmente, me dan miedo. Son esas cosas las que yo temo y odio con todo mi corazón. Es importante saber qué es correcto y qué no lo es, por supuesto. Sin embargo, los errores de juicio personales pueden corregirse en la mayoría de los casos. Si uno tiene la valentía de reconocer su error, las cosas, generalmente, se pueden arreglar. Pero la estrechez de miras y la intolerancia de la gente sin imaginación son igual que los parásitos. Provocan cambios en el cuerpo que les acoge y, mudando de forma, se repoducen hasta el infinito [...]"
Kafka en la orilla

"...La memoria es algo extraño. Mientras estuve allí, apenas presté atención al paisaje. No me pareció que tuviera nada de particular y jamás hubiera sospechado que, dieciocho años después, me acordaría de él hasta en sus pequeños detalles. [...] estaba enamorado, y aquel amor me había conducido a una situación extremadamente complicada. No, no estaba en disposición de admirar el paisaje que me rodeaba.
Sin embargo ahora, hasta la primera imagen que se perfila en mi memoria es la de aquel prado. El olor de la hierba, el viento gélido, las crestas de las montañas, el ladrido de un perro. Esto es lo primero que recuerdo. Con tanta nitidez que tengo la impresión de que , si alargara la mano,podría ubicarlos, uno tras otro, con la punta del dedo. Pero este paisaje está desierto. No hay nadie. No está Naoko, ni estoy yo."¿A donde hemos ido?", pienso."¿Cómo ha podido ocurrir una cosa así? Todo lo que parecía tener más valor -ella, mi yo de entonces, nuestro mundo- ¿dónde ha ido a parar?" Lo cierto es que ya no recuerdo el rostro de Naoko. Conservo un decorado sin personajes..."
Tokio blues

Fragmentos literarios


No todo el mundo sabe que a Veracruz y a sus playas lejanas no pienso en la vida nunca volver. Fui feliz allí, el mes pasado, en noche de luna llena, en Los Portales, ni antes ni después de esa noche, en el último mes de julio de mi juventud. Pero no pienso en la vida nunca volver, pues sé muy bien que la nostalgia de un lugar sólo enriquece mientras se conserva como nostalgia, pero su recuperación significa la muerte.

Enrique Vila-Matas, Lejos de Veracruz

Él era un puñado de agua, nunca pude asirle, era como estar con el hombre invisible, era como un grifo viejo, y a mí me tomaba por un fontanero.
Creo que nos quisimos, aunque prefiero olvidarlo, era un embrollo demasiado penoso. Es indudable que me deseaba mucho y confundió deseo con amor. No creo que haya sabido lo que significa amar. Creí que me amaba porque me lo repetía continuamente, pero lo único que quería era que yo dependiera de él, quería reducirme a la esclavitud. Era un sentimental peligroso, enamorado del amor, lo que equivale a decir: no enamorado de una persona sino de una pose, de un gesto, de un principio. Son los peores perversos: los que se creen puros pero prefieren una idea de sentimiento a una persona. Este amor, perfectamente pueril y bonito solo engendra dolor y decepción, nadie le sobrevive.
Lo más terrible es que millones de personas se intoxican de este tipo de sentimientos, y yo desde luego también sucumbí, porque si no, ¿cómo habría podido aceptar pamplinas semejantes? Me enseñó a amar con indiferencia, vida asentimental. Hoy ni siquiera le odio ni le echo de menos, la verdad es que ya no quiero recordarle.
Este tipo de hombre prefiere instalarse en un piso de tres habitaciones con la primera que se encuentran que despertarse solos en la cama, y en cuanto conviven con ella le reprochan que les robe la libertad. Estos hombres incapaces de convertirse en a
dultos son los daños colaterales de la liberación sexual. ¿Qué hacer con los individuos que no pueden quedarse solos ni vivir con alguien?
Son “bombas humanas” en potencia.
Para un hombre, crecer sin un padre, condena a vivir sin saber nunca quién eres ni lo que quieres, aparte de conquistar incesantemente a mujeres a las que nunca consigues soportar. Yo le “envenené” de tal manera su vida que a veces me remuerde la conciencia, pero me equivoco, ¡el deshonesto era él, no yo!.
No creí que fuese capaz de hacerme daño, me equivoqué”.

Frédéric Beigbeder, Socorro, perdón

sábado, 28 de septiembre de 2013

El Lento Deambular de las Estrellas entre sus Piernas


Álvaro Barragán García

Ablandaba el tedio criando tortugas a las que pintaba constelaciones en los caparazones, luego las dejaba deambular por el piso y miraba atenta el lento movimiento del universo sobre el suelo. En las tardes de lluvia pasaba horas con la nariz pegada en los cristales viendo pasar el tiempo distorsionado por las cortinas de agua que descendían por el vidrio de las ventanas. Las noches, como las tortugas, pasaban lentas y cansinas a su lado y apenas la rozaban, porque, sentada sobre un sillón Voltaire, leía libros de relatos en los que subrayaba los nombres de los personajes que, de una forma u otra, habían compartido con ella alguna vivencia, algún pensamiento o con los que, sencillamente, le daba por identificarse. Se había llamado Elisa, la del cartero, había sido Rebeca, maltratada por el paso ineludible de los años e incluso La Flaca, porque ayer quiso mirarse en el espejo de un cuento de una tal Clotilde Rodríguez y se vio reflejada en la pequeña perrita a la que sus hermanos de camada hurtaban el pezón de su madre. Era autocompasión, ella lo sabía, pero dejaba que el sufrimiento que le producía la conciencia de su soledad y la certidumbre de que envejecía entre estrellas ambulantes, le provocara la caricia del placer que proporciona el dolor autoinfligido.

Sólo las esporádicas visitas de Tomaso conseguían arrancarla durante unos minutos de esa especie de depresión inducida en la que se había acomodado como quien se habitúa al frío. Tomaso llegaba subiendo los escalones de dos en dos; nunca cogía el ascensor, en parte porque su estatura le impedía llegar al botón del sexto piso, en parte porque, a la carrera, liberaba el exceso de energía que acumulaba en su cuerpo de ocho años. Aporreaba la puerta con los puños (al timbre sí llegaba, pero no le gustaba su sonido, siempre tenía la impresión de estar aplastando una chicharra con el dedo) esperaba a que Elisa, Rebeca, La Flaca o quien quiera que esa tarde fuera, le abriera y sin mirarla a los ojos siempre posados sobre dos bolsas grises, abría la tapa de una pequeña caja de cartón en cuyo interior se revolvía excitado un ecosistema vivo de moscas, saltamontes y lombrices, perdido entre manojos de césped arrancados de cuajo y hojas de morera. Para las tortugas, decía, y no más dejaba el micromundo en las manos de ella iniciaba una loca carrera por el pasillo y las habitaciones recolectando constelaciones de debajo de armarios, camas y sillones. ¡Falta Orión! gritaba desde detrás de una cómoda. Ella sonreía, alisaba su cabello como si ese fugaz rastro de luz en su rostro le hubiera inducido de repente la necesidad de sentirse guapa y le contestaba: está aquí, junto a Casiopea. Merendaban pan con chocolate mientras miraban al universo engullir insectos como un agujero negro, luego, saciados unos, saciados otros, soltaban a las tortugas y comenzaba de nuevo la lenta expansión estelar sobre el parqué. Tomaso se iba prometiendo volver otro día y ella se hundía de nuevo entre las orejas de su sillón Voltaire para buscarse en las páginas de cualquier libro de relatos.

Los golpes seguidos de los pequeños nudillos sobre la puerta la rescataron del fondo del pozo de su melancolía. Volvió a alisarse el pelo y se dirigió a abrirle a Tomaso mientras con su mirada localizaba el emplazamiento de las estrellas nómadas. Asió el picaporte y con un leve giro le abrió. Volvió a sonreír. Venía con las manos vacías y la cara sucia, había llorado. Mi madre no quiere que vuelva, le dijo, dice que sólo a una loca se le ocurre pintarle el caparazón a las tortugas. Adela (hoy se llamaba así) acercó la mano a su cara y retiró de su párpado una última lágrima perdida. ¿Tú crees que yo estoy loca?, le preguntó. Tomaso la miró a los ojos y descubrió el desamparo en sus pupilas, luego buscó con su mirada y localizó a Pegaso junto al paragüero. Volvió a mirarla y le contestó: no te preocupes, puedes darle mi chocolate. Dio media vuelta y bajó a saltos la escalera dejándola vacía como una caracola sobre la arena de la playa. Llovía, pegó la nariz al cristal y suavizó el paso del tiempo mirando sin ver el reflejo distorsionado sobre la acera empapada de las primeras farolas de la noche. Luego volvería a sus cuentos, esta noche se buscaría en Lucía, la que pintaba tortugas para ver las estrellas deambular entre sus piernas.
Fuente: www.ficticia.com

jueves, 5 de septiembre de 2013

Microrelatos



El otro él
Por: Juan Ramón Jiménez
Bajando mi amigo la escalera, al llegar a cierto sitio, aparecía de pronto, en él, el otro él. Jamás faltó. Ignoro si él lo sabía, si se daba cuenta de que se le veía algo que él quizás ignoraba que llevaba en sí.
Yo le veía el otro él desde arriba, abierta aún la puerta de mi casa en su despedida, en un raro escorzo feo, antipático, molesto.
No se le parecía en nada. Era como un escamoteo rápido de algún él extrahumano. Se componía de todo él, sin él, o con él deformado, abollado, ennegrecido, pasado por sacristía, horno y ataúd, en triple negrura desagradable y fantástica. Como un él posible e imposible.
Venía a casa. Hablábamos, reíamos, pensábamos; él escandaloso y aparatoso, yo exaltador y llameante. Jamás se me ocurría pensar en el otro. Pero al irse, llegando al sitio aquel de la escalera, el escorzo claudicante, oscuro y enigmático aparecía un instante y se iba con él.


El otro yo
Por: Mario Benedetti

Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la naríz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.
El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente , se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse imcómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.
Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañana siguiente se había suicidado.
Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.
Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas.
Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: «Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y saludable».
El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.

martes, 30 de julio de 2013

Editorial

Una corbata. Un símbolo claro y directo de cómo funciona el mundo. Ojalá sirva para reflexionar sobre lo que importa y lo que no. Que lo disfruten.
El editor

- Crear una realidad sólo para él - repitió Verónika - ¿Qué es la realidad?
- Es lo que la mayoría de la gente consideró lo que debía ser. No necesariamente lo mejor, ni lo más lógico, sino lo que se adaptó al deseo colectivo. ¿Ud. ve lo que llevo alrededor del cuello?
- Una corbata.
- Muy bien, su respuesta es lógica y coherente, propia de una persona absolutamente normal "Una corbata".
"Un loco sin embargo diría, que yo tengo alrededor del cuello una tela de colores, ridícula, inútil, atada de una manera complicada, que termina dificultando los movimientos de la cabeza y exigiendo un esfuerzo mayor para que el aire pueda penetrar en los pulmones. Si yo me distrajera estando cerca de un ventilador, podría morir estrangulado por esta tela".
"Si un loco me preguntara para qué sirve una corbata yo tendría que responderle: Para absolutamente nada. Ni siquiera para adornar, porque hoy en día se ha tornado en un símbolo de la esclavitud, del poder, del distanciamiento. La única utilidad de la corbata consiste en llegar a la casa y podernosla quitar, dándonos la sensación de que estamos libres de algo que no sabemos lo que es".
"¿Pero la sensación de alivio justifica la existencia de la corbata? No. Aún así si yo pregunto a un loco y a una persona normal qué es eso, será considerado cuerdo aquel que responda: "una corbata". No importa quien dice la verdad, importa quien tiene razón".
Extraído de “Verónika decide morir”
Paulo Coelho

Cuento



La embajada de los cronopios cronopios.
De Julio Cortázar.

Los cronopios viven en diversos países, rodeados de una gran cantidad de famas y de esperanzas, pero desde hace un tiempo hay un país donde los cronopios han sacado las tizas de colores que siempre llevan consigo y han dibujado un enorme SE ACABÓ en las paredes de los famas, y con letra más pequeña y compasiva la palabra DECÍDETE en las paredes de las esperanzas, y como consecuencia de la conmoción que han provocado estas inscripciones, no cabe la menor duda de que cualquier cronopio tiene que hacer todo lo posible para ir inmediatamente a conocer ese país. Cuando se ha decidido ir inmediatamente a conocer ese país, lo primero que sucede es que la embajada del país de los cronopios comisiona a varios de sus empleados para que faciliten el viaje del cronopio explorador, y por lo regular este cronopio se presenta a la embajada donde tiene lugar el diálogo siguiente, a saber: ­Buenas salenas cronopio cronopio. ­Buenas salenas, usted saldrá en el avión del jueves. Favor llenar estos cinco formularios, favor cinco fotos de frente. El cronopio viajero agradece, y de vuelta en su casa llena fervorosamente los cinco formularios que le resultan complicadísimos, aunque por suerte una vez llenado el primero no hay más que copiar las mismas equivocaciones en los cuatro restantes. Después este cronopio va a un Fotomatón y se hace retratar en la forma siguiente: las cinco primeras fotos muy serio, y la última sacando la lengua. Esta última el cronopio se la guarda para él y está contentísimo con esa foto. El jueves el cronopio prepara las valijas desde temprano, es decir que pone dos cepillos de dientes y un calidoscopio, y se sienta a mirar mientras su mujer llena las valijas con las cosas necesarias, pero como su mujer es tan cronopio como él, olvida siempre lo más importante a pesar de lo cual tienen que sentarse encima para poder cerrarlas, y en ese momento suena el teléfono y la embajada avisa que ha habido una equivocación y que deberían haber tomado el avión del domingo anterior, con lo cual se suscita un diálogo lleno de cortaplumas entre el cronopio y la embajada, se oye el estallido de las valijas que al abrirse dejan escapar osos de felpa y estrellas de mar disecadas, y al final el avión saldrá el próximo domingo y favor cinco fotos de frente. Sumamente perturbado por el cariz que toman los acontecimientos, el cronopio concurre a la embajada y apenas le han abierto la puerta grita con todas las amígdalas que él ya ha entregado las cinco fotos junto con los cinco formularios. Los empleados no le hacen mayor caso y le dicen que no se inquiete puesto que en realidad las fotos no son tan necesarias, pero que en cambio hay que conseguir en seguida un visado checoslovaco, novedad que sobresalta violentamente al cronopio viajero. Como es sabido, los cronopios son propensos a desanimarse por cualquier cosa, de manera que grandes lágrimas ruedan por sus mejillas mientras suspira: ­¡Cruel embajada! Viaje malogrado, preparativos inútiles, favor devolverme las fotos. Pero no es así, y dieciocho días más tarde el cronopio y su mujer despegan en Orly y se posan en Praga después de un viaje donde lo más sensacional es como de costumbre la bandeja de plástico recubierta de maravillas que se comen y se beben, sin contar el tubito de mostaza que el cronopio guarda en el bolsillo del chaleco como recuerdo. En Praga cunde una modesta temperatura de quince bajo cero, por lo cual el cronopio y su mujer casi ni se mueven del hotel de tránsito donde personas incomprensibles circulan por pasillos alfombrados. De tarde se animan y toman un tranvía que los lleva hasta el puente de Carlos, y todo está tan nevado y hay tantos niños y patos jugando en el hielo que el cronopio y su mujer se toman de las manos y bailan tregua y bailan catala diciendo así: ­¡Praga, ciudad legendaria, orgullo del centro de Europa! Después vuelven al hotel y esperan ansiosamente que vengan a buscarlos para seguir el viaje, cosa que por milagro no sucede dos meses más tarde sino al otro día.

Entorno del mito

Silencio
Por Noé Jitrik

Uno de los primeros libros de José Saramago, Levantado del suelo, empieza con una sentencia más o menos como ésta: “Lo que más abunda en la tierra es el paisaje”. Gran verdad: el paisaje es tan eterno como la visión: mientras haya ojos y mirada y distancia habrá paisaje, o sea una distribución de objetos terrestres en un espacio, no importa cuán destruidos estén: Hiroshima devastada es, a los ojos de los que se salvaron, tan paisaje como el apacible, a veces, Popocatepetl, visto desde Nepantla. De modo que, quitándole a la palabra paisaje el prestigio que le ha dado la pintura, se podría decir que es eterno, que está en todas partes y perdurará mientras haya un hombre sobre la tierra y algo que ver a la distancia. Casi todo el mundo posee la noción del paisaje, aunque hay algunos que la ignoran o son indiferentes a ella: llevado a la cima del Mont Blanc, desde donde se divisa una extensión enorme y profunda, el poeta Paul Valery exclamó “¡Qué es lo que hay que ver!”.
Suponiendo que no quede ningún ser humano sobre la Tierra –lo que no es del todo delirante, como nos lo enseñó la ciencia ficción–, habría que preguntar qué pasa con los átomos: ¿seguirán existiendo o será necesario, para que perezcan, que todo el planeta estalle y, hecho polvo inerte, se pierda en el infinito –vaya uno a saber– cósmico?
Otras cosas terrestres gozan de parecida situación, el agua por ejemplo, sólo que, como se sabe, recibe la designación de “recurso natural”, probablemente agotable: ¿puede uno imaginar, siquiera, un mundo sin agua, mares resecos, ríos de pura piedra, ausencia de lluvia, extinción de las napas? Si el agua se termina, y si no se inventa algún sustituto, se termina la vida y con ella la mirada, de modo que la eternidad que admitíamos en el paisaje en este caso sería sólo duración, aunque, sería una rareza, por ahí queda algún sobreviviente que jamás tiene sed. El viejo enfrentamiento entre espacio y tiempo, mediado, desde luego, por el hombre. Es, guardando las proporciones, como si fuera a extinguirse el aire: eso es casi impensable pese a los esfuerzos que hacen los seres humanos para lograrlo.
Hay otros elementos que suscitan parecidas reflexiones, de la eternidad a la catástrofe, como ocurre con el petróleo: Arabia Saudita vive como si las reservas de petróleo que posee no se fueran a agotar jamás. Craso error, según quienes entienden de estas cosas aun sin ser filósofos. Se podría afirmar, por lo tanto, que es posible y aun practicable una clasificación de elementos terráqueos, incluido Dios, que gozan de eternidad, otros sólo de duración y la duración puede ser corta, mediana o larga, pero siempre será duración y siempre será previsible o calculable. Es más, existe también la esperanza de recuperar estos elementos, cuando se extingan o un poco antes, hallándolos en otros planetas y sacándolos de ahí para aprovecharlos aquí. Ocurrirá o no pero es innegable que esa alternativa está en la cabeza de muchos, sabios o practicones: es un alivio, qué duda cabe.
Esos elementos, a su vez, pueden ser de dos tipos: unos muy materiales (agua, petróleo, minerales), otros virtuales, como lo es el paisaje, que sólo existen si media una mirada humana. Los primeros están ahí, antes y después de ser descubiertos, suelen ser objeto de uso o de explotación; los otros no están en ninguna parte y están en todas, pero como el paisaje es también tierra y algo sobre ella se constituye, ese carácter virtual es menor que el del silencio, que nos rodea y envuelve, en el cual navegamos sin movernos, producido por una falta, no por algo que lo produzca.
Pero tanto está que sin el silencio no podríamos entender casi nada; si no hubiera silencios en la música o en la poesía no podríamos comprender nada menos que el ritmo que es lo que marca el acuerdo que hay entre nuestras palpitaciones y lo que está en el exterior. Es cierto que en ocasiones, el silencio se busca y en otros se impone, pero también lo es que la mayor parte de los humanos lo rehúye, no lo quiere, e inventa mil maneras de conjurarlo o de reducirlo lo más posible. Esto no es ninguna novedad: la sociedad ama el ruido o, en el mejor de los casos, el sonido, pero hay diferencia entre ambas argucias para reducirlo: el ruido lo expulsa, el sonido lo contiene y absorbe, porque el sonido implica pausas, lo hace comprensible e identificable, el sonido nos dice, el ruido nos tapa.
Al atardecer, en la montaña, el silencio asalta y el ser humano se sobrecoge; sobreviene una suerte de angustia que se quiere conjurar rápidamente, pero eso también se produce en las casas de las ciudades cuando alguien se queda solo: el miedo al silencio es, entonces, universal, así como lo es el silencio mismo, e inexplicable porque en principio podría ser gratificante, muchos dicen querer buscarlo o lo piden con irritación cuando hay demasiados rumores, pero son los primeros en clausurarlo cuando, por ejemplo, aplauden demasiado pronto, creyendo que lo gratifican, a un ejecutante o cuando sufren porque, de pronto, la conversación entra en un instante de reflexión y todos callan.
¿De dónde procede esa angustia? Yo tiendo a creer que brota porque en el preciso instante en que se produce regresa algo así como la noche prehistórica, vuelve el terror que conmovió al primer hombre cuando la inmensidad lo inundaba y su refugio era insuficiente para protegerse y, sobre todo, cuando llegaba la noche y los rugidos, mugidos, aleteos, vibraciones, declinaban y lo ponían a merced de todo lo que no comprendía de un universo cuya imponencia podía aplastarlo. De ahí, creo, de esa memoria perdida que tiene su residencia en cada ser humano surge, por un lado, el sentimiento de lo sagrado y, por el otro, el más elemental del terror. Ignoro si la necesidad de anularlo que parece ser el signo de nuestras sociedades es una cosa o la otra; sólo me atrevo a pensar que ahí están sus raíces como, por otra parte, la mayor parte de nuestros miedos.

Cuento

El Camaleón que finalmente no sabía de qué color ponerse
Augusto Monterroso

En un país muy remoto, en plena Selva, se presentó hace muchos años un tiempo malo en el que el Camaleón, a quien le había dado por la política, entró en un estado de total desconcierto, pues los otros animales, asesorados por la Zorra, se habían enterado de sus artimañas y empezaron a contrarrestarlas llevando día y noche en los bolsillos juegos de diversos vidrios de colores para combatir su ambigüedad e hipocresía, de manera que cuando él estaba morado y por cualquier circunstancia del momento necesitaba volverse, digamos, azul, sacaban rápidamente un cristal rojo a través del cual lo veían, y para ellos continuaba siendo el mismo Camaleón morado, aunque se condujera como Camaleón azul; y cuando estaba rojo y por motivaciones especiales se volvía anaranjado, usaban el cristal correspondiente y lo seguían viendo tal cual.
Esto sólo en cuanto a los colores primarios, pues el método se generalizó tanto que con el tiempo no había ya quien no llevara consigo un equipo completo de cristales para aquellos casos en que el mañoso se tornaba simplemente grisáceo, o verdiazul, o de cualquier color más o menos indefinido, para dar el cual eran necesarias tres, cuatro o cinco superposiciones de cristales.
Pero lo bueno fue que el Camaleón, considerando que todos eran de su condición, adoptó también el sistema.
Entonces era cosa de verlos a todos en las calles sacando y alternando cristales a medida que cambiaban de colores, según el clima político o las opiniones políticas prevalecientes ese día de la semana o a esa hora del día o de la noche.
Como es fácil comprender, esto se convirtió en una especie de peligrosa confusión de las lenguas; pero pronto los más listos se dieron cuenta de que aquello sería la ruina general si no se reglamentaba de alguna manera, a menos de que todos estuvieran dispuestos a ser cegados y perdidos definitivamente por los dioses, y restablecieron el orden.
Además de lo estatuido por el Reglamento que se redactó con ese fin, el derecho consuetudinario fijó por su parte reglas de refinada urbanidad, según las cuales, si alguno carecía de un vidrio de determinado color urgente para disfrazarse o para descubrir el verdadero color de alguien, podía recurrir inclusive a sus propios enemigos para que se lo prestaran, de acuerdo con su necesidad del momento, como sucedía entre las naciones más civilizadas.
Sólo el León que por entonces era el Presidente de la Selva se reía de unos y de otros, aunque a veces socarronamente jugaba también un poco a lo suyo, por divertirse.
De esa época viene el dicho de que

todo Camaleón es según el color
del cristal con que se mira.

viernes, 31 de mayo de 2013

Entorno del mito



El Aleph (fragmento) de Jorge Luis Borges

"En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrógue, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo."

“El último piso”

De Pablo De Santis

El hombre, cansado, sube al ascensor. Es una vieja jaula de hierro. El ascensorista viste un uniforme rojo. Aunque lo ha cuidado tanto como ha podido, se notan los remiendos, la tela gastada, el brillo perdido de los botones.
- Último piso- indica el pasajero. El ascensorista se había adelantado y ya había hecho arrancar el ascensor.
- ¿Cómo andan las cosas allá afuera? ¿Llueve? -pregunta el ascensorista.
El pasajero mira su impermeable, como si ya no le perteneciera del todo.
- Si, llovió en algún momento del día.
- Extraño la lluvia.
- ¿Hace mucho tiempo que trabaja aquí?
- Desde siempre.
- ¿No es un trabajo aburrido?
- No tanto. Hablo con los pasajeros. Me cuentan sus vidas. Es como si viviera un poco yo también.
- El viaje es corto. No hay tiempo para hablar mucho.
- Con una frase, o una palabra, a veces basta. Otros se quedan callados, y también eso es suficiente para mí.
Los dos hombres guardan silencio por algunos segundos. Apenas se oye el zumbido.
- Déjeme un recuerdo, si no es una impertinencia.
El hombre busca en los bolsillos. Encuentra un reloj al que se le ha roto la correa de cuero.
- Gracias. Lo conservaré, aunque no miro nunca la hora.
El pasajero siente alivio por haberse sacado el reloj de encima.
- Estamos por llegar- dice el ascensorista-. Ah, le aviso, el timbre no funciona, verá una puerta grande, de bronce. Golpee hasta que le abran.
El pasajero se aleja de la puerta de reja del ascensor. Ahora no parece tan convencido de querer bajar. El ascensorista reconoce, por el ruido de la máquina, que se acercan al último piso. Se despide:
- No se desanime si tiene que esperar. Siempre terminan por abrir.
El ascensor deja atrás las últimas nubes y se detiene.

La aldovranda en el mercado

por Ema Wolf

La aldovranda vesiculosa entró en el mercado.
Como es una planta carnívora, venía a buscar algo para la cena, así que fue derecho al puesto del carnicero y se puso en la cola con las otras viejas.
Delante de ella había una cargando un perro del tamaño de un monedero, friolento y quejoso. La aldovranda lo miró con gula. Se relamió.
-¡Qué lindo perrito! ¡Y qué chiquito! Seguro que hace pis en un bonsail... -hizo ademán de agarrarlo-. ¿Me deja que se lo tenga?
La mujer, horrorizada, escondió el perro en el escote.
La planta ponía muy nerviosa a la clientela.
Sin nombrarla directamente, dejaron caer algunos comentarios maliciosos:
-Yo a mis plantas las alimento con agua y abono, no con milanesas...
-¡Si este mundo es una degeneración,
m'hija! ¿No ve que están desapareciendo todos los gatos del barrio?
La planta, como si oyera llover.
El carnicero la apreciaba. Era una buena clienta y se comía las moscas del negocio. Ella le sonreía. La simpatía era mutua.
En cambio, la aldovranda odiaba al verdulero del puesto de enfrente. ¡Sólo un monstruo podía vender vegetales para que otros se los comieran! Cada vez que el hombre pasaba a su lado rumbo a la balanza con los brazos rebalsando mandarinas, le susurraba al oído: "¡Caníbal!". El verdulero soñaba con verla hervida.
Pero más la odiaba por todo lo que sucedía después.
Esta vez, como otras veces, la aldovranda empezó con su rutina:
-¡AY, ESAS TRISTES ZANAHORIAS DESENTERRADAS!
Al rato:
-¡POBRES PEREJILES MUSTIOS! ¡POBRES ESPINACAS PRISIONERAS!
La gente se puso muy incómoda.
El verdulero miró al carnicero con furia acusadora por tener semejante cosa entre sus parroquianos. El carnicero la defendió con el alma en los ojos.
Ella siguió:
-¿CUÁL FUE EL PECADO DE ESOS ZAPALLITOS PARA QUE LOS ARRANCARAN TIERNOS DE SU MADRE PLANTA?
Arreciaron los comentarios. La cola de la verdulería defendió al verdulero. La de la carnicería se sintió en el deber de ser fiel al carnicero aunque la aldovranda no fuera santa de su devoción.
Discutieron. Se juntó más gente, que tomaba partido por uno u otro bando.
-¡Hagan callar a ésa! -gritaron los verdes apuntando a la planta.
-¡La gente tiene derecho a opinar! -retrucaron los otros.
A todo esto la aldovranda papaba moscas y aullaba:
-¡INFELICES REMOLACHAS MANIATADAS, ALGÚN DíA LES LLEGARÁ LA LIBERTAD!
El verdulero avanzó como para apretarle el pescuezo. Lo sujetaron entre varios.
-¡No se meta con mis clientas! -bramó el carnicero.
-¡Vivan las proteínas! ¡Arriba el asado con cuero! -respondieron sus leales, y arrancaron con un malambo.
Una mujer contó a voz en cuello cómo se había hecho vegetariana el día que sono que comía una vaca viva entre dos rodajas de pan. Lloró a mares recordando cómo la miraba la vaca. Muchos la apoyaron con gritos de "¡Aguante la fruta!", "¡Vitaminas sí, otras no!". La discusión se hizo tan violenta que algunos llegaron a las manos.
La aldovranda vociferó:
-¡PELADAS, CORTADAS, HERVIDAS Y APLASTADAS! ¡QUÉ DESTINO EL DE LAS PAPAS!
Entonces se produjo el desbande.
Unos se fueron a sus casas protestando porque cada vez que aparecía la planta se armaba el mismo pandemónium. Otros se quedaron para ver una vez más el gran duelo: el carnicero y el verdulero frente a frente, uno con la sierra de separar costillas y el otro con la de cortar zapallo.
En medio del mercado, como dos gladiadores del futuro, quedaron trenzados en combate feroz. El destello azul de las sierras al cruzarse iluminaban la ganchera en la penumbra del atardecer.
Entre los alaridos de los dos ninjas, se oyó la voz de la aldovranda:
-¡HERMANAS VERDURAS, VOLVERÉ!
Y se fue. Esta vez con una pierna de cordero porque a la noche tenía visitas.